Los cuerpos

—Querría no tener cuerpo. O ser invisible. Imagínese un mundo en que sólo nos comunicásemos a través de las almas, directamente, sin que hubiese un cuerpo por medio torpedeándolo todo. Porque el cuerpo es un obstáculo. Lo es para mí y para muchísima gente más, seguro. Ya sé que es receptor sensorial y que hay mucha información en el alma que llega por el cuerpo. Vale, es verdad. Entonces cambio el panorama. ¿Y si todos tuviésemos el mismo cuerpo? ¿Y si no hubiese distinción entre hombres y mujeres, altos y bajos, rubios o morenos, ojos azules u ojos marrones, jóvenes o viejos? ¿Y si no hubiese diferencias externas que nos etiquetasen en un grupo étnico, cultural, social o de riesgo de exclusión? Seríamos sólo personas. Y eso sería genial. Porque continuaría habiendo diversidad, pero interna. Y no habría otra manera humana de conocerla más que hablando entre nosotros, comunicándonos. Y para cuando nos supiésemos distinto del otro, ya sería tarde para odiarle, porque ya habríamos tendido los puentes necesarios para entendernos. El cuerpo es un impedimento para todo eso. Odio mi cuerpo. Bueno, no lo odio, porque si no, no lo cuidaría. Pero sólo es importante para mí en la medida en que necesito que tenga salud e higiene. Ya está. Mi cuerpo no es importante para nada más. Me refiero a sus formas. Como receptor sensorial sí, claro. No querría dejar de ver el atardecer, el fuego de una chimenea, las sonrisas de mis sobrinos, la luna y las estrellas; dejar de oler el aroma a cruasanes y magdalenas del horno de mi barrio todas las mañanas cuando bajo a coger mi bus, o la piel de los bebés, o la tierra mojada por la lluvia; dejar de sentir los besos y los abrazos de mis hermanos, el viento del mar o el calor del sol; dejar de saborear el chocolate, el vino, el café, o haberme perdido los besos de quienes me enamoré; dejar de escuchar la música… ¿Quién podría vivir sin música? No, claro que no renunciaría a nada de eso. Pero los cuerpos en cuanto a sus formas no valen para nada. Para no estar nunca satisfechos con nosotros mismos. Para separarnos de los demás. Para eso valen. Querría no tener cuerpo. O ser invisible. O ser un camaleón y camuflarme con lo que fuese para que nadie pudiese advertirme.

—¿Le puedo hacer una pregunta?

—Claro.

—¿Tiene usted recuerdos de su propio cuerpo durante su infancia?

—No… La verdad es que no. Recuerdo mis rodillas llenas de heridas. Pero no recuerdo más.

—¿Ha sufrido usted alguna agresión en su infancia?

—Sí. Me pegaban. En el colegio. Me empujaban al suelo y se me tiraban todos encima. Era claustrofóbico. Lo pasaba muy mal. También me mordían. Recuerdo las marcas de los dientes. Se burlaban de mí. Una vez dijeron en voz alta en medio de la clase que yo era un feto.

—¿Un feto?

—Sí.

—¿Qué significa?

—Un feto es una persona poco agraciada.

—¿Cuántos años tenía usted?

—Ahí ya tenía doce o trece.

—¿Usted se veía como un feto?

—Sí. Sinceramente.

—¿Y ahora?

—Cuando me miro al espejo no veo lo que los demás ven. Ni siquiera veo en mí lo que los demás ven en sí mismos.

—¿Qué cree que los demás ven en sí mismos?

—Creo que se identifican en su cuerpo. Tienen su cuerpo integrado en su persona.

—¿Y usted no?

—Yo me veo y creo que me daría igual si tuviese cualquier otro cuerpo.

—O sea, que le es indiferente ser o no ser un feto.

—Con doce o trece años, no. Dolió. Dolió mucho. Ahora tanto me da. Me preocupan más mi mente y mi corazón.

—Es decir, por resumir: usted ignora el hecho de que tiene un cuerpo salvo cuando tiene que cuidar su salud y su higiene.

—Sí, más o menos.

—Tiene lógica.

—¿La tiene?

—Los niños que sufren agresiones físicas desarrollan desafección hacia su propio cuerpo. Sobre todo, si el origen de esas agresiones es que su físico sea de una determinada manera.

—Nunca lo había pensado.

—Lo sé. Eso explica que ignore esa parte de usted. Debe aceptarla. Porque le guste o no, es quien es también por cómo es su cuerpo. Si tuviese unas formas completamente opuestas a las suyas, sería otra persona.

—¿Usted cree?

—Es así. Aunque no se vea desde fuera, se mueve en un entorno. Su presencia provoca reacciones. Usted reacciona a esas reacciones. Igual que reacciona a la presencia de los demás.

—Yo no me fijo en el físico de los demás.

—El físico es lo primero que se percibe.

—Pero no es en lo que centro mi atención. Y no es, desde luego, lo que hace que quiera acercarme a una persona.

—Pero lo de dentro sale a través de lo de fuera.

—Sí, por la mirada, por ejemplo. Hay miradas que me han echado para atrás. Y miradas que me han invitado a acercarme. Pero no por la mirada, sino por lo que refleja. ¿Y si, en lugar de un espejo, es un espejismo? ¿Y si la mirada que me echó atrás sólo era porque estaba llena de miedo o inseguridad o qué sé yo? ¿Y si la mirada en que confío después me traiciona? Por eso los cuerpos son inútiles. No sirven para nada. Más que para etiquetarnos y separarnos. Yo no sé qué hay más allá de la muerte. Pero confío en que haya un universo donde sólo habiten almas. Almas que se puedan unir o separar únicamente porque son o no son compatibles entre sí mismas, sin que haya ningún otro elemento en medio delimitándolas.

—Bueno, yo creo que ese universo ya existe.

—Sí, ya sé a qué se refiere. El amor. Pero ese universo, no todos lo podemos disfrutar.

—Disiento. Ese universo ya está en usted. Lo único que ha de hacer es querer compartirlo.

—Pero la única manera de hacerlo es a través del cuerpo. Entienda que me resulte tan difícil. Porque soy torpe en el plano físico. Y porque tengo miedo a sufrir más. Y porque con la edad se agota la paciencia, de uno y de la otra persona. Porque la otra persona también arrastra sus heridas. Y puede que le resulte difícil también, por lo mismo o por otras cosas.

—¿Eso no son excusas?

—Eso son mis circunstancias. Usted las interpreta como excusas. Lo comprendo, no está en mi piel.

—¿Se acuerda de cómo ha empezado esta conversación?

—Sí. Me preguntó por qué me incomodaban los piropos. Y yo le dije que los piropos me recuerdan que tengo un cuerpo.

—No. Lo que le pregunté fue si podía sentarme aquí con usted porque me parecía que tenía unos ojos preciosos. Se quedó en silencio y entonces le pregunté si le había molestado. Y me dijo: “Disculpe, es que me incomodan los piropos, pero por supuesto que puede sentarse conmigo”. Y a eso respondí: “¿Por qué le incomodan los piropos?”. Fíjese. ¿Por qué aceptó que me sentase con usted si no me conoce de nada? ¿Qué hizo que quisiera conocerme?

—Cree que no le conozco. Pero viene aquí todas las tardes. Se sienta en aquella mesa de allí y pide un café con leche descafeinado con la leche templada. Después saca su móvil y su portátil. Supongo que por trabajo. Por la conversación de hoy, deduzco que se dedica a la psicología. O a algo por el estilo. Siempre hay un momento en que se le pierde la mirada por el ventanal. No, no me dedico a acosar a la gente, pero me gusta observarla. Intento averiguar qué tienen en sus almas. Yo vengo todas las tardes, pido un café solo sin azúcar y me siento aquí, abro mi libro y leo. De vez en cuando levanto la vista. Una tarde le vi a usted. Se tapaba los ojos. Luego me di cuenta de que se enjugaba las lágrimas. Cuando iba a acercarme para ofrecerle un pañuelo, se levantó, pagó y se fue. Desde entonces, le miro todas las tardes. Por si vuelve a llorar, por si puedo hacer algo. Sé lo que es llorar en soledad. Su físico no tiene ninguna importancia aquí. Porque, sea como fuere, sufre. ¿Lo ve? El cuerpo ni siquiera sirve para proteger al alma. No sirve para nada. No me dice quién es usted. Yo he empezado a decirle quién soy yo. Desde dentro. Obviando cómo soy por fuera. Lo he hecho porque quiero saber quién es usted. Y quiero saberlo porque le vi sufrir. Es mi naturaleza. Es instintivo querer acercarme a quienes sufren, probablemente porque sé lo que es sufrir. Tal vez ahora sea feliz de nuevo. Me alegraré por usted. En cualquier caso, le ofrezco mi amistad sincera.

—Vaya. Pues ahora no sé qué decir.

—Cualquier cosa menos que tengo unos ojos preciosos, por favor.

—¿Nos tuteamos?

 

© Vicente Ruiz, 2019

2 comentarios en “Los cuerpos

  1. En las redes no tenemos cuerpo. Y quizás podamos sacar alguna conclusión de nuestra experiencia incorpórea.

    Lo principal, que tengamos o no tengamos cuerpo, mostramos una imagen de nosotros mismos. Que corresponda a nuestra imagen física o no, no importa mucho, el caso es que incluso aquí, tenemos un cuerpo, que es como nos perciben.

    Y si todos tuviéramos el mismo cuerpo, la misma imagen… ¿cómo distinguiríamos a nuestros amigos, a la persona amada, frente al simple conocido? ¿Tendríamos todavía inquietudes con las que buscamos un reconocimiento que nos diferencie de los demás? Una especie sin rasgos diferenciadores ¿no tendría más complicada su evolución?

    No sé… aunque yo también sufrí acoso en el colegio, y a pesar de no estar a gusto con mi cuerpo, que si lo defino como “poco agraciado” sería muy generoso… sigo creyendo en la necesidad de la diferencia.

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    1. Distinguiríamos por el interior. Seguiría habiendo diferencias, pero no externas. Yo no hablo de clones. Hablo de almas individualizadas sin cuerpo.

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