Aprehender

Soy docente. La materia que imparto varía en función de las necesidades de mis alumnos. A veces, es español. En otras ocasiones, es inglés. Las menos, latín. En cualquier caso, trato de facilitar herramientas que permitan a mis alumnos comunicarse mejor, por un lado, y ser conscientes de cómo se comunican, por otro. Mi metodología no es nada vanguardista: les doy la nueva información básica que necesitan y, a la hora de llevarla a la práctica, mediante pistas o preguntas con que puedan relacionar lo nuevo con lo ya visto, procuro que deduzcan cómo se usa esa información y por qué. Cuando trabajamos con unidades pequeñas partiendo de partes teóricas, apenas rechistan. En cambio, si abordamos el todo, siempre surge entre el murmullo de los renegones la misma pregunta: “¿Pero para qué me sirve a mí saber esto?”.

Es una constante, especialmente en secundaria. Y, aunque imagino que el alumno que no logra encontrar un sentido a lo que hace se siente impotente, al profesor, del que se espera que responda a dicha pregunta con argumentos lo bastante convincentes, lo que le desborda es la frustración. Es frustrante como profesional, como persona y como parte de una generación que el día de mañana se verá al amparo de la de ese alumno que no entiende por qué está estudiando lo que está estudiando.

Hay una cita atribuida a Da Vinci que reza: “Sólo se ama lo que se conoce”. Algún día me la tatuaré en la frente. Pero dudo que el adolescente que, en ese momento de su vida, sólo aspira a tener suficiente dinero para los videojuegos, la ropa y el calzado de marca, el monopatín o el botellón, se conforme con esas palabras, sin más. Así que cuando llega el temido momento de enfrentarse a la gran incógnita del estudiante al que le importa un pepino la diferencia que hay entre un complemento directo y un indirecto, paro la clase, escribo en la pizarra esa frase y les pido que me digan qué significa para ellos.

Hoy diré, en cambio, lo que significa para mí.

Vivimos en una era en que tenemos la información que necesitamos metida en el bolsillo a un clic de distancia. La era de las pantallas táctiles, de las redes de comunicación a nivel global, de las plataformas digitales con infinidad de contenidos distintos. En mi apartado de favoritos, hay una página web que me permite situarme en cualquier punto del globo terráqueo y escuchar las emisoras de radio de ese lugar. Es decir, desde mi casa en Valencia, puedo escuchar la misma canción que en ese mismo instante escucha un taxista en Chicago, o una ama de casa en Santiago de Chile o un jubilado en Canberra. Y eso es maravilloso. Internet es una ventana al mundo fabulosa. El problema de internet es que su inmediatez malacostumbra y se ha perdido la paciencia del aprendizaje que se logra con esfuerzo y tiempo. Hay más ventanas, como los libros y los museos, pero huy, qué palo, qué rollo.

Sin embargo, ya no podríamos vivir sin internet, sin las redes sociales, sin los canales de YouTube y sin Google. La cuestión es: ¿por qué nos gusta tanto? Porque nos acerca al resto del mundo. ¿Y por qué es tan importante eso para nosotros? Porque somos parte del mundo. Y el mundo no ha llegado a este punto de manera casual. Conocer el camino que ha llevado al ser humano de empuñar piedras hace dos millones y medio de años, a empuñar smartphones en el siglo XXI hace que comprendamos mejor nuestro presente y a nosotros en él. Pero es un recorrido largo y denso. Por eso se invierten dos décadas de vida en digerirlo compartimentado, sintetizado y dosificado. Podríamos pasar de aprender las diferencias entre el complemento directo y el indirecto, nuestra vida a corto plazo no cambiaría mucho. Pero quizá en el futuro esto llevase a plantear la posibilidad de simplificar aún más y dejar de estudiar la sintaxis. Y esto sí es un problema, porque necesitamos saber que, cuando nos comunicamos, presentamos acciones realizadas por un sujeto, recibidas por uno o más objetos y definidas por los circunstanciales. Y necesitamos saber esto porque nuestro pensamiento y nuestra percepción del mundo dependen del lenguaje y sus estructuras.

Sucede lo mismo con la historia, con la ciencia o con las matemáticas. ¿Para qué sirve saber hacer funciones o logaritmos o la trigonometría? ¿Para qué saber que velocidad es igual al resultado de dividir espacio por tiempo? ¿Por qué me tengo que aprender la Revolución Francesa? Tradicionalmente las respuestas a estas preguntas se pueden resumir en una: para prepararte para el futuro, para que tengas una formación general mínima necesaria para emprender un camino más específico de tu interés. Pero recurrir a eso ya es un error. Porque el futuro es más impredecible que nunca. Apenas quedan negocios duraderos, que incluso pasen de padres a hijos, donde los trabajadores inviertan toda su vida laboral. Esas condiciones sólo se dan en el funcionariado. Para dedicarse a lo mismo toda la vida hay que especializarse cada vez más y no dejar de formarse nunca. Es lo que hacen médicos, abogados, ingenieros, profesores, etc. Así que elijas lo que elijas, te conviene tener esa preparación general, para tener criterio para optar por una vía u otra. Y aún así, dado que la mayoría de la población termina trabajando en otro campo distinto a lo que estudió, todo requiere un esfuerzo que muchos adolescentes, cada vez más, prefieren evitar. Así que, ¿para qué estudiar?

Pues para aprender. Y aprehender todo lo que se pueda de lo aprendido. Quizá debiéramos, desde casa y desde la escuela, desde la más tierna infancia, sembrar la semilla del amor al conocimiento por el puro placer de asimilar cosas nuevas. Todas nos sirven para hacernos, a nosotros y al mundo, mejores. Y quizá por eso mismo, ningún gobierno se dedique demasiado a mejorar un sistema educativo del que salen personas que se han preocupado más por aprobar y que son, en consecuencia, más ignorantes. No todos, claro está, pero sí tantos que preocupa. Porque las oportunidades de que disfrutan ahora para tener una formación íntegra no se han visto nunca antes. Y duele ver el descaro con que muchos renuncian a ellas mientras en otros lugares del mundo los niños crecen con muchas probabilidades de muerte, por inanición, infecciones o virus por falta de vacunas, o por las balas que disparan otros niños a los que, en lugar de cuadernos y lápices, les pusieron en las manos una metralleta.

Es bueno preguntarse por qué hay que estudiar esto o aquello. Lo malo es el tono que, lejos de invitar a la reflexión, connota un lamento: qué injusta es la vida, tener que aprenderme las desinencias de una lengua que lleva muerta siglos… La reflexión, al menos, ayuda a comprender que el latín, o cualquier otra asignatura, sólo tiene como fin el apuntalamiento de nuestro conocimiento. Porque no sólo somos cuerpos físicos que hay que cuidar con una alimentación sana y el ejercicio diario. También somos mentes, racionales y emocionales, que hay que cultivar (del latín colere, que también significa cuidar).

Volver a empuñar piedras no es tan distópico como pudiera parecer. El ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor. Empeñémonos en lo primero y corrijámonos en lo segundo.

Para amar, conocer. Aprehender.

 

© Vicente Ruiz, 2019

2 comentarios en “Aprehender

  1. Mi respuesta a la pregunta está relacionada con la tuya, pero solo en parte.

    Por un lado, estás totalmente en lo cierto cuando hablas de que nos hemos acostumbrado a la satisfacción inmediata, y lo que no nos sirve ahora mismo nos parece que no sirve para nada.

    Pero también el problema está en que vivimos en una sociedad en la que todo ha de tener un rendimiento. Las carreras no se escogen por vocación, sino por su salida laboral. En un mundo así, lo que no ofrece beneficios claros supone una pérdida de tiempo.

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    1. Completamente de acuerdo. A los chavales se les dirige para obtener resultados, o sea, para aprobar. No se puede aprender así.

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