La aguja

A los pocos segundos de encender el portátil, llegó a la bandeja de entrada del correo un nuevo email:

Corrígeme esta pequeña anécdota que se me ha ocurrido relatar hoy. Cuando puedas, claro.

Tu tío.

Abrí el adjunto y comencé a leer. Tengo un pequeño defecto. Bueno, es un gaje, más bien. Siempre me fijo primero en los errores gramaticales y estructurales. Pero aquel texto hizo que me olvidara rápidamente de ello y me centrara en la historia. Cuando terminé, abrí la misiva de mi tío y le di a “Responder”:

Hola, tío:

¿Esto que cuentas es verdad?

Sabía que había pasado, pero para eso sirve leer, para situarte y empatizar, para comprender. Mi tío, al parecer, estaba en el ordenador en ese mismo momento. Me contestó al instante:

Y tanto.

Me puse a corregir. Estaba escrito como si se hubiese registrado a través de una grabadora de voz. Le di un tono un poco más literario. Quedó así:

«Me encontraba hace varios días reunido con unos amigos jubilatas (tan jubilatas como yo), cuando, a raíz de la charla que mantenía con ellos, recordé un suceso que aconteció en mi infancia; o, para ser más exactos, en mi pubertad. El suceso, per se, es una anécdota y, como tal, tiene por motivo buscarle el lado cómico a la experiencia para procurarle un rato divertido al oyente. Sin embargo, el trasfondo social que subyace al hecho destila un cierto sabor amargo propio del régimen político en que vivíamos o, mejor dicho, malvivíamos. Ha llovido mucho, pero mucho, desde entonces; tanto en el país como en la mentalidad de la gente.

Así pues, nos remontamos al año 57. Por aquel entonces, en el barrio de Russafa, había tres cines a los que, por estar cerca de mi casa, solía acudir a pasar las tardes de los domingos. Los criterios de elección de la sala, por lo general, se basaban en la cartelera, si bien es cierto que una de ellas se caracterizaba por ser la más barata y porque ofrecía una sesión maratoniana que empezaba a las tres de la tarde, en punto, como un cronómetro suizo. Debía de ser lo único que funcionaba de forma tan precisa en esa España tan atrasada e impuntual en todo. Aquellas sesiones terminaban a las nueve de la noche. Imaginen seis horas en el cine nutriéndose de películas encadenadas, dibujos animados y varios No-Do. Eran mi definición del paraíso.

Nunca iba solo; mi pandilla me acompañaba. Recuerdo que, si íbamos con retraso, corríamos para no llegar con la sesión comenzada, ya que tres minutos de demora suponía entrar en la sala a oscuras y con serias dificultades para encontrar seis, siete u ocho sillas vacías que estuvieran juntas. He dicho bien. Sillas. Porque eran eso, de madera: una simple chapa sobre cuatro patas, asientos tan frágiles como incómodos. Como diversión, solíamos balancearlos con la ayuda del cuerpo, provocando que el resto de la fila también se moviera estrepitosamente: “El idiota que se mueve, ¡vale ya!”, protestaba la gente. “¡Ya está bien de mover las sillas!”. Una vez comenzada la sesión, continuaban entrando nuevos espectadores, daba igual que estuviese llena. A veces, por curiosidad, recorría la sala con la mirada y me regocijaba contemplando el overbooking, el superllenazo: gente de pie junto a las paredes, gente sentada en el pasillo central… Y yo, como un marajá, sentado en mi trono.

Éramos entre seis y ocho amigos los que íbamos al cine aquellos domingos. Mi madre siempre insistía: “No vayas solo, ¿vas con los chicos del barrio?… Nunca vayas solo”. Yo le tranquilizaba con un “Sí, mamá” automático, como todos los “Sí, mamá” que les salen a los chavales cuando sus madres se ponen pesadas.  El grupo lo formábamos chicos, pero a las sesiones maratonianas solían acompañarnos dos chicas. Una era la hermana de uno de mis amigos; la otra, una prima a la que le gustaba el mayor de la pandilla, que era más alto que el resto y con aspecto menos aniñado. Las entradas de las chicas las pagábamos nosotros. Y ellas tan contentas. A la hora de sentarnos, ellas ocupaban las sillas de los extremos, a modo de parapeto o trinchera.

Seis horas de sesión es demasiado tiempo para aguantarse las ganas de ir al baño, así que nos mandábamos avisos entre susurros: “Tengo que ir a mear, ¿quién me acompaña?”. En ocasiones, el voluntario iba a lo mismo, pero también podía ser que simplemente hiciera labor de escolta. El caso es que nunca, jamás nos íbamos solos al lavabo. Sinceramente, uno empezaba a dejar de ser un inocentón y había caído en la importancia que tenía la compañía en aquellos cines. La machaconería de mi madre, el rol que desempeñaban las chicas sentándose en esas sillas y no en otras, y la costumbre de ir al baño con otro colega daban qué pensar. Pero me dolía que, en mi edén particular, aquella sala donde se proyectaban otros mundos en los que había otras personas con otras historias, pudiera haber según qué peligros. En cualquier caso, era motivo suficiente para moverse con cautela.

Ocurrió que un sábado supimos que una de las chicas, creo que la prima, no vendría. No recuerdo por qué, pero tampoco importa. La cuestión es que uno de los flancos de la fila de sillas que ocuparíamos se quedaría al descubierto. Planteamos cómo organizarnos, porque lo que sí estaba claro es que no nos íbamos a quedar sin ir al cine. El mayor del grupo dio su solución: él se sentaría en el extremo. Ante la pregunta de qué haría si pasaba algo, respondió: “No os preocupéis, sé cómo solucionarlo”.

Así que llegó el domingo y allí que nos fuimos los seis: cinco chicos y la hermana. Como era costumbre en nosotros, buscamos sitio en la mitad izquierda de la sala, cerca de los servicios; la chica en un ala, el mayor en la otra y el resto entre ambos. Cuando ya llevábamos un buen rato desde que comenzara la sesión y estábamos totalmente absortos en la película, el amigo mayor, junto al que yo estaba sentado, me dijo en voz bajita: “Dile a mi hermana que me pase la aguja”. Sorprendido y sin entender a qué se refería con lo de la aguja, pasé el recado: “Decidle a María que le pase la aguja a su hermano”. La petición que viaja hasta la chica y la aguja que viene a mí. Y fue entonces, cuando le propiné un suave codazo a mi amigo para entregarle el amenazante hilo de metal puntiagudo, cuando lo vi. Fue un movimiento rápido, veloz, un golpe certero en la mano izquierda del hombre que se sentaba al otro lado y que le toquiteaba la pierna a mi amigo.

Es posible que si el cine continuase existiendo pudiera escucharse aún el alarido que pegó aquel tío. Se puso en pie de un brinco, como impulsado por un resorte, entre gritos. E inmediatamente después, como si lo hubiésemos ensayado durante horas, como un coro de infantes, empezamos a cantar: “¡MARICÓN, MARICÓN, AL MARICÓN, MARICÓN!”, sin parar.

Entiéndannos, era el año 57: a la conducta pederasta se sumaba la inclinación homosexual, y casi era más inaceptable lo segundo que lo primero. El fulano salió lamentándose y el resto de la sala comenzó a protestar contra nosotros: “¡Esos gamberros, que se callen! ¡Silencio! ¡Que se vayan a la calle!”, decían. Mientras, continuábamos con nuestra denuncia particular, mirando a la pantalla como si nada. El acomodador no tardó en llegar corriendo, haciendo tintinear las monedas sueltas que llevaba en el bolsillo, agitado y abochornado por el escándalo: “Gamberros, ¡fuera de aquí, a la calle!”, nos decía alumbrándonos con la linterna. Nosotros nos defendimos y le hicimos saber lo que había pasado: “¡Me estaba metiendo mano, el maricón!”. Indignado, el acomodador respondió: “¡Callaos, embusteros! ¡Aquí no hay de eso!”.

Aquí no hay de eso. Se me grabaron esas palabras para siempre. Aquel hombre estaba negando lo que yo había visto con mis propios ojos. El resto de espectadores continuó protestando. Al final, pararon la proyección, encendieron las luces y, bajo amenaza de llamar a la policía, nos obligaron a irnos. Quisimos que nos devolvieran el dinero, pero no lo conseguimos.

Aquí no hay de eso. Pues sí, señor, allí había de eso. Y seguramente aquel acomodador lo sabía muy bien. Los cines de barrio, de sesión continua o de reestreno, estaban tomados por hordas de viejos verdes a la caza de jovencitos. En ese cine de la calle Centelles, abundaba especialmente una jauría de pedófilos y pondría la mano en el fuego, sin quemarme: todo el mundo era consciente. Sin embargo, no eran perseguidos, para eso nadie llamaba a la policía.

Con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, resulta curioso pensar cómo tanta gente prefería y exigía no ser molestada durante una de las pocas veces en que podían evadirse de sus tristes vidas. Podrían habernos defendido; sin embargo, nos insultaron y nos echaron a la calle.

Después de tantos años, me quedo con la tranquilidad que dan los muchos pasos que ha avanzado la sociedad. Por un lado, porque la homosexualidad se va normalizando como una alternativa más en las relaciones de pareja y, hoy en día, tildar de “maricón” a alguien es totalmente inapropiado. Y, por otro lado, porque, aunque aquí siga habiendo de eso, afortunadamente, cada vez hay más agujas y están mejor afiladas.»

Lo repasé varias veces y, finalmente, se lo mandé a mi tío. Al cabo de un buen rato me dio su conformidad. Pero yo le volví a escribir:

Tío, ¿puedo publicar este relato? Con tu firma, si me das permiso, claro. Ya me dices.

 

© Vicente Ruiz y su tío (sobre todo, su tío), 2017, 2019

1 comentario en “La aguja

  1. Sí, hemos avanzado mucho, pero, por desgracia, hay muchas ocasiones en la vida en la que actuamos del mismo modo. No vemos a los que piden en la calle, si alguien necesita ayuda (se ha caído, se le ha roto la bolsa de la compra, lo que sea), pasa mucha gente por delante antes de que alguien se detenga (y entonces sí, otros se paran a ayudar también)

    Somos animales grupales, de manada, y hasta que no hay un individuo que da el primer paso, los demás no lo damos. Y si alguien lo ha dado, nos cuesta menos acompañarle.

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