De vez en cuando

Hay instantes, momentos fugaces cosidos con el hilo de la memoria, que alimentan la ansiada felicidad, esa gran incógnita que se despeja, como buenamente se puede, con la plena conciencia de que todo está orden, que no perfecto. Se puede uno aferrar a las aparentes nimiedades que luego acaban siendo símbolo de la belleza, de la paz interior, del equilibrio, de la esencia de la vida misma, que consiste más en saborearla como un caramelo que en tragársela sin masticar. También lo amargo. Ya nos lo dicen madres y abuelas: “Lo que se hace deprisa, se hace mal”. Y como se vive deprisa, se vive mal.

De vez en cuando, entre el sonido de la lluvia nocturna que cae furiosa rebotando contra las superficies, un grillo canta solitario. Entre las nubes densas y oscuras, como los espíritus turbados y somnolientos desvelados en la madrugada, se asoma la luna. Entre los pensamientos silenciosos y la quietud inquietante que deja la tormenta, resuena el eco de tu risa.

Luego todo sigue. El mundo gira, el sol sale para después ponerse y las tiendas abren para después cerrar. Nos despertamos, nos metemos en la rueda y al final nos dormimos. Un día y otro día, todo sigue.

Pero de vez en cuando, las estrellas brillan. Las miradas se encuentran. Y los corazones se aceleran.

Y la aguja de coser teje todos esos segundos en algún lugar del alma de donde poder rescatarlos, de vez en cuando.

 

© Vicente Ruiz, 2019

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