Yaya

Siempre te veo. Te veo aún por la calle, en tu silla de ruedas. Y antes que eso, caminando, tus andares rápidos y oscilantes.

Siempre te oigo. Te oigo decir mi nombre dos veces. Te oigo enfadada, te oigo reírte hacia dentro, te oigo decirle a mi madre por teléfono después de que ella te preguntase qué había para comer: “¡Lindrinos y sesos de mosquito!”.

Siempre te huelo. Te huelo el cuello perfumado, la crema de tus manos, tu ropa limpia, la laca de tu pelo cardado.

Siempre te siento. Tu mirada quieta, tu silencio reflexivo, tus manos calientes, tu carácter de erizo, tu corazón de niña herida.

Siempre te añoro. Arrodillarme frente a ti, abrazarte, dejarme caer sobre tu panza, esconder mi cara bajo tu barbilla. Los golpecitos de tus manos en mi cabeza, en mi espalda.

Siempre te quiero. Todo lo volvería a hacer igual. Me quedaría contigo igual. Te cuidaría igual. Te diría adiós igual.

Siempre te llamo. Te llamo siempre. No dejo de llamarte, porque no quiero dejar de llamarte.

Yaya.

 

© Vicente Ruiz, 2019

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