Barrio: sábado mañana

Se despertó a las nueve y media de la mañana, después de haberlo hecho ya antes, a las siete; y antes, a las cinco y cuarto; y antes, a las tres menos diez. Se había dormido sobre la una y media, después de sesenta minutos dando vueltas sobre sí misma intentando conciliar el sueño. Pero lo de conciliar no le salía. Más bien guerreaba, noche tras noche, desde hacía ya unas cuantas semanas. Al final caía por puro agotamiento, aunque no lo bastante como para dormir profundamente ocho horas seguidas del tirón. Era horroroso. Así y todo, se despertó, se desperezó, se incorporó en la cama y subió la persiana, dejando que el aire todavía fresco entrase a placer.

La última vez que estuvo enamorada decía que el mejor momento del día era el de acostarse, pegarse al cuerpo amado, sentir su calor, acurrucarse bajo su brazo e inspirar la suave fragancia del tónico para después del afeitado hasta quedarse dormida. Él acostumbraba a asearse por la noche. Ella, en cambio, era de ducha matinal, le ayudaba a despertarse. Y le resultaba placentero salir a la calle aún con la cabeza húmeda y vestida con la ropa limpia y el perfume sobre la piel recién exfoliada. Hacía ya muchos años que él no estaba en su vida, aunque ella seguía con sus hábitos de higiene exactamente igual que entonces. Pero el mejor momento del día ya no era el de meterse en la cama, porque sabía que después le aguardaría una larga noche de insomnios, sueños raros y desvelos. Así que ahora tal honor era para el desayuno, que era su modo de celebrar el fin de la noche.

Entró en la cocina para medio llenar su taza de Hufflepuff con leche sin lactosa, que luego introdujo en el microondas, donde se quedó dando vueltas a la luz de las bombillitas durante dos minutos. Mientras, encendió la máquina de café, metió una cápsula de la modalidad más intensa y sacó la última magdalena de la bolsa de las magdalenas, que de este modo pasó a ser una bolsa vacía, sin más. El segundo minuto de calentamiento de la leche lo invirtió en mirar en el móvil los últimos movimientos en Facebook, Instagram, Twitter y WhatsApp. En ese orden. Justo antes del pitido del microondas, le pegó el primer mordisco a la magdalena, sacó la taza de Hufflepuff, la rellenó con el café de la cápsula y se sentó a desayunar.

Y ya está. Ése era el mejor momento del día desde hacía tiempo, sin que se hubiese dado nunca cuenta de cómo había llegado a serlo. El sabor del café con leche caliente facilitando la ingesta del último bocado de magdalena le proporcionaba un placer similar al del agua fresca en verano después de una larga caminata al sol. No sabía describirlo mejor. Aparte de que, a medida que comía y bebía, sentía cómo el cuerpo se revitalizaba, sacudiéndose de encima el cansancio del trajín nocturno. Así que cuando llegaba ese instante, el del último trago, su mente sólo alcanzaba a desear que ese momento fuese eterno. “Hay que ver, con qué poco me conformo ya”, pensaba.

Como cada dos sábados por la mañana, salió a la vorágine urbana asiendo el carrito de la compra como si fuera un auriga romano en plena carrera delante del emperador. Detestaba comprar cosas en general, aunque le hiciesen falta. Para ella, un mundo ideal era aquel en el que la inteligencia artificial podía leerle la mente, en concreto, el área donde pensaba en las cosas que necesitaba, y en el plazo de 10 minutos máximo alguien se lo llevaba a casa. Pero mientras la inteligencia fuese la común de los mortales, le tocaba apechugar y acercarse al mercado ella misma. “En 50 años la NASA ha mandado al ser humano a la luna, un robot a Marte y una cámara de fotos a Plutón, pero yo sigo haciendo lo que mi abuela ya hacía de joven”, se decía.

Lo cierto es que era todo pereza. Una vez en el mercado se sentía en familia y espabilaba. Todo el mundo la conocía y la trataba como se tratan a los veteranos, a los leales, a los que nunca fallan en la cita, porque si no vienen es que ha pasado algo y eso sí que no, ¿eh? Así, Manolo, el frutero, que siempre le alababa los ojos, “porque es que se ve el firmamento en ellos, xiqueta”, le reservaba siempre la mejor borraja. “El firmamento, dice, ¡si estoy cegata!”, respondía ella entre risas. La carnicera, Inma, le decía reina, bonica, guapa, “que a ti te fío toda la tienda, ya lo sabes”. Las señoras, que siempre creían ser las predilectas y estaban antes en cola, la miraban por encima del hombro con cierta desconfianza. Pero ella las ignoraba y respondía desde la fila de atrás “No me seas zalamera, que no te hace falta, que sólo te compro la carne a ti”. Y era verdad.

Y así con todos. Con Vicente, el charcutero. Con Mari, la de los huevos. Con Pedro, el del horno. Con Amparín, la del pescado. Con Toni, el de la lotería. Con Pili, la del bar del mercado. Y de todas partes brotaban las voces, los piropos, las sonrisas y los ojos brillantes, como los chorros de las fuentes, en mitad de agosto, refrescando a la gente; así los tenderos del mercado hidrataban el corazón a la clientela, que ya era 1 de junio y empezaba el fin de semana. ¿Qué habría hecho con el tiempo que le habría ahorrado la inteligencia artificial? No gran cosa. Así que supuso que debía dar gracias porque había obligaciones que en realidad eran oportunidades de resetear el ánimo. Y eso siempre estaba bien.

Regresó a casa, tirando con una mano del carrito como si fuese un san bernardo obeso, y portando con la otra la bolsa del pescado, que le hacía de contrapeso. Al llegar a su portal, una chica joven repartía octavillas en pro de la conciliación y el reparto igualitario de tareas domésticas, contra la opresión de la mujer en el hogar. “Tome, para que no vuelva a venir cargada como una burra”, le soltó. Como no disponía de una tercera mano con la que coger el panfleto, miró el trozo de papel y luego miró a la chica. “¿Puedes hacer algo para acelerar la inteligencia artificial?”, le preguntó. La chica comenzó a mutar el gesto, como si su interlocutora se estuviese transformando en una extraterrestre. “¿No? Pues anda, corazón, déjame pasar, que vivo sola y tengo que guardar la compra”, le dijo sonriendo.

Un ratito más tarde, y siendo que aún era pronto para ponerse a preparar la comida, se abrió un botellín de cerveza y se recostó en el balancín de la terraza a dejar que el airecillo le hiciese cosquillitas en la nuca. “Tengo que ponerme las sábanas limpias”, pensó mientras se le cerraban los ojos, camino de una siesta del borrego. A pocas calles de allí, al mismo tiempo que ella se quedaba traspuesta, la chica de las octavillas recibía una bronca de su madre por haberse ido de casa aquella mañana sin hacerse la cama.

 

© Vicente Ruiz, 2019

1 comentario en “Barrio: sábado mañana

  1. A mi edad todavía no sé si la eterna rutina es buena o mala. Simplemente es, imagino, nos hace sentir seguros pero a la vez aborregados.

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