Cuento de Navidad en Praga (2)

(Primera parte, aquí).

Mientras subíamos embutidos como sardinas en lata en aquel trasto sobre raíles, pensé en la chica del mochilón. Me quedé preocupada, porque tenía toda la pinta de estar más perdida que un pulpo en un garaje. Pero no perdida en un sentido geográfico, sino a nivel emocional, como si de repente se hubiese visto fuera de lugar. Me olí algo al respecto y anduve dándole vueltas hasta que un grito de Stefan, avisándonos de que teníamos que bajar del tranvía, me devolvió al presente. Pero desconecté de nuevo en cuanto vi que el siguiente discurso trataba del periodo de entreguerras y la ocupación nazi. Os lo voy a contar, pero de manera bastante más guay que Stefan, porque si no, os dormís.

Todo empezó con los Sudetes, que es una cordillera que hay entre Alemania y Chequia. Al definirse las nuevas fronteras tras la Gran Guerra, esa zona quedaba dentro de la entonces Checoslovaquia, lo que a su población no le gustaba nada, porque casi todos eran alemanes, así que exigieron su derecho a la libre determinación. Este sentimiento nacionalista se vio serenado durante un tiempo gracias a que el canciller alemán intercedió, y a los acuerdos entre los activistas nacionalistas y el gobierno checoslovaco. Sin embargo, a finales de los años 20, los jóvenes volvieron a darle fuerza. Y ya en los 30 aparece Henlein, pro-nazi, activista en la región y fuerte opositor al gobierno. En aquel momento, el presidente de Checoslovaquia era Edvard Beneš.

Bueno, pues con este escenario, sucede lo siguiente: 1) Henlein se chiva a Hitler de que Beneš no les permite independizarse; 2) Hitler, que acaba de hacerse con Austria, llama a Chamberlain, primer ministro británico, para decirle que, o consigue que Beneš capitule y le dé los Sudetes, o la lía parda; 3) mientras tanto, la gente de los Sudetes y del resto de Checoslovaquia, cabreadísima; 4) Chamberlain habla con Francia e Italia y quedan todos en reunirse con Hitler en Múnich, ojo, sin Beneš; 5) en esa reunión se firma el Acuerdo de Múnich, por el que Hitler obtiene los Sudetes sin despeinarse y sin poner un pie en Checoslovaquia; 6) Beneš se pira al exilio, al considerar que la cesión de los Sudetes conllevaría la caída del resto del país, como así fue. Y todo porque el Reino Unido y Francia no querían entrar en una guerra que fue, de todos modos, inevitable, porque Hitler no iba a conformarse nunca. No quisieron escuchar a Beneš y fue el único que lo vio venir. Cosas de la Historia.

Bajábamos por la calle Loretánská mientras me deleitaba en las fachadas de los edificios. En las dos semanas anteriores había rondado mucho por la Ciudad Vieja, que es donde está lo más conocido, y también por la Ciudad Nueva, que es donde están los centros comerciales, los garitos y demás. De Malá Strana apenas había subido más allá de la plaza Malostranské. Veía que había hecho mal, así que presté más atención a lo que tuviera que decir Stefan. Pero era tan muermo que lo traducía en mi mente con un poquito más de júbilo.

Ah, el Renacimiento, la vuelta al origen de todo, el mundo griego y romano, un nuevo comienzo para una ciudad que había sufrido un incendio devastador. ¿Os acordáis de Fernando I, hermano pequeño de Carlos I de España (y V de Alemania)? Bueno, pues el hijo de aquél se casó con la hija de éste. Y el tercero de los frutos de ese matrimonio fue Rodolfo II, rey de Bohemia, que llevó la corte a una Praga reconstruida como capital del Sacro Imperio Romano Germánico. Como la alta nobleza se instaló en el castillo, Malá Strana se llenó de palacetes ocupados por la baja nobleza y el clero (los jesuitas), todos alemanes. Mientras, en la Ciudad Vieja se encontraban los checos, los judíos y el resto de las culturas que allí cohabitaban. Los esgrafiados decoraban las fachadas de las casas. Y debió de ser un deleite ser testigo de aquella arquitectura. Un siglo después llegaría María Teresa de Austria, última monarca de los Habsburgo, a llenarlo todo de fachadas barrocas, las que vemos en la actualidad, igualmente preciosas y patrimonio de la Humanidad.

Pero volvamos a Rodolfo, porque este tipo fue peculiar. Su tío, el rey de España Felipe II, se lo llevó al Escorial para alejarle de las influencias que su padre, Maximiliano, empezaba a tener de los protestantes. Y fue en Madrid donde aprendió alquimia. Se sabe que toda su vida la practicó y que se interesaba también por la astrología y la magia, así como por los aparatos mecánicos, autómatas, relojes y máquinas de movimiento perpetuo. Su carácter era débil, excéntrico y melancólico; sin embargo, fue un hombre extraordinariamente culto y afanado en abrir la ciudad de Praga a las artes y a las ciencias, al conocimiento.

Tenía una amplia colección de joyas y obras de arte, con firmas como la de Tiziano, Brueghel y Durero. Nombres propios de la época, hoy ensalzados en los libros de Ciencia y Humanidades, algunos de ellos perseguidos entonces en sus respectivos países bajo amenaza de hoguera, encontraron en Praga un gran lugar de estudio gracias a Rodolfo II y su papel de mecenas: Tycho Brahe, astrónomo, diseñó instrumentos que le permitió medir la posición de estrellas y planetas con suma precisión; trabajó allí mismo con Johannes Kepler, astrónomo y matemático, que elaboró sus tres leyes sobre el movimiento de los planetas a partir de las mediciones de Brahe; Arcimboldo creó casi toda la obra por la que es conocido en Praga; John Dee, matemático, astrónomo, astrólogo, alquimista, ocultista, etc., responsable de que el código “007” fuera conocido mucho antes que por James Bond, y de que se asocie una bola de cristal con la comunicación espiritual, también buscó el encuentro con Rodolfo II; Giordano Bruno, filósofo, teólogo, matemático y poeta, dedicó su tiempo allí a escribir varias de sus obras, antes de morir en la hoguera por hereje a su vuelta a Roma. Durante las décadas en que Rodolfo II fue rey de Bohemia, Praga iluminaba al mundo. Qué bonito me ha quedado, pero es que realmente fue así. Pocos años después de su muerte, sin descendencia, le sucedió en el trono Fernando II, nieto del I, catoliquísimo. A los protestantes no les gustó su elección. Luego llegaron los suecos y la Guerra de los Treinta Años. Y la luz de Praga, desgraciadamente, se apagó.

Nos hallábamos ante el espléndido esgrafiado de la fachada del Palacio Schwarzenberský, actualmente Galería Nacional de la ciudad, sito en uno de los lados de la plaza del castillo. Mirando hacia la verja donde se aposta la guardia, se erige la estatua de otro señor importante: Tomáš Masaryk, fundador de Checoslovaquia en 1918. Como para no serlo, te diré, habiendo nacido de madre checa y padre eslovaco, en la frontera de ambos países. Estuvo en contra de todo tipo de totalitarismo y fanatismo. Hubo de exiliarse antes de la Gran Guerra. A su regreso, fue presidente electo (y reelecto) hasta 1935, cuando fue sucedido por el ignorado Beneš. Una estatua igual que la de Praga se levanta también en la Ciudad de México, donde se alabó su defensa de los judíos y de los derechos humanos.

El parloteo de Stefan se interrumpió de repente. De hecho, eso fue lo que me hizo volver a conectar. Seguí la dirección de sus ojos y me encontré con un mochilón revoloteando entre un enorme grupo de turistas asiáticos. “Ay, la chica triste”, pensé. Miré a Stefan, que me devolvió la mirada y dijo a todos:

—So, we’re done for today. I’ll meet you tomorrow morning to give you some information before you go on holiday. Have a nice day, guys!

“Hale, con Dios, hijo”, dije por lo bajini sin que nadie se percatase. Me di media vuelta y fui directa al mochilón.

—¡Hola! ¡Has venido, qué bien! Me quedé preocupada antes.

—Hola, sí, es que no tengo dónde ir, estoy muy ofuscada —decía con timidez.

—Bueno, pues lo primero es desofuscarse con algo de comida. Pasan de las doce, que aquí ya empieza a ser hora de comer, así que vamos a un sitio que hay junto a la calle Nerudova, cerca de aquí.

—Genial, porque no he desayunado…

—¿Cómo es eso? ¿Tienes dinero?

—Sí, sí, tengo. Ahora te cuento todo. Oye, me llamo Claudia, por cierto.

—Anda, como el emperador.

—¿Cómo?

—Nada, soy historiadora y estoy un poco loca, pero soy buena tía. —Me giré tendiéndole la mano. —Nat. De Natalia. Pero Natalia a todo el mundo le resulta largo, y antes de que me llamen Nati, prefiero que me llamen Nat.

—Vale. Pues encantada, Nat —dijo mientras estrechaba mi saludo.

—Igualmente. Oye, ¿qué llevas ahí? ¿Todo un Zara o qué? —Me quedé mirando el mochilón.

—No, llevo ropa para todas las Navidades, y la ropa de invierno abulta el triple.

—Qué me vas a contar…

—¿Vives aquí? ¿Eres profe o algo por el estilo?

—Viviré aquí, en principio, hasta el verano, luego ya veremos. Y no, no soy profe, de momento, trabajo como guía turística.

—Hala, qué guay.

—Bueno, no te pagan mucho, pero te da para vivir y te permite conocer otras ciudades. Es guay, sí… Mira, es aquí.

Salimos de Nerudova por una estrecha travesía cuesta abajo. Unos escalones bajaban hasta la puerta del restaurante, que asemejaba una taberna medieval. En su interior, la iluminación se limitaba a unos cuantos velones grandes y velas más pequeñas, confiriéndole un aire íntimo y cálido.

—Qué sitio más chulo…

—¿A que sí? Su nombre en checo significa “siete cucharas”. Lo conocí por Tomás, un compañero que lleva ya muchos años aquí. Está todo rico y es barato.

El camarero se acercó con las cartas. No tuvo que esperar mucho a tomarse nota, estábamos las dos hambrientas y nos atrevimos a pedir las costillas con patatas y sendas jarras de cerveza. A partir de ahí, la siguiente hora consistió en un constante movimiento mandibular, bien para comer, bien para hablar. Repetimos pan y cerveza, y hablamos y hablamos hasta la saciedad.

Claudia se había presentado de improviso, a modo de sorpresa, en la puerta del pisito donde vivía su novio, con el ánimo de pasar juntos las Navidades, ya que éste le había comunicado un mes antes que, por exigencias del trabajo, no iba a poder ir en tan entrañables fechas a Oviedo, que es de donde son ambos. Con lo que no contaba el novio era con el corazón enamorado de Claudia. Y con lo que no contaba Claudia era con una checa rubia despampanante que le había abierto la puerta de su novio la noche anterior. Tras el numerito pertinente de mandar al novio a cagar, Claudia dio media vuelta y se fue. Pero una vez en la calle se echó a llorar desconsolada, con el frío de la nevada que estaba cayendo, la rabia del engaño, la tristeza de la ruptura, la culpa de no ser ni checa, ni rubia, ni despampanante, con un mochilón del tamaño de África y sin sitio donde descansar.

—¿Y dónde has pasado la noche? Por favor, dime que no has estado vagando por la calle sin dormir.

—No, eché a caminar hacia más allá de la plaza de la República hasta que encontré un hotel que parecía más barato que los del centro. He dormido allí, me he duchado y me he cambiado de ropa, pero no había desayunado. Después de esta comida y esta charla, soy otra persona —dijo sonriendo.

Era la primera vez que la veía sonreír. Y me pareció una sonrisa tan hermosa que, de repente, el novio se me antojó un pobre diablo por no saber valorar la luz de aquellos ojos risueños. Ojalá la checa lo mandase a paseo pronto y se quedase hecho pedacitos. En fin.

—Imagino que lo de volverte a Oviedo antes…

—No hay plazas. Ya lo miré anoche desde el hotel.

—Bueno, hay que solucionar dónde duermes esta noche. No puedes permitirte un hotel los próximos diez días, también tienes que comer. Así que te vas a venir conmigo. A ver si puedo colarte en el albergue.

—Oye, yo no quiero causarte problemas, bastante has hecho ya.

—Tú déjame a mí. ¿Has visto algo de la zona? ¿Conoces el castillo?

Pagamos y regresamos, Nerudova para arriba, a la ciudadela. Como ya me esperaba yo, los guardias de seguridad pusieron reticencias a la mochila de Claudia, pero les pedí solícitamente que le pasaran el cacharro detector de armas terroristas e, incluso, mostré mi voluntad a sacar todo el contenido si fuese necesario, algo que escandalizó a la propietaria del mismo, ya que no tenía ningún interés en que nadie viese su ropa. Afortunadamente, pillamos a los guardias de buen talante y nos dejaron pasar…

 

(Tercera parte, aquí).

 

© Vicente Ruiz, 2019

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