Muertos vivos, vivos muertos

Hace poco más de tres años alcancé un punto de paz interior que me llevó a cerrar todas las puertas que me mantenían unido al pasado y que no servían para nada más que para que se diesen corrientes de aire inútiles e incómodas. La última de ellas, la más difícil, supuso algo que, a las personas, en nuestro máximo grado de ofuscación y terquedad, nos cuesta mucho: pedir perdón y perdonar. Fue liberador. De repente me inundó una luz dentro de mí, no sé, algo así como muy místico y tal, pero que yo sentía con una rotundidad inmensa. Tanto que le envié un wasap a mi madre diciéndole: “Mamá, quiero que sepas que, si por una de aquellas me muriese aquí, ahora mismo, me moriría feliz y en paz”. A lo que ella respondió: “Desde luego, hijo, eres la alegría de la huerta”.

Han pasados esos poco más de tres años y continúo pensando o, mejor dicho, sintiendo igual. Aclaro, no sea que se me malinterprete: no quiero morir. Quiero hacer muchas cosas, la mayoría de ellas se reducen a dos: aprender y viajar. Quiero seguir amando intensamente a la vida, a lo bueno que hay en el mundo y a las personas que me hacen feliz. Aun con mi vida solitaria, sigo formando parte de un entramado, tal vez pequeño, pero robusto y con conexiones sanas y fluidas. Ésa es mi suerte. Y creo que lograr mantenerme en ese equilibrio, a pesar de lo inestable de mi vida profesional, con todo lo que ello implica, porque para mí el trabajo, mi trabajo, es muy importante; creo que conseguir ese equilibrio, decía, es un éxito. Es mi éxito y lo gano cada día, esté mejor o peor. Desde esa sensación de victoria que respiro cada noche, cuando me acuesto, me abandono al sueño con la esperanza de volver a despertar, pero no con el miedo a no hacerlo. Y de alguna manera sé que el hecho de que sea así es lo que hacía que hasta ahora me hubiera tenido por un vivo muerto.

Lo mejor es que todo esto viene de las muertes. De las muertes de mis seres queridos. Y es algo de lo que me enorgullezco, aunque suene mal, porque mis seres queridos muertos no podrían estar más vivos. El amor que me inspiran los mantiene así. Sigo escuchando sus sonidos, sigo aspirando sus olores, sigo viendo sus rostros, sigo sintiendo su tacto. Están aquí como lo estuvieron antes, así que no hay vacíos simbólicos, no hay silencios, no hay ausencias más allá de lo que se puede medir en el espacio físico. Y creedme, el espacio físico sólo lo priorizan los vivos muertos, porque somos mucho más que espacio físico. El amor hace que ocupemos ese otro espacio que no se puede medir en la vida de los demás. Ese otro espacio es el único que cuenta de verdad. Quien lo ignora, quien sólo se aferra al no estar físico, al no tocar físico, al no ver físico, ignora lo más hermoso de estar vivo.

No seáis vivos muertos. Los muertos de los vivos muertos son muertos muertos. Sed vivos vivos. Vuestros muertos serán muertos vivos y eso os hará más vivos vivos todavía. Pues no hay más vida, nunca, jamás, más allá del amor. Te lata o no el corazón.

 

© Vicente Ruiz, 2019

1 comentario en “Muertos vivos, vivos muertos

  1. No entiendo la muerte ni jamás la entenderé, Pero si sé unas cuantas cosas sobre ella. Que nos sentimos tristes porque seguimos vivos y extrañamos a los que ya no están, que siempre se aprende a vivir con el recuerdo, y que ante la muerte, hay que celebrar la vida.

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