Cómo no enamorarse de ti

No compres un billete de tren de ida y vuelta. El de vuelta te sobrará. No busques un hotel barato en el centro, entre esa catedral tan bonita, aunque esté manquita, y la Alcazaba, que ha envejecido a la sombra de la Alhambra, pero no tiene nada que envidiarle.

No dejes que te conozca, con tus galerías acristaladas, tus calles peatonales repletas de terrazas bajo los toldillos, tus esquinas redondas o tus rincones a media sombra, tus cafés bohemios o tus museos, tus restos arqueológicos o tus esculturas del siglo XXI, tus terrazas donde subir para verte desde arriba, ay, la manquita, qué bonita, caramba.

No permitas que me inunden tu luz y tu brisa marina, a la sombra de las palmeras del Paseo del Parque y del Palmeral de las Sorpresas, o al sol entre las láminas de la Pérgola del Muelle Uno. No me sacies la sed en los chiringuitos a ambos lados de la capillita del puerto, o junto al cubo multicolor del Centro Pompidou, mientras me atardeces en una primavera veraniega como pocas.

Desde Gibralfaro hasta la Farola, de un lado, todo historia, del otro lado, todo paraíso, mantenme lejos de la Malagueta, de Pedregalejo, de las calitas de El Palo, con su playa manchada de oasis de hierba verde donde crecen, cómo no, las palmeras, que donde las hay, también hay alegría. Y entre oasis y oasis, las barquitas con las brasas donde plantar los espetos adornados de sardinas, qué ricas, madre mía, con su sal gorda y su sabor a mar.

No quieras que me tome un zumo o un helado bajo los soportales de los chiringuitos, donde una perrita llamada Juanita me llore para pedirme las papas, ni me hagas ver cómo se rompen las olas contra las rocas que quedan bajo la balconada donde me he estado tomando el tinto con limón. No me atraigas la mirada hacia a su gente, con la sonrisa en el alma, respirando a otro ritmo, con su acento andaluz, que no es de aquí ni de allí porque es de ti únicamente.

No obnubiles por tus nombres ilustres, de Pablo el pintor a Antonio el actor, de otro Antonio o Diana, voces de copla, a Manuel el poeta; a María llegará tu tren si no lo remedias, y aunque no vinieran al mundo allí, a Rubén y Vicente también rindieron tributos.

Para no enamorarse de ti, habría que no hacer todas estas cosas, que son muchas, no poco importantes, quizá las más notables. De día, al calor del sol, que hace honor a la costa donde te enclavas, y de noche, con tu reflejo en las aguas del puerto, que mira que estás guapa entonces, puñetera. Pero aún hace falta otra cosa más.

No tengas una amiga que te quiera, que te muestre, que te acerque a quien viene de fuera, que te enseñe con el orgullo del de dentro, que te convierta en un hogar temporal. Porque no hay hogares temporales. El hogar se lleva dentro y sólo hacen falta cariño y risas para anclarlo allí donde se va. Así que asumo mi fracaso: ya eres parte de mí, Málaga bonita.

 

Para mi malagueña rizosa. Sin ti, este texto no tendría ningún sentido. Tú también eres parte de mí. Gracias, siempre.

 

© Vicente Ruiz, 2019

3 comentarios en “Cómo no enamorarse de ti

  1. Ay que bonito :_) pues aquí siempre tendrás tu casa, tu Juanita y tu reducida, para cuando quieras volver.

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    1. Jaja, lo sé, por eso volveré, qué te pensabas tú 😉

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  2. Es un viaje que tengo pendiente desde hace años… creo que cada vez está más cerca.

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