Primavera en Pekín (1)

Aterricé en Pekín sobre las cinco de la madrugada de un día de abril. Se trataba de un viaje por trabajo, un intercambio entre asociaciones musicales de España y China de una semana de duración. Es una de las grandes satisfacciones que me da ser directora de coro: viajar, llevar la música de mi cultura a otros lugares del mundo y ser testigo de la ilusión que desborda la mirada de mis cantantes.

Las cinco de la madrugada, decía, y ya era completamente de día. No es que estuviese amaneciendo. El sol llevaba fuera ya un buen rato y a través de los ventanales del aeropuerto se intuía la claridad de la mañana ya en transcurso. Fue lo primero que me llamó la atención. Sabía que toda China, pese a lo vasto de su territorio, vivía en el mismo huso horario y que Pekín se encuentra en su parte más oriental, pero no esperaba aquella luz a esas horas. Aunque la verdadera sorpresa fue descubrir al día siguiente lo necesario de unas buenas cortinas. Nunca en mi vida madrugué tanto como aquellos días.

Lo segundo que me hizo alzar las cejas fue lo caótico del tráfico: los coches, las bicicletas, los triciclos y los peatones, todos juntos, se cruzaban, no paraban, no cedían, se colaban… Eso sí: nunca presenciamos ningún accidente. En las avenidas y las calles de Pekín el tráfico baila sin dejar ni un hueco entre automóviles. Desde el aeropuerto hasta la residencia de la Universidad de Renmin donde nos alojaríamos, se levantaban a ambos lados de la autopista de varios carriles por sentido, edificios-colmena donde, supuse, malvivía la gente trabajadora o, tal vez, trabajaba la gente que malvivía. Porque, de buenas a primeras, Pekín no me pareció una ciudad donde se viviese bien. Pero decidí guardarme los prejuicios en un bolsillo de la maleta para conocer de verdad la vida en la capital china.

Llegados a la residencia, descansamos un poco. La comida estaba programada a las 12:30h, así que aproveché para dormir, darme una buena ducha y ponerme ropa limpia. Las 13 horas en avión me habían dejado hecha una pasa sultana, agotada y con la sensación de llevar puesto el mismo atuendo desde hacía una semana. Tras el aseo, me sentí renovada y hambrienta, y me lancé escaleras abajo en busca del comedor.

“Así que ésta es la verdadera comida china”, pensé mientras contemplaba las bandejas. Olvidaos del arroz tres delicias o del rollito de primavera. No existen. Aquí el pollo con almendras no lleva almendras, sino cacahuetes, y pica. Yo, que no soy muy de comer sin saber qué es lo que estoy comiendo, disfruté bastante, aunque sin moverme mucho del sota, caballo y rey. Lo admito, soy asquerosita para la comida. Pero allí aprendí a ser un pelín más flexible. Lo más familiar era el postre: piña y sandía. Bastante sabrosas, he de decir.

Con el estómago lleno, sobre las dos de la tarde, nos dirigimos hacia la primera parada de la parte turística del viaje: el Palacio Imperial de Verano. De entrada, hay que empezar diciendo una cosa: qué bien se lo han montado siempre los elegidos por los dioses, orientales u occidentales, qué más da, que, con la excusa de ser reyes, emperadores, príncipes o papas, se han procurado siempre el lujo, la servidumbre y todo lo necesario para hacer de la tierra su paraíso. Hay que joderse con el poderío…

 

© Vicente Ruiz, 2019

2 comentarios en “Primavera en Pekín (1)

  1. Si eres el elegido por los Dioses, lo coherente será vivir como Dios.

    ¿cuela?

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    1. Desde luego, ha colado durante siglos y siglos… Bueno, y sigue colando en algunos lugares.

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