Las almas

Nosotros no hacemos el amor.

Tú no me coges la cara con tus manos, mientras yo te rodeo la cintura y te estrecho contra mi pecho.

No.

Tú sostienes mi sonrisa con tu dulzura, mientras yo te envuelvo con ternura el corazón y lo abrigo contra el mío.

No nos besamos los labios, ni enredamos nuestras lenguas, cerrando los ojos con fuerza para seguir perdidos el uno en la boca del otro.

No.

Nos sorbemos, nos saboreamos, nos bebemos el agua, nos respiramos el aliento, porque nos da la vida.

Yo no te desnudo, tú no me quitas la ropa, no es tocarnos la piel lo que ansiamos.

No.

Nos desprendemos de las barreras, porque todas nos estorban, incluida la piel, que acariciamos, unas veces, o arañamos, otras veces; que lamemos, unas veces, o mordemos, otras veces. Pero siempre, siempre molesta, dichoso cuerpo, dichosa carne, dichosos huesos.

No nos recorremos de arriba abajo, por delante y por detrás, no somos carreteras que seguir.

No.

Nos cubrimos de pasión, entrelazamos nuestras mentes, nuestras historias nos dan calor, olemos a lo que nos decimos, sabemos a lo que no nos decimos, no nos miramos, sino que nos vemos, nos contemplamos, nos abrimos el uno al otro, somos cielos bajo los que volar.

No accedemos el uno al otro por entre las piernas, la última vía cuando las otras ya no bastan, cuando todo sabe a poco, pero aun así seguimos queriendo saber más, descubrirnos más, quitarnos de encima todos los obstáculos, porque no son los gemidos o las contracciones lo que queremos.

No.

Es el alma. Queremos fundir nuestra alma en la del otro. Y la buscamos uno dentro del cuerpo del otro, más allá de las fronteras físicas. Necesitamos el uno el alma del otro y no cesamos hasta encontrarla, cada vez con más zozobra, con más urgencia, con más bravura, porque nos morimos el uno sin el alma del otro, ignorando lo físico, el sudor, las uñas, los dientes, el crescendo del canto, el accelerando de los latidos, obviamos todo lo físico porque el fin es el alma, nos escrudiñamos, nos registramos, nos afanamos por tenerlas, por unírnoslas, por regalárnoslas, por llevárnoslas dentro, porque nada tiene sentido ya en el alma del uno sin el alma del otro.

No estallamos de placer.

No.

Somos nuestro placer, desde que vislumbramos en el fondo de nuestras pupilas el uno el alma del otro, hasta que se disuelven fusionadas y extasiadas dentro de ti, dentro de mí, y nos arrebujan a los dos, como conjuntos y subconjuntos, nuestras almas y nosotros dos, conjuntos y juntos.

Nosotros no hacemos el amor.

No.

Nosotros nos almamos.

 

© Vicente Ruiz, 2019

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