Extracto 5

A poco menos de dos meses de concluir el año más duro de mi vida, me quedaba observando y reflexionando los cambios tan drásticos habidos y concluía que, después de todo, no hay mal que por bien no venga: me tenía a mí misma más de lo que me había tenido nunca. A veces echaba de menos cosas propias de la vida de cualquier persona joven, como quedar a tomar algo de vez en cuando, charlar de cosas insustanciales y reírnos de ellas. Otras veces echaba de menos cosas más íntimas, como un abrazo, estrecho y largo; un abrazo de los que dicen “estoy aquí contigo” y con el que puedes sentir las manos de la otra persona en tu espalda atrayéndote hacia ella, el latido de su corazón o su aliento en el cuello; un abrazo en silencio, respirando hondo y meciéndonos con el balanceo de ambos cuerpos casi fundidos en busca de un nuevo equilibrio.

Creo que no hay un gesto de cariño mayor que el abrazo; mayor en todas sus acepciones. Es mayor porque es más grande que el beso, la caricia o la mirada, pues son los tres a la vez: es el beso de dos cuerpos, la caricia de dos rostros y la mirada de dos corazones. Es mayor porque tarda en darse: los abrazos genuinos no se dan el primer día, sino después de muchas horas compartidas y de muchas conversaciones habladas, cuando hay un gran conocimiento mutuo. Y es mayor porque es la herramienta más importante y poderosa de intercambio entre dos personas que se aprecian: al abrazar a alguien das, recibes, te curas, te fortaleces, reparas, sanas, consuelas, te abrigan. Un abrazo es un continuo flujo de mensajes; es un momento mágico de conexión y es universal: se da entre hermanos, entre padres e hijos, entre amigos y entre amantes.

Soy una solitaria, pero no soy de piedra y, como todos, tengo mis momentos de blandura. Hay cosas que la Tula no puede darme, aunque es una compañera leal y complaciente a la que le debo mucha de la entereza con que me levanto de la cama cada mañana. Sin embargo, qué duda cabe de que, sin ella, habría tenido que tirar de mí misma igualmente, porque la vida sigue, porque tengo muchas cosas que quiero hacer en el futuro y, además, porque es lo que mi abuela habría deseado.

 

“Dejar de llamarte”, páginas 182-184.

 

© Vicente Ruiz, 2017

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