Cuento de Navidad en Praga (3)

(Segunda parte, aquí).

Al recinto de la ciudadela se accede por los jardines, no por la puerta de San Matías. Desde los jardines, se entra al patio con el pozo y la fuente de Kohl, rodeado por el palacio real. Y otro pasadizo, donde se hallan los restos de la antigua iglesia a la Virgen María, lleva hasta la catedral de San Vito, que es la joya de la corona de todo el recinto del castillo. Una vez ahí, ya estás dentro del todo.

—¿De qué época dirías que es? —le pregunté a Claudia mientras la miraba contemplar el edificio con la cabeza echada para atrás, prácticamente desnucada.

—Gótico, ¿no?

—¡Ja! ¡Pues no! Bueno, sí, pero no. Me explico: la primera piedra se puso en el siglo XIV, así que sería tardogótico. Pero antes de que finalizara ese siglo, las obras se paralizaron por la muerte del arquitecto. Tomaron el relevo otros, pero a comienzos del siglo XV, otra interrupción: los husitas, unos religiosos contrarios a la veneración de santos, se rebelan. A final de ese siglo, las obras se retoman, hasta que arranca el XVII, en que da lugar la Guerra de los Treinta Años. Pasado este conflicto, parecía que se pondrían manos a la obra de nuevo, pero la falta de presupuesto deja la catedral sin acabar, hasta mediados del siglo XIX. ¿Ves aquellas dos esculturas de allí, nada góticas, con traje y corbata y unos planos y unas maquetas en las manos? Pues fueron los últimos responsables de su construcción. El día 28 hará 90 años que se abrió al público totalmente acabada. Así que ya ves. La catedral eterna. Para que luego digan de la Sagrada Familia de Barcelona.

Entramos en San Vito, atestada de gente que ni tenía en cuenta que estaba en un templo, ni tampoco a alguien cerca que se lo recordara. La nave central se levantaba majestuosa. Enfrentado al altar mayor, un magnífico rosetón, al igual que las vidrieras de las naves laterales, nos iluminaba de colores. Agobiadas por la muchedumbre, salimos de allí. Rodeamos la fachada lateral, donde la catedral lucía su puerta dorada, los relojes y el mosaico de la puerta lateral. Tras los arbotantes del ábside, un árbol de Navidad presumía de bolas relucientes en las que se reflejaban los flashes de los móviles de los turistas, entre ellos, el de Claudia. La agarré del brazo y me la llevé hasta el puesto de acceso al Callejón de Oro.

—Ven, que vas a probar el Becherovka. Tenemos media hora hasta que podamos entrar ahí gratis.

A las cuatro, con ese mismo número de chupitos del licor de hierbas checo por antonomasia en el cuerpo, una mochila sobresalía por encima de la marea humana que recorría la callejuela, iluminada por las primeras luces de las farolas y llena de adornos navideños. En la casa donde vivió Kafka con su hermana y escribió “Un médico rural”, entre otros, una librería vendía ejemplares del escritor en varios idiomas.

—Se llama el Callejón de Oro porque en tiempos de Rodolfo II, como fue un rey alquimista, pues se instalaron aquí todos los que se dedicaban a practicar la alquimia y a moldear objetos de ese y otros metales —le conté a Claudia, que por un momento parecía estar olvidándose del novio y de la checa.

Salimos de la ciudadela por la puerta oriental y bajamos por el margen del río, hasta la parada del tranvía. Decidí que no podía dejar que aquel pobre ángel cargase con tanto peso encima ni un paso más. Así que me la llevé al albergue, pese a que ella insistía en no hacerlo. Pero es que ya era tarde, había sido tarde desde que me había fijado en su llanto aquella misma mañana. Le imploré que no rechistase más y se dejó llevar por mí.

Cuando llegamos, nos acercamos a la puerta, que era de cristal. En el mostrador pude ver a Stefan, que debió olerme, porque en aquel momento levantó la vista. Seguidamente a la vista, levantó también una ceja y el dedo índice de su mano izquierda. A su vez, yo respondí levantando los hombros. Como, dadas las circunstancias, no nos quedaban más cosas que levantar, decidí entrar y encararme con él.

—She’s alone.

—She can’t stay here.

—C’mon, it’s Christmas time!

—Nat.

—Stefan.

—If my boss knew…

—Will you tell him? I won’t. Who will?

—I hate you.

—I know, but you don’t hate her, do you?

Stefan salió del mostrador y se fue. Yo me giré y le hice a Claudia un gesto para que entrase. Al rato, Stefan salió con una esterilla y un saco de dormir.

—Be cautious. I don’t want everybody here to find out you have visitors in your room.

—Seriously, Stefan? I had another visitor a pair of weeks ago and nothing else happened.

Ante aquella metafórica patada en los huevos, Stefan se puso rojo como un tomate. Cogí la esterilla, el saco de dormir, le espeté un “thank you” y me llevé a Claudia a mi habitación. Dejamos el mochilón, aprovechamos para descansar un poco, y luego salimos otra vez.

Ya eran las seis de la tarde cuando nos alejamos en busca de un lugar donde cenar. Yo podía usar la cantina del albergue, pero Claudia estaba allí clandestina, así que la llevé a un restaurante del barrio judío, donde tomamos goulash y cerveza a buen precio. Cuando salimos, regresamos dando un paseo.

—¿Siempre haces estas cosas? ¿Rescatar a pobres chicas engañadas por sus novios y llevarlas al albergue?

Me entró la risa, era tan tierna… Le respondí:

—Sí, todas las Navidades, os voy buscando por los rincones para cumplir con mi cometido. Anda que vaya cosas tienes…

Anduvimos durante unos minutos en silencio, pensativas. Al final no había comprado nada para mi familia y mi avión saldría al día siguiente, domingo, por la noche. Así que sólo me quedaba la opción de entrar en una tienda de souvenirs y arramblar con un montón de calcetines, gorros y tazas con las torres de Nuestra Señora de Tyn estampadas. Claudia se sentía culpable. “Te estoy dando dolores de cabeza por algo que a ti ni te va ni te viene y me siento mal por que te hayas responsabilizado así”, me había dicho en la cena. ¿Pero qué otra cosa podría haber hecho, alma de cántaro? Es que no me cabía en la cabeza haber fingido no verla y seguir adelante con la vida como si nada. Sencillamente, la vi. La vi sufrir y algo me impulsó en su dirección. “Soy libre de tomar mis decisiones, Claudia, déjate ayudar”, le había respondido. Volvió a sonreírme.

En nuestro paseo nocturno hacia el albergue pasamos por los edificios danzantes, obra de los arquitectos Milunić y Gehry, que se inspiraron, parece ser, en Fred Astaire y Ginger Rogers a la hora de diseñarlos. Se encontraban en la esquina de la plaza Jiráskovo con el margen del río, y llamaban la atención de todo el que pasaba por allí, pues su estética rompía completamente con el entorno gótico y barroco en que los habían construido. Sin embargo, y aunque pueda sonar contradictorio con lo anterior, su belleza no era incompatible con la de los edificios colindantes. Impactaba en un principio, pero entraba en armonía en cuanto contemplabas el conjunto durante un poco más de tiempo. No dejaba de ser una metáfora de algunas cosas de la vida, imprevistas y sorprendentes, que había que encajar en el día a día de un modo u otro.

El albergue estaba a oscuras cuando entramos. Sólo se escuchaban unas pocas voces lejanas, procedentes del interior de alguna que otra habitación. Nos aseamos, nos pusimos cómodas y nos acostamos, yo en la cama, ella en el suelo donde había extendido la esterilla y el saco de dormir. Me aseguré de que estaba cómoda y tenía todo lo que necesitaba, y luego apagué la luz. Ahí fue cuando empezó a crecer un cierto desasosiego en mi interior, una desazón que no supe explicarme y que me tuvo despierta durante un par de horas.

Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, vi lo poderosa que era la intuición, los pálpitos y esas sensaciones extrañas que parecen ir preparándonos el terreno para lo que está por venir. El desplome de los termómetros estaba provocando una nevada tremenda. Las predicciones se habían quedado cortas y el centro de Europa amaneció blanco sobre blanco. Me metí en internet para buscar mi vuelo y encontré la palabra del susto para cualquier viajero: “Delayed”.

 

(Cuarta parte, aquí).

 

© Vicente Ruiz, 2019

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