Punto de encuentro

He soñado con mi abuela. Yo estaba en una zona que no frecuento, en la que estuve comiendo este jueves con mi mejor amiga. Habíamos quedado, así de un día para otro, porque hacía semanas que no nos veíamos y, cuando solemos hacerlo, lo normal es no tener mucho tiempo para hablar. El tiempo voló a tal velocidad que nos echaron del restaurante pasadas las cinco de la tarde mientras aún nos poníamos al día. Es un barrio moderno, con hoteles de lujo, que se ha quedado en un quiero y no puedo, después de una época de esplendor que prometía mucho más de lo que dio. Pero hay por allí un restaurante coqueto, acogedor y con buena cocina que nos pareció ideal para vernos. Allí estaba en mi sueño, en la Valencia del siglo XXI, en color HD, imagen digital y mi yo actual, de persona de cuarenta años en vías de desarrollo, autonomía y madurez después de mucho tiempo a la deriva.

En medio de esa estampa, apareció la imagen de una mujer de los años sesenta, en blanco y negro, analógica, con su pelo negro cardado y su verruga sobre la ceja derecha. Al principio pensé: “¿Qué hace esta mujer aquí?”. Pero enseguida sentí el aguijón del vínculo familiar. Esa cara, ese pelo, esa verruga. No puede ser otra persona. Reconocí en ella a la mujer que entonces aún no era abuela, aunque sí madre, sonriente, mirando a través de la luna de un coche antiguo que conducía ella, ella que no sabía conducir, que jamás había pasado por la experiencia de presentarse a ningún examen. Fue entonces cuando sentí el veneno saliendo del aguijón dentro de mi pecho. “Yaya”, dije sin decir.

Cuando me he despertado estaba llorando y tenía una congoja del tamaño de un volcán dentro de mi garganta. He tenido que esforzarme por no romperme. Y sin pensarlo, me he levantado, he subido la persiana y he abierto el balcón. Habría querido decirle, antes de despertarme, cuánto la echo de menos. Me he sentido muy sola esta semana, yo que nunca tengo esa sensación, me he topado de bruces con su falta, al llegar a casa y no encontrarla, abría la puerta llamándola a ella.

Días atrás, cuando terminé de leer “Ordesa”, de Manuel Vilas, pensé en el dolor como algo en lo que no me sentía a disgusto, por ser mi lugar de encuentro con ella y con mi leal compañero. En mi dolor puedo reunirme con su recuerdo y volver a sentirlos junto a mí. Prefiero eso que la nada. Y cuando me he despertado esta mañana he sentido el dolor, sí, pero también el amor, el amor que siguen alimentando en mí.

Después, me he duchado, me he tomado un café y una magdalena mientras ponía una lavadora, he bajado a comprar algunas cosas y he terminado la mañana en mi bar de siempre, tomándome un doble con unos cacahuetes mientras me sumergía en una nueva lectura. La vida sigue. Y está bien. Pero me alegra volver a verte, yaya, aunque me duela, me hace feliz tener un punto de encuentro contigo.

 

© Vicente Ruiz, 2019

2 comentarios en “Punto de encuentro

  1. La próxima vez que la veas, acuérdate de mandarle un saludo de mi parte. Que ya sé que ella no me conoce a mi, pero yo muchas veces tengo la sensación de habernos visto antes.

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    1. Se alegrará de conocer a otro maño.

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