Pegamento y embalaje

Hace ya un tiempo descubrí que entre tenerse a uno mismo y no tenerse hay una gran diferencia que surge a la luz cuando se te rompe el corazón. Pero ¿qué es eso de tenerse a uno mismo?

Cuando queremos a otro, adoptamos una actitud general hacia esa persona que consiste en varios detalles: por supuesto, la expresión manifiesta del cariño que sentimos por él o ella, mediante gestos y palabras; también, la manera en que estamos pendientes de su bienestar, de darle lo que necesita; o la demostración de añoranza cuando está ausente. Cuando queremos a otro invertimos un montón de energía y tiempo para que esa persona se sienta querida, arropada y protegida. Tenerse a uno mismo es hacer exactamente todo eso, igual, pero hacia uno mismo. Parece una simpleza, pero no lo es. Es sumamente difícil. Y a la vez, muy necesario.

Lo es porque, como decía al inicio, la diferencia entre autoquererse y autocuidarse y no hacerlo aflora con mayor claridad en los momentos de angustia. La manera de romperse es distinta y no depende del grado de dolor o de aquello que lo cause. Depende de lo pendientes que estemos de nosotros mismos, de lo conscientes que seamos de lo que necesitemos, de lo eficientes que seamos autoescuchándonos.

Y es que son muchas, muchísimas las veces en que el dolor no lo siente el «yo adulto», sino que es un reflejo de un dolor pasado que sintió el «yo niño» alguna vez, que no supo resolver entonces y se ha quedado ahí, hecho un nudo. En la autoexploración debe percibirse uno en todas sus dimensiones, no sólo en la presente, no sólo en un ámbito. Somos como un teseracto, así que no es fácil. Nunca llega a serlo. Y superar el dolor, aun cuando lo tenemos localizado, siempre lleva tiempo. Pero hay una gran diferencia, insisto, cuando te rompes.

Cuando no te tienes, te haces añicos. Y es horrible. Porque al dolor lacerante del corazón roto has de sumar el agotamiento mental que supone emprender la ardua tarea de ir recogiendo por los rincones de tu alma cada pedacito, cada fragmento, cada cascarilla. Y una vez amontonados, aún queda la reconstrucción y el ensamblaje, la recolocación de las piezas. Y esperar a que seque el pegamento, uno especial que se derrama por los ojos y sabe a sal. De no tenerse y romperse, no obstante, aprende uno a tenerse y no soltarse nunca más. A proteger lo reparado con un embalaje que amortigüe los golpes.

Y sí, sigue doliendo. Cada vez. Cuando perdemos a alguien querido, del modo que sea, que es como más se nos rompe el corazón, nunca deja de doler. Pero si te tienes, no te haces añicos. Te quiebras. Sientes que los trozos se han separado entre ellos, pero no se han movido apenas. El embalaje los mantiene en el mismo lugar. Y, francamente, nada que ver.

Al localizar el dolor nos tendemos la mano. El «yo adulto» abraza al «yo niño», o al «yo adolescente», o «al yo menos adulto que ahora». Lo abraza y le dice: «Saldremos también de ésta», porque no queda otra. Lo calma. Porque si algo alivia la pena es el amor, el amor que nos inspira el «yo niño» cuando lloraba a escondidas en un rincón del colegio; el «yo adolescente» que no gusta a nadie y se siente un patito feo; el «yo menos adulto que ahora» porque todavía no sabe de dónde le viene todo. Ése es el embalaje. El amor que otros no supieron darnos, porque sólo nosotros sabíamos qué era lo que necesitábamos y no sabíamos, o no podíamos, expresar.

Así que teneos. No os deis la espalda nunca. No os falléis a vosotros mismos. Sabed que cada noche y cada mañana, cuando os miráis al espejo, tenéis enfrente a la persona más importante de vuestra vida. Y que, si no la escucháis, ni la queréis, ni la cuidáis, ni la protegéis, nadie más lo hará. Lo que, en momentos de alegría y buena fortuna, tal vez no os preocupe tanto. Sin embargo, cuando llegue la tormenta, sólo esa persona os salvará.

© Vicente Ruiz, 2019

Querida Inés

Ya te lo ha dicho tu madre, ¿verdad? En el mundo hay gente muy buena. Pero también hay gente muy mala. Gente que ignorará tus virtudes para poder sacar más provecho de tus defectos y así desacreditarte con eficiencia cuando les señalen con el dedo. Porque la gente buena señala a la mala. Aunque sólo sea para no parecerse en nada.

Yo te comprendo bien. Conmigo tampoco querían jugar. Me pasaba los recreos buscando los rincones del colegio con otros niños discriminados por los motivos que fuesen. Estábamos tan dolidos que llevábamos todos a cuestas una cáscara, como los caracoles, de la que apenas nos asomábamos.

Recuerdo una reunión de mi profesora de 1º de EGB con mi madre. Yo esperaba en el pasillo, al otro lado de la puerta, con miedo a que me riñesen. No sabía por qué, pero pensaba que me reñirían. Salieron y me dijeron que nunca había que pegar a un compañero, pero que, si ellos me pegaban a mí, me tenía que defender. Sólo tenía 6 años. Yo no quería pegar a nadie. Sólo quería tener amigos. Así que te comprendo bien.

Vas a tener que armarte de paciencia con la gente, Inés. Hay gente que está convencida de que, como ellos fueron felices en el colegio, los demás también. No les cabe en la cabeza la posibilidad de que haya niños para los que fue una pesadilla. Y aunque ahora no lo veas, ten en cuenta tu ventaja: ahora se habla de esto. Se señala. Ya no son meras chiquilladas sin importancia.

Cuando cambié de colegio tenía 14 años. Hice borrón y cuenta nueva. Aprendí entonces lo que era pertenecer a una pandilla, que me llamasen por teléfono para hablar (y reír), que contasen conmigo para comer pipas en el parque del barrio. Supe lo que era una fiesta de cumpleaños con amigos. Así que cogí todo lo anterior y lo olvidé.

El problema es que puedes olvidar los recuerdos, pero no puedes quitarte de encima el sentimiento de culpabilidad cada vez que alguien se va de tu vida; es imposible llegar sentir del todo que mereces el cariño que te brindan los demás; tienes que lidiar tu día a día con una armadura a cuestas que, con el tiempo, no se aligera, qué va. Lo único que sucede es que te acostumbras a llevarla. Pero las armaduras pesan y limitan el movimiento. Desprenderse de eso no es fácil y nunca se logra del todo.

Así que sé paciente, Inés. No importa el motivo por el que no te quieran. Y sé que con 11 años es difícil verlo. Pero lo único que importa es que te quieras tú. Yo lo aprendí tarde. Eran otros tiempos. Pero es la verdad: quiérete tú, que ya te seguirán los demás, aunque sean pocos. Te lo dice alguien que no cuenta con muchos amigos, pero sí con los mejores. Y conmigo, sobre todo cuento conmigo.

Con cariño,

V.R.

© Vicente Ruiz, 2019