Gracias

De todas las costumbres que hemos adoptado, gracias al fenómeno de la globalización, procedentes, en su mayoría, si no en origen, al menos en formato, de los Estados Unidos (desde llevar ropa vaquera o beber Coca-Cola, hasta celebrar Halloween o construir centros comerciales con multicines, tiendas, restaurantes y boleras), hay una que todavía se nos resiste, tal vez por estar ligada al protestantismo. Y es, curiosamente, la que a mí más me gusta, por lo que tiene de echar el freno un momento, atender a lo que somos y a lo que tenemos, en afirmativo, y valorarlo.

Hoy es el día de Acción de Gracias en el citado país, aunque no sea el único que lo celebra. En otros, el festejo es más próximo al arranque del otoño y, por tanto, más fiel al calendario de las cosechas, pues la cosa trataba, precisamente, de agradecer los buenos frutos de la temporada. La tradición, que nos ha llegado sobre todo gracias al cine y a las series de televisión, como Friends (creo que 9 de las 10 temporadas tienen un episodio centrado en esta festividad), consiste en celebrarlo con una buena cena (el famoso pavo relleno) en compañía de los seres queridos y brindar por la buena fortuna. Además, el fin de este día marca el inicio de la temporada de compras navideñas (el dichoso Black Friday).

“Gracias”. Qué palabra tan bonita, ¿verdad? Tanta sonoridad: un oclusivo, un vibrante y dos fricativos con dos aes como dos soles. “Gracias” no tiene fonemas, tiene notas musicales. Y es una palabra que decimos bien poco. O que tal vez deberíamos decir mucho más. “Gracias”. Del latín gratia, de donde derivan: grato, agradable, agradecer, gratitud, agradar, congratular, agraciar, gracioso, gratificación… Todo lo que evoca es bueno. Al igual que las Tres Gracias: las diosas de la Belleza, del Júbilo y de la Abundancia; en griego, las Cárites, de Χάριτες (kárites), de donde derivan “caridad”, o el adjetivo italiano “caro”, que significa “querido” y dio lugar a nuestra “caricia”. Todo lo que evoca es bueno. Tan bueno como el amor con que debería pronunciarse, bien se trate de aprecio por que alguien nos haya hecho un favor, bien por el afecto, el cariño, la ternura que nos inspira la presencia de otro ser en nuestra vida.

Gracias. A la vida, a la fortuna, al mundo, a quienes están, por alimentar mi amor, y a quienes ya no están, por mantenerlo vivo con su recuerdo. Me ayudáis a ser mejor persona, qué mayor motivo para dar las gracias que ése. En vuestros corazones encontré faros luminosos que me prendieron la mirada, por los que ya no voy a ciegas. Qué mayor razón para dar las gracias que ésa. Si, como contaba Pessoa que decía el poeta, soy una isla en el mar de la vida, hay puentes tendidos que me conectan a otras tierras, puentes sólidos y estables, pétreos y férreos, ojalá eternos, pero seguro presentes. Qué mayor causa para dar las gracias que ésa. Si tengo salud y cariño, si siento paz en mi alma, si aún puedo crecer, cómo no dar las gracias.

 

© Vicente Ruiz, 2019

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