Megustas

Mirar, nada más salir a la calle, el pequeño cuadrado de cielo encerrado entre los edificios que rodean mi portal.

El olor a bebé, a la ropita de bebé, a la cunita de bebé, a todo lo que rodea a un bebé, incluso la palabra “bebé”; que se me queden dormidos los niños al brazo (siempre me dijeron que soy buen colchón).

Mi coche lleno de personas queridas, yendo o viniendo, hablando, cantando, riendo.

Enviar postales de los lugares donde viajo; y recibirlas, por supuesto.

Los abrazos de oso, largos, estrechos, cálidos, tiernos, sentidos, puros.

Leer; los libros en papel; leer novela, ensayo y poesía; en castellano, catalán e inglés; el olor de los libros nuevos.

Ir al cine, sin nadie y sin palomitas; vivir en otro mundo mientras las luces están apagadas, hundida en mi butaca.

Las caricias en el pelo y en la espalda; coger de la mano y estrecharla.

Lograr hacer reír con mis payasadas absurdas.

Las locuciones verbales como “lograr hacer reír”; otra que me encanta es la de “me voy a ir yendo”.

Remolonear en la cama durante un ratito después de haberme despertado; los días de no madrugar, el ratito puede durar una hora.

Aprender. Viajar. Cantar. Descubrir cosas nuevas; sitios nuevos; nuevas personas.

El sabor del café.

Ir a la playa pronto y volver cuando empieza a llenarse de familias.

Nadar en el mar. Pasear en bicicleta.

El tiempo compartido con mi madre.

Una buena copa de vino tinto (o varias). Las tablas de quesos variados, suaves y fuertes. El olor y el sonido del pan recién salido del horno, crujiente. El jamón.

La pizza quattro formaggi (con mucho roquefort, por supuesto). La cerveza bien fría.

Mi colección de tazas de los lugares donde he estado; también las que me han regalado los demás.

Las noches de invierno, viendo pelis en el sofá, con la manta. Las noches de verano, con el balcón abierto de par en par, escuchando música.

Que me abracen por detrás en la cama y sentir la respiración de la otra persona en la nuca.

Mis hermanos, verlos reír, abrazarlos, mirarles a los ojos, sonreírles, escucharlos.

El chorro de agua caliente de la ducha, cuanta más presión, mejor, cayendo directamente sobre mi cabeza.

Las conversaciones con mi padre, sus batallitas, sus reflexiones, sus conocimientos.

Beber agua fría al despertar de madrugada.

Mis amigos. Los de aquí, los de allí, todos dentro de mí.

Mis gafas de sol. Conducir. Mis Converse. Caminar.

Decir “te quiero” de todas las maneras (aunque algunas me cuesten la vida).

Entendernos con la mirada.

Las tormentas cuando me voy a dormir.

Cocinar. Lo rico que me sale el tiramisú; y la mousse de chocolate; y el salamino dolce.

Andar por la arena con los pies descalzos al atardecer.

Oler bien; que me digan: “Qué bien hueles”.

Dibujar. Tocar la guitarra. Sentarme al piano (cuando tengo uno cerca) para ver si recuerdo cómo se hacía (no, ya no me acuerdo).

El petricor. Las hojas color siena de otoño. Los campos de girasoles. Los bosques frondosos, selváticos, verdes, altos. Los riachuelos. El musgo. Los hongos en las cortezas de los árboles. Mis botas en los senderos.

La textura de las sábanas de algodón recién puestas en la cama.

Que alargue el día.

Valencia. Barcelona. Praga. Montana. África. Buenos Aires. Atenas. Cracovia. Madrid. París, siempre.

La leche merengada con canela y barquillo. El chocolate, a la taza, en tableta, en bombones o en helado.

Llegar a casa en invierno y ponerme el pijama y la bata. Llegar a casa en verano y quitarme el sujetador y las bambas.

Meter la mano, a lo Amélie, entre las legumbres, el arroz y la arena de la playa.

Los conciertos de música clásica; y los de cantar dando botes.

Trasnochar en buena compañía, crear intimidad, conversar libre, hacer amistad.

Recordar. Contar los recuerdos. Contar historias.

Los mercadillos medievales.

El árbol que hay junto a mi ventana.

Las librerías de viejo.

Escribir con pluma.

Los peluches.

Ver a la gente quererse.

Los crepúsculos.

Sentir que conecto; con otra alma, con un lugar, conmigo misma, con quienes ya no están.

El calor del sol en mi piel. Saltar sobre los charcos.

Escuchar a las personas que saben mucho más que yo, que han vivido mucho más que yo, y que, pese a ello, no me hacen sentir más pequeña.

Los relojes. Los zapatos tipo Oxford. Las gabardinas.

Las luces urbanas en la madrugada.

Dormir.

Soñar.

Despertar.

Amar.

Vivir.

Reír.

Escribir.

 

© Vicente Ruiz, 2020

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