El gato y el elefante

Fueron a encontrarse un día, en el mismo sitio y al mismo tiempo, un gato y un elefante, cada uno siguiendo su camino hacia su rutina habitual.

—Hola, ¿cómo estás, Gato?

—Muy bien, Elefante, muy satisfecho de mí mismo.

—¿Y eso?

—Vengo de pasearme por un lugar majestuoso, lleno de figuritas de cristal, vasijas de porcelana, libros viejos y desvencijados, instrumentos musicales arcaicos, cortinas de telas preciosas y cuadros antiguos y valiosísimos, y no he roto nada. Nada se estampó contra el suelo, ninguna tela sufrió ningún desgarro, todo se mantuvo en su lugar. Y es un lugar hermoso, querido Elefante, bien hermoso. Anduve con tiento, despacio, disfrutando desde todas las alturas, desde todos los ángulos. Esperé a que el sol siguiese su órbita en el cielo y así pude contemplar los distintos juegos de luces y de sombras según la hora del día. Ha sido un paseo magnífico, Elefante, magnífico.

—¿Y dónde queda ese lugar?

El gato le dio las señas al elefante y luego se despidieron.

Días después, se repitió el encuentro, al mismo tiempo y en el mismo sitio, entre el gato y el elefante, cada uno siguiendo su camino hacia su rutina habitual. Pero en esta ocasión el elefante parecía alicaído: arrastraba la trompa, las orejas le caían, los ojos los llevaba, prácticamente, cerrados. El gato se preocupó y le preguntó:

—Pero, Elefante, ¿qué te pasa?

—Ay, Gato, qué pena más grande llevo…

—¿Por qué? Cuéntame.

—Pues que ayer fui al lugar de donde me contaste tantas maravillas, Gato. Y lo destrocé todo.

—¡No!

—Sí…

—¿Cómo es posible?

—Tiré las figuritas de cristal; rompí las vasijas de porcelana; los libros acabaron desencuadernados; los instrumentos musicales, abollados; las cortinas, arrancadas de sus barras y arrastradas por el suelo; y los cuadros, ni lo quise ver, porque tan pronto como empecé a destruirlo todo, quise salir corriendo.

El gato se mostró colérico. Un lugar tan bonito y ya no existía tal y como él lo conoció. Con lo mucho que le habría gustado regresar. Si lo hubiese sabido, ¡nunca le habría hablado al elefante de aquel tesoro! Con un bufido a modo de despedida, se alejó de él. El elefante se sintió aún peor. Y se quedó allí, quieto, cabizbajo. Y al cabo del rato, se fue.

Semanas después, gato y elefante volvieron a verse, en el mismo sitio, al mismo tiempo, como las dos ocasiones anteriores. Pero esta vez era el gato quien llevaba a cuestas un pesar que se intuía a leguas. El elefante se preocupó y le preguntó:

—Pero, Gato, ¿qué te ocurre?

—Pues que ayer vi otro lugar especial, muy parecido al que te indiqué aquella vez. Pero, o el espacio era mucho más pequeño, o había muchas más cosas, porque me pasó como a ti, y al poco de entrar, empezó a caerse todo. Yo pensaba que podía ser sigiloso, cuidadoso y nunca dañar nada, pero resultó que entré como un elefante en una cacharrería.

—Ay, cómo odio esa expresión…

—Lo siento, pero es que, claro, me acordé de ti. Y comprendí tu pena. Todo quedó roto por los suelos y yo me sentí torpe y destructor.

—Pues Gato, ahora que ha pasado el tiempo, te diré una cosa: que te sientas mal por eso es lo que te hace bueno. Y ese mal pasará el día que vuelvas a los lugares donde nunca rompiste nada y disfrutaste de todo.

—¿Y si los rompo ahora también?

—¿Tan poco confías en ti?

El Gato se quedó pensativo y confesó:

—¿Sabes? Yo me enfadé mucho porque tú destrozaste uno de esos sitios.

—Lo sé. Y lo siento.

—Pero ahora veo que no fue tu intención.

—No, nunca. Quise conocerlo, pero no supe hacerlo bien.

—Porque lo que hay que saber, Elefante, es en qué lugares cabemos antes de entrar en ellos.

—Y que siempre estarán aquellos que conocimos antes, Gato.

—Gracias, Elefante.

—Gracias a ti.

—¿Nos volveremos a ver?

—Seguro que sí.

Y así fue como el gato y el elefante se despidieron y no se volvieron a ver nunca más, pero se pensaron por siempre.

© Vicente Ruiz, 2020

Megustas

Mirar, nada más salir a la calle, el pequeño cuadrado de cielo encerrado entre los edificios que rodean mi portal.

El olor a bebé, a la ropita de bebé, a la cunita de bebé, a todo lo que rodea a un bebé, incluso la palabra «bebé»; que se me queden dormidos los niños al brazo (siempre me dijeron que soy buen colchón).

Mi coche lleno de personas queridas, yendo o viniendo, hablando, cantando, riendo.

Enviar postales de los lugares donde viajo; y recibirlas, por supuesto.

Los abrazos de oso, largos, estrechos, cálidos, tiernos, sentidos, puros.

Leer; los libros en papel; leer novela, ensayo y poesía; en castellano, catalán e inglés; el olor de los libros nuevos.

Ir al cine, sin nadie y sin palomitas; vivir en otro mundo mientras las luces están apagadas, hundida en mi butaca.

El teatro. El poder de los actores y su voz. La magia de la escenografía. Que todo me arrastre a la historia.

Las caricias en el pelo y en la espalda; coger de la mano y estrecharla.

Lograr hacer reír con mis payasadas absurdas.

Las locuciones verbales como «lograr hacer reír»; otra que me encanta es la de «me voy a ir yendo».

Remolonear en la cama durante un ratito después de haberme despertado; los días de no madrugar, el ratito puede durar una hora.

Aprender. Viajar. Cantar. Descubrir cosas nuevas; sitios nuevos; nuevas personas.

El sabor del café.

Ir a la playa pronto y volver cuando empieza a llenarse de familias.

Nadar en el mar. Pasear en bicicleta.

El tiempo compartido con mi madre.

Una buena copa de vino tinto (o varias). Las tablas de quesos variados, suaves y fuertes. El olor y el sonido del pan recién salido del horno, crujiente. El jamón.

La pizza quattro formaggi (con mucho roquefort, por supuesto). La cerveza bien fría.

Mi colección de tazas de los lugares donde he estado; también las que me han regalado los demás.

Las noches de invierno, viendo pelis en el sofá, con la manta. Las noches de verano, con el balcón abierto de par en par, escuchando música.

Que me abracen por detrás en la cama y sentir la respiración de la otra persona en la nuca.

Mis hermanos, verlos reír, abrazarlos, mirarles a los ojos, sonreírles, escucharlos.

El chorro de agua caliente de la ducha, cuanta más presión, mejor, cayendo directamente sobre mi cabeza.

Las conversaciones con mi padre, sus batallitas, sus reflexiones, sus conocimientos.

Beber agua fría al despertar de madrugada.

Mis amigos. Los de aquí, los de allí, todos dentro de mí.

Mis gafas de sol. Conducir. Mis bambas. Caminar.

Hacer (que no decir) «te quiero» de todas las maneras (aunque algunas me cuesten la vida).

Entendernos con la mirada.

Las tormentas cuando me voy a dormir.

Cocinar. Lo rico que me sale el tiramisú; y la mousse de chocolate; y el salamino dolce.

Andar por la arena con los pies descalzos al atardecer.

Oler bien; que me digan: «Qué bien hueles».

Dibujar. Tocar la guitarra. Sentarme al piano (cuando tengo uno cerca) para ver si recuerdo cómo se hacía (no, ya no me acuerdo).

El petricor. Las hojas color siena de otoño. Los campos de girasoles. Los bosques frondosos, selváticos, verdes, altos. Los riachuelos. El musgo. Los hongos en las cortezas de los árboles. Mis botas en los senderos.

La textura de las sábanas de algodón recién puestas en la cama.

Que alargue el día.

Valencia. Barcelona. Praga. Montana. África. Buenos Aires. Atenas. Cracovia. Madrid. París, siempre.

La leche merengada con canela y barquillo. El chocolate, a la taza, en tableta, en bombones o en helado.

Llegar a casa en invierno y ponerme el pijama y el polar. Llegar a casa en verano y quitarme el sujetador y las bambas.

Meter la mano, a lo Amélie, entre las legumbres, el arroz y la arena de la playa.

Los conciertos de música clásica; y los de cantar dando botes.

Trasnochar en buena compañía, crear intimidad, conversar libre, hacer amistad.

Recordar. Contar los recuerdos. Contar historias.

Los mercadillos medievales.

El árbol que hay junto a mi ventana.

Las librerías de viejo.

Escribir con pluma.

Los peluches.

Ver a la gente quererse.

Los crepúsculos.

Sentir que conecto; con otra alma, con un lugar, conmigo misma, con quienes ya no están.

El calor del sol en mi piel. Saltar sobre los charcos.

Escuchar a las personas que saben mucho más que yo, que han vivido mucho más que yo, y que, pese a ello, no me hacen sentir más pequeña.

Los relojes. Los zapatos tipo Oxford. Las gabardinas.

Las luces urbanas en la madrugada.

Dormir.

Soñar.

Despertar.

Amar.

Vivir.

Reír.

Escribir.

© Vicente Ruiz, 2020