Yaya

Siempre te veo. Te veo aún por la calle, en tu silla de ruedas. Y antes que eso, caminando, tus andares rápidos y oscilantes.

Siempre te oigo. Te oigo decir mi nombre dos veces. Te oigo enfadada, te oigo reírte hacia dentro, te oigo decirle a mi madre por teléfono después de que ella te preguntase qué había para comer: «¡Lindrinos y sesos de mosquito!».

Siempre te huelo. Te huelo el cuello perfumado, la crema de tus manos, tu ropa limpia, la laca de tu pelo cardado.

Siempre te siento. Tu mirada quieta, tu silencio reflexivo, tus manos calientes, tu carácter de erizo, tu corazón de niña herida.

Siempre te añoro. Arrodillarme frente a ti, abrazarte, dejarme caer sobre tu panza, esconder mi cara bajo tu barbilla. Los golpecitos de tus manos en mi cabeza, en mi espalda.

Siempre te quiero. Todo lo volvería a hacer igual. Me quedaría contigo igual. Te cuidaría igual. Te diría adiós igual.

Siempre te llamo. Te llamo siempre. No dejo de llamarte, porque no quiero dejar de llamarte.

Yaya.

© Vicente Ruiz, 2019

Alfredo y Ángela

Tiene las manos llenas de callos. Las palmas son anchas, los dedos robustos, las uñas duras como valvas de molusco. La piel ya manchada y rugosa. En su mano izquierda luce la alianza de matrimonio, que le ha menguado, y sostiene con fuerza el bastón. En la derecha, un puro a medio consumir hace equilibrios entre los dedos. Alfredo fuma desde antes de cambiarle la voz.

Todas las mañanas sale a pasear temprano. Se acerca al horno, a comprar una barra de pan; luego, si toca, a la farmacia, a sacarse los medicamentos de la hoja de crónicos; después, pasea por el barrio. Nunca sale de estas tres manzanas contiguas donde ha pasado toda su vida adulta. Se deja caer por el mercado y recorre los puestos como si aún estuviese buscando a su mujer, fallecida años atrás. A veces compra algo. Dos plátanos, media docena de huevos, una bolsita de garbanzos.

Alfredo arrastra los pies, calzados con unas zapatillas de tipo mocasín que se le están agujereando por las puntas. Arrastra los pies, que se mira al caminar, como si toda su concentración estuviese en dar ahora un paso, luego otro. Probablemente toda su concentración está en dar ahora un paso, luego otro. Si lo ves venir de frente, es imposible verle la cara. La cara apunta al suelo y se la tapa la visera de la boina.

Se diría que Alfredo ya no busca ninguna mirada, pero no es verdad. Después de recorrer los vericuetos de las calles del barrio, sobre las doce del mediodía, se acerca al patio que hay junto a la carnicería. Allí hay un banquito. Y en el banquito está Ángela.

Ángela tiene los ojos negros, achinados, dulces y risueños. Su cromosoma de más le confiere un aire de inocencia infantil, aunque ya no sea ninguna niña. Todas las mañanas, sale con su madre a hacer la compra del día. Pero cuando llega a la carnicería está tan cansada de la ronda, que le dice: «Yo te espero aquí, al sol». Y sentada allí, al sol, saluda a todo el mundo que pasa.

Alfredo entra en la carnicería primero, a saludar a su madre y a decirle que le va a hacer compañía a su hija un ratito. Entonces, sale y se sienta con ella. «¡Buenos días, don Alfredo!», sonríe Ángela. «Te he dicho muchas veces que me quites el don», le responde él, cariñoso y paternal. «Es que, como eres muy mayor…», le suelta, provocando la risa del hombre.

La madre de Ángela aprovecha que su hija está bien acompañada para terminar la compra en otros negocios de la misma calle. Así que todas las mañanas, Alfredo y Ángela se pasan media hora juntos, hablando de sus vidas, de la vida y hasta de lo que habrá cuando no haya vida. Porque Ángela piensa en todo eso y ha llegado a sus conclusiones, que comparte con Alfredo. Y Alfredo la escucha atentamente y se lamenta de que no haya más Ángelas en el mundo. «¿Tú sabes por qué te llamas Ángela? Porque eres un ángel», le dice Alfredo. «¡Qué va! ¡Si yo soy una persona! Pero soy un poco diferente», responde ella.

Una mañana, Alfredo realiza la misma rutina de siempre. Sale a la calle, se fuma el puro, se acerca al horno, acude a la farmacia, pasea por el barrio, busca al fantasma de su mujer por el mercado y luego va directo al banquito de la carnicería. Pero Ángela no está.

Alfredo se asoma a la carnicería para ver si está su madre, pero su madre tampoco está. La carnicera le dice que hoy no han ido, pero que no se preocupe, porque el día anterior se llevó mucha carne y seguramente no necesita volver hasta mañana o al otro. Alfredo agradece a la carnicera la información y se marcha hacia el banquito, donde se sienta. Se le ha mudado la expresión, se le ha desinflado el pecho, se le han caído los hombros, los párpados, la visera de la boina. Se le ha hundido el corazón.

Cuando ya se siente precipitándose en el vacío que le ha dejado la muchacha, triste y sin ilusión, oye a lo lejos: «¡Don Alfredo!». El aludido busca con la mirada en la calle, a uno y otro lado, pero no ve a nadie dirigirse a él. «¡Aquí, atrás y arriba, don Alfredo!», vuelve a gritar la misma voz. Él se gira y mira hacia arriba. La madre de Ángela le saluda desde un balcón del tercer piso. «¿Quiere venir a comer? A Ángela y a mí nos gustaría mucho».

Y así fue como Alfredo volvió a la vida, a su vida y a no preocuparse más por lo que habrá cuando no haya vida.

© Vicente Ruiz, 2019

Extraterrestre

—Hay dos tipos de seres humanos, ¿no? Los hombres y las mujeres.

—Ajá.

—Bueno, pues yo soy de otra galaxia.

—Deja de beber, anda.

—No, no, escucha. Los hombres y las mujeres nunca pierden de vista que son hombres o mujeres. Asumen sus roles con naturalidad, con gusto y los usan en sus relaciones con asiduidad. A los hombres les gusta ser protectores, galantes, masculinos y fuertes. A las mujeres les gusta ser femeninas, seductoras, poderosas e independientes. No todos los hombres ni todas las mujeres son así. Hay de todo, como en botica. Pero, grosso modo, los hombres y las mujeres son primero hombres o mujeres y luego, todo lo demás.

—¿Y tú no?

—¿Tú crees que sí?

—Yo creo que eres una mujer. Atípica, pero mujer. Si fueses de otro planeta, serías verde y tendrías antenitas.

—No, en serio. Mujer atípica es un eufemismo de tía rara. Y es así, tienes razón, no me identifico con las mujeres que cumplen con el rol social, cultural y educacionalmente vinculado a su sexo, ni tampoco como lo opuesto a los hombres.

—¿Porque no te maquillas?

—No es sólo eso, es todo. Yo me veo tanto en común con el resto de mujeres como con los hombres. En algunas cosas me parezco más a ellos que a ellas y en otras es al revés, por eso a mí ser mujer no me define, ¿me explico?

—Más o menos.

—Me siento incómoda cuando me juzgan únicamente en cuanto mujer.

—Vale. No, no te sigo.

—Si tú ves en mí a una mujer, entonces juzgarás que no me maquille, que no lleve vestidos o que no quiera tener hijos. Yo soy mucho más que eso.

—Claro que eres mucho más que eso. Tú y todos.

—Pero todos ponen el foco en la condición primera que nos define: hombre o mujer. Y yo no creo que eso me defina. Es un aspecto biológico en mí, como lo son mis rizos o mis ojos verdes. Me define eso tanto como mi trabajo, mis traumas o mis aspiraciones. Pero todo el mundo pone esa condición lo primero en la lista de características.

—¿Quieres decir que tú no te fijas primero en lo exterior?

—Cuando no conozco de nada a alguien, no me fijo en las formas, sino en el modo de estar, en la expresión. Cuando ya conozco a la persona, su imagen me da igual. Sólo me importa su exterior por su manera de sacar fuera su interior, que es lo que realmente me interesa.

—Pero igual es que tú te sientes juzgada, no que te estén juzgando realmente, ¿sabes lo que quiero decir? A lo mejor sólo es tu percepción.

—Soy más consciente de este tipo de cosas cuando no tienen que ver conmigo. Entre otras razones porque la gente es muy poco discreta y lo comenta todo de todo el mundo. Escucho y veo sus juicios y todos, todos se basan en la condición hombre o mujer. Me incomoda eso. Júzgame, ódiame o quiéreme por quién soy, no porque lo que yo haga o diga sea o no lo que esperas de una mujer.

—Un poco rarita sí eres.

—Siempre me he sentido así. Ajena a esa manera de valorar visualmente a las personas. Cómo me ve todo el mundo siempre ha sido una barrera.

—¿Cómo crees que te ve todo el mundo?

—¡Como una tía rara! ¡Jaja, si tú misma lo has dicho!

—¿De qué galaxia, decías?

—En el plano amoroso, por ejemplo, a veces pasa que cuando tratas a alguien con confianza quizá demasiado pronto, se interpreta como que quieres algo. Y probablemente sólo quieras conocer más a esa persona porque te ha caído bien y punto. Pero tal vez te guste de veras y entonces es un rollo porque si lo que se ve, se sale del estereotipo, adiós muy buenas. Por eso yo no suelo gustar.

—Yo creo que exageras. Y que lo que pasa es que no quieres nada con nadie. Que te has construido un parapeto alrededor para protegerte. Y me parece bien, ojo, pero no digas que no gustas, porque para gustar también has de querer gustar.

—Y una mierda.

—Dos.

—Tres, con lacito. He querido gustar más veces de las que piensas. Pero ha de ser recíproco, ¿sabes? Y ya fuera del terreno amoroso, incluso en el plano de la amistad, también habría querido que funcionaran algunas relaciones.

—No te mosquees, es que cuesta creerlo. No te veo tan así, como te pintas.

—Mira, yo nunca exagero, siempre digo las cosas como han sido, como son. Desde mi perspectiva, claro, no puedo hablar por los demás, pero ha sido y es así. Siempre. ¿Qué personas me quedan? Las que ven en mí a la persona al completo y me valoran así, como soy yo, sin etiquetas, porque es que las odio, las odio con todas mis fuerzas, tuve que tragar tanto con ellas que repudio todas las etiquetas.

—Comprendo. Pero entiende que los terrícolas las empleemos para clasificarnos.

—Pero esa clasificación, ¿para qué?

—Porque somos así, tía, nos gusta etiquetar las cosas y hacer listas con ellas. Qué quieres que te diga, aquél de allá, por ejemplo: yo veo un tío, moreno, más o menos alto, treintañero, vestido informal, ¿informático?, ¿profesor?, quién sabe, no importa, tiene cara de bueno, pinta de hetero y creo que es probable que tenga novia porque no busca con la mirada a nadie. ¿Qué ves tú?

—Veo a una persona extravertida a la que le gusta reírse con sus amigos, comer y la cerveza, y a la que su imagen exterior le importa tres pitos. Aparte de eso, veo lo mismo que tú, pero no le doy ninguna importancia, esa información es basura.

—¿Por qué crees que su imagen exterior le importa tres pitos?

—Por lo que has dicho de que es probable que tenga novia. Va vestido de diario, no para buscar nada. También puede ser que no tenga novia, pero no quiera ninguna historia con nadie.

—¿Cómo tú?

—Yo ni busco ni espero encontrar.

—Si no buscas, desde luego que no encontrarás.

—La vida es sorprendente. Si tiene que pasar, la vida hará que pase. Y si no, la vida sigue adelante. En cualquier caso, la vida gana. Y yo debo ganar con ella.

—Hija mía, qué intensita eres.

—Pero me quieres así.

—Y si a ti te gusta alguien, ¿qué haces?

—¡Disimular, jaja!

—¡Venga ya! ¡Así es imposible!

—Es muy difícil que a mí me guste alguien, así que cuando sucede, disimulo, porque si no, la cago. Lo mejor es tomármelo como un intento de amistad y luego, pues ya se verá.

—Ay mi madre…

—¿Qué?

—Que sí, que eres de otra galaxia.

—¿Lo ves? De siempre. He visto y veo interactuar a la gente y pienso: «Qué distinta soy, a mí no me sale comportarme así o asá», ¿sabes? Y cuando la gente me dice, como tú antes: «Qué intensita», pienso: «Joer, ¿es que ellos no sienten las cosas que les pasan? ¿O es que, no sólo soy distinta, sino que también siento distinto?». No sé, igual es que los demás no hablan de las cosas que piensan y sienten, y yo sí. Puede que sólo sea eso, que todo el mundo prefiere ocultar debajo de sus alfombras particulares todas sus cosas.

—Sí. Me estoy dando cuenta de que vas tan al fondo de las personas desde el tuyo propio que es muy posible que las asustes.

—Y por eso se alejan. Al final siempre se van.

—No todos, mujer. Yo sigo aquí, ¿no?

—Tú imagínate. Como para buscar pareja. Acabaría con el corazón molido y demolido. Ni con tiritas, ni pegamento, ni hormigón.

—Pero no cambies.

—No pensaba. No sabría, tampoco. Sólo sé ser así.

—Especial.

—No. Extraterrestre.

© Vicente Ruiz, 2019