Hambre no, pero una cervecita…

Avanzaba por la autovía al tiempo que el sol alcanzaba el cénit. No llevaba música, tampoco la radio. Quise hacer el viaje en silencio, con la única compañía sonora del motor y la resistencia del viento contra la carrocería del coche. A cualquiera resulta impensable pasar tres horas y pico al volante sin canturrear las canciones del disco o de la emisora que fueren, pero en ese momento necesitaba del silencio para digerir lo acontecido en los últimos días y saborear ese momento. La música me habría llevado a otra parte y sólo quería estar ahí.

Tiempo atrás, cuando la vida iba empinada cuesta arriba y sin respiro, me había prometido visitar a quienes habían tenido la deferencia de haber venido a verme. Todo había sido tan difícil que había perdido la esperanza de poder cumplir mi palabra y ya no planeaba las distintas posibilidades de ir al sur. Pero poco a poco, las cosas empezaron a cambiar. La ilusión brotó de nuevo. E idear pequeñas escapadas se convirtió en una costumbre por el bien de la salud mental y emocional, que la vida era corta y había que aprovecharla y disfrutarla bien. El año anterior había estado en Málaga, de donde es una de mis mejores amigas, saboreando junto a ella la brisa del Mediterráneo al sur, la sal en los espetos de sardinas, la luz dorada del atardecer en el Muelle 1 y los paseos por las callejas, entre la Alcazaba y la Manquita. Este año tocaba verlos a ellos. Así que allí estaba, atravesando la Mancha, cada vez menos mesetaria y más olivarera, a medida que me acercaba a la provincia de Jaén, donde mis amigos me esperaban a comer.

El fin de semana pasó en un suspiro. Suele ocurrir cuando te sientes en casa, a pesar de encontrarte a 370 km de ella. Y es que bien se sabe que el hogar no es un espacio físico y no entiende de distancias. Durante 48 horas encontré el abrigo, la libertad, el cariño y la compañía familiar de mis amigos, un matrimonio joven y encantador, que rebosan ternura y bondad en cada uno de sus gestos. No es casual. Aquel domingo conocí a sus familias y comprendí todo. Pero me estoy precipitando.

Tras una reposada digestión del exquisito pollo asado con patatas, maridado con un buen tinto que les habían regalado, que yo devoré con deleite porque era tarde y no había parado a almorzar, encaminamos nuestras horas vespertinas rumbo a Baeza. Un candilazo crepuscular me sorprendió mientras disfrutaba del paisaje desde el asiento trasero del coche de mis amigos. Las nubes rojizas cruzaban el cielo añil tras los olivos de los famosos cerros del refrán. Las canciones de la Kiss FM amenizaban el trayecto. Fue aquél uno de esos momentos cuando coges aire y sientes plenitud.

Baeza nos recibió ya anochecida y embellecida por sus farolas. Las calles empedradas, arropadas por la oscuridad, solitarias, con la única señal de vida que era nuestra presencia en ellas, nos recibieron con algo de niebla y el olor a leña propio de los pueblos en las noches de invierno. Subimos por Romanones hasta desembocar, enseguida, entre la Universidad, el Palacio de Jabalquinto y la iglesia de Santa Cruz. Volteamos alrededor de San Felipe Neri hasta dar con la Catedral, que rodeamos para volver a subir por Compañía Jurado. La belleza del casco antiguo a aquellas horas de la noche, entre tanto silencio, porque salvo nosotros no había nadie, me transportó a un tiempo del que yo era espectadora, un tiempo detenido allí, en que sólo las bombillas, donde otrora hubiera candiles, me recordaban el siglo en que estábamos.

Al salir por la puerta de Úbeda, buscamos el extremo norte de la calle de San Pablo, que bajamos paseando sin prisa, mientras nos cruzábamos, ahora sí, con los lugareños que, o bien estaban de recados, o bien de encuentro, que era viernes noche y había que salir a cenar. Junto a la calle Aguayo, nos topamos con el amigo Antonio Machado, sentado a la fresca en un banquito, murmurando por lo bajini:

“¡Campo de Baeza,

soñaré contigo

cuando no te vea!”

Desde la plaza de España, nos asomamos por el pasaje de San Francisco, donde un terremoto dejó a la intemperie la capilla de los Benavides. El Mercado de Abastos y el paseo de la Constitución pusieron fin a nuestra ronda baezana, pero no a nuestra estancia en tan hermosa villa, puesto que acabamos cenando en La Barbería, donde tuve el placer, y no sería la única ocasión, de paladear los famosos ochíos jienenses.

A la mañana siguiente, visitamos Úbeda. Hacía frío y caía una lluvia fina casi imperceptible, pero ni una cosa ni otra deslucían el encanto y la belleza de sus monumentos, sus calles y miradores. Entramos por la plaza del Altozano, de donde fuimos, pasando por la Escuela de Arte Casa de las Torres, hacia la iglesia de San Lorenzo. Esta iglesia, aparentemente abandonada, en realidad sirve como centro cultural por la Fundación Huerta de San Antonio. Nosotros nos encontramos con una cuidada e interesante exposición fotográfica. Continuamos el camino por la puerta de Granada, subiendo por Afán de Rivera, hasta llegar al núcleo donde se concentra el Palacio Juan Vázquez de Molina, el Parador de Úbeda y la Sacra Capilla del Salvador. La visita al interior de este templo es muy recomendable, por no decir obligatoria. Al final de la calle Baja del Salvador, el mirador en la plaza de Santa Lucía nos mostraba los cerros de Úbeda y todos sus olivares.

Desanduvimos lo andado y, previo paso por la plaza del 1º de mayo, encaramos la calle Real, donde hicimos parada obligatoria en Calle Melancolía, que no es sino una taberna dedicada a Joaquín Sabina. Fue en ese ínterin, de ir y venir por calles y plazas, cuando escuchamos a una mujer, con la que nos cruzamos, decirles a sus acompañantes: “Yo hambre no, pero una cervecita…”. Mis amigos y yo nos miramos y nos reímos cómplices, porque estábamos en las mismas. Y fue en la Calle Melancolía, de cuyo significado no podía sentirme yo más lejana, donde satisficimos la sed y el apetito, que comenzaba a despertar: cerveza y ochíos, claro.

Callejeamos durante un rato más, entramos a conocer la iglesia de la Santísima Trinidad y luego hicimos parada y fonda, para comer, en la plaza de Andalucía, donde nos pusimos las botas, cómo no, a base de montaditos, ochíos y cerveza. Como nos quedamos con ganas de algo dulce, en la calle Mesones encontramos una pastelería donde degusté un chocolate a la naranja. Tras semejante muestra de glotonería, visitamos el Hospital de Santiago y la Sinagoga del Agua, todo un descubrimiento, una joya histórica cuya visita considero necesaria.

El domingo fue un día familiar que empezó con la visita al parador de Jaén y el castillo de Santa Catalina, y terminó, contra mi voluntad, en mi coche de vuelta a casa. Eso sí, bien acompañada de una fiambrera con remojón granaíno en el asiento del copiloto, y, como había sido ya en la ida, en silencio, tan sólo con las voces de los recuerdos entre mis pensamientos.

Sólo dos días antes llegaba con ganas de estar con ellos. Ahora me iba sin ganas de despegarme de ellos. Es el regalo de los buenos amigos, amigos que son todo corazón y no dejan de demostrarlo una y otra vez; amigos a cuya altura nunca me siento y por los que, por más que pudiere yo hacer, siempre me sentiría en deuda y eternamente agradecida por su generosidad sin límites.

¿Queréis reconocerme? Decid la frase mágica y si veis a alguien cerca sonreír para sí, quizá ahora ya sí con algo de melancolía, puede que sea yo al pensar en ellos, en sus bondades y en las de Baeza, Úbeda, Jaén y su gente: “Hambre no, pero una cervecita…”.

 

© Vicente Ruiz, 2020

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