Adversidades

Nadie me buscó ni me esperaba, pero vine al mundo.

Aunque no tuve una familia normal, fue la mejor del mundo entero.

En el cole se metían conmigo, no tenía amigos, me llamaban cosas feas y, sin embargo, tengo buenos recuerdos gracias a las maestras.

A pesar de mi naturaleza bohemia, me encantaban las matemáticas, si bien, al final tiré por las humanidades.

Siempre tuve una altura superior a la normal en mi edad, mas nunca hice baloncesto, que era lo que quería mi tío, en lugar de «la mariconada» esa del ballet.

Al contrario de lo que piense mi madre, mi guapura tiene sus límites y no he sido ningún éxito ligando.

Me han amado, pese a ello, mucho y bien, no obstante, no fui lo que esperaban.

Y yo he amado, de verdad y como mejor he sabido, aunque me pudo la cobardía.

He recorrido muchos kilómetros por la tierra, por el mar y por el aire, pero he viajado mucho más por dentro de mi cabeza.

Paso casi todo el tiempo en solitud, sin embargo, nunca siento soledad.

No es que no necesite a nadie, sino que sé quiénes están conmigo.

Nadie espera nada, con todo, siempre acaba pasando algo.

Y a pesar de que nunca haya dejado de sonreír, sí es verdad que sonreía menos últimamente.

Sólo puedo sacar en claro una cosa de toda esta letanía, antes bien, no me sorprende nada.

Y es que mi vida es una serie de oraciones coordinadas adversativas. Pero por algo será.

#peroteam

© Vicente Ruiz, 2019

Anexo Málaga

Despido el publirreportaje sobre Málaga, que aúna la anterior entrada en este mismo blog y todas las imágenes recolectadas en varias publicaciones en Instagram, con este anexo de imágenes en color de la ciudad de la Costa del Sol, cuya visita recomiendo a todo el mundo y que espero volver a pisar pronto.

Todas las imágenes son mías y están realizadas con una Canon EOS 4000D y con un iPhone 6.

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Cómo no enamorarse de ti

No compres un billete de tren de ida y vuelta. El de vuelta te sobrará. No busques un hotel barato en el centro, entre esa catedral tan bonita, aunque esté manquita, y la Alcazaba, que ha envejecido a la sombra de la Alhambra, pero no tiene nada que envidiarle.

No dejes que te conozca, con tus galerías acristaladas, tus calles peatonales repletas de terrazas bajo los toldillos, tus esquinas redondas o tus rincones a media sombra, tus cafés bohemios o tus museos, tus restos arqueológicos o tus esculturas del siglo XXI, tus terrazas donde subir para verte desde arriba, ay, la manquita, qué bonita, caramba.

No permitas que me inunden tu luz y tu brisa marina, a la sombra de las palmeras del Paseo del Parque y del Palmeral de las Sorpresas, o al sol entre las láminas de la Pérgola del Muelle Uno. No me sacies la sed en los chiringuitos a ambos lados de la capillita del puerto, o junto al cubo multicolor del Centro Pompidou, mientras me atardeces en una primavera veraniega como pocas.

Desde Gibralfaro hasta la Farola, de un lado, todo historia, del otro lado, todo paraíso, mantenme lejos de la Malagueta, de Pedregalejo, de las calitas de El Palo, con su playa manchada de oasis de hierba verde donde crecen, cómo no, las palmeras, que donde las hay, también hay alegría. Y entre oasis y oasis, las barquitas con las brasas donde plantar los espetos adornados de sardinas, qué ricas, madre mía, con su sal gorda y su sabor a mar.

No quieras que me tome un zumo o un helado bajo los soportales de los chiringuitos, donde una perrita llamada Juanita me llore para pedirme las papas, ni me hagas ver cómo se rompen las olas contra las rocas que quedan bajo la balconada donde me he estado tomando el tinto con limón. No me atraigas la mirada hacia a su gente, con la sonrisa en el alma, respirando a otro ritmo, con su acento andaluz, que no es de aquí ni de allí porque es de ti únicamente.

No obnubiles por tus nombres ilustres, de Pablo el pintor a Antonio el actor, de otro Antonio o Diana, voces de copla, a Manuel el poeta; a María llegará tu tren si no lo remedias, y aunque no vinieran al mundo allí, a Rubén y Vicente también rindieron tributos.

Para no enamorarse de ti, habría que no hacer todas estas cosas, que son muchas, no poco importantes, quizá las más notables. De día, al calor del sol, que hace honor a la costa donde te enclavas, y de noche, con tu reflejo en las aguas del puerto, que mira que estás guapa entonces, puñetera. Pero aún hace falta otra cosa más.

No tengas una amiga que te quiera, que te muestre, que te acerque a quien viene de fuera, que te enseñe con el orgullo del de dentro, que te convierta en un hogar temporal. Porque no hay hogares temporales. El hogar se lleva dentro y sólo hacen falta cariño y risas para anclarlo allí donde se va. Así que asumo mi fracaso: ya eres parte de mí, Málaga bonita.

(Anexo Málaga, aquí).

Para mi malagueña rizosa. Sin ti, este texto no tendría ningún sentido. Tú también eres parte de mí. Gracias, siempre.

© Vicente Ruiz, 2019