Renuncias y postpósitos de Año Nuevo

Al cabo de algunas horas después de las uvas, los brindis, los matasuegras y los remembers musicales, todo el mundo comienza los listados de sus propósitos de Año Nuevo. Ir al gimnasio, dejar de fumar, probar algo diferente al menos una vez al mes, aprender un idioma, ir a clases de cocina, apuntarse a un club de lectura. Parece que nos tomamos el inicio de año como un reseteo del sistema y, de repente, tenemos que emprender todo aquello a lo que no nos atrevimos antes, porque da igual que en realidad podamos volver a empezar cada día; ninguno es tan simbólico como el 1 de enero.

Y es cierto, para la mayoría de las personas el tiempo es lineal. Hay un claro arranque, una evolución que, generalmente en la vida adulta equivale a desgaste, y un final donde echar los restos y cargar pilas para arrancar otra vez. Da igual los picos, curvas o parábolas que trace esa línea temporal, siempre da la impresión de que la gente llega a los últimos días de diciembre mordiendo el polvo, con menos ganas, con más canas.

Pero el tiempo no es lineal; es cíclico. Nada termina ni empieza en una sola noche y menos en una noche específica del calendario. Y lo que tenga de significativo se lo otorgamos nosotros porque, total, de algún modo habrá que evitar que todos los días sean iguales. ¿O qué, si no?

Pues qué, está claro: las renuncias.

¿Saben cuando llega un día, cualquiera, no significativo, uno rutinario, después del trabajo mismo, o un sábado por la mañana, cuando van a poner la lavadora, en que abren el armario y, justo ese día, solamente pueden ver la ropa que hace años que no llevan? Y entonces deciden coger un barreño, o una bolsa, o cualquier continente apropiado, y llenarlo de todas esas camisas, esos pantalones desgastados que, además, son demasiado grandes, esos jerséis que se pasaron de moda porque están tejidos con ochos y ahora todos los venden lisos, el abrigo que ya no abriga, los calcetines remendados varias veces y el sombrero de la abuela, para qué carajo guardan el sombrero de la abuela si a la abuela ya la llevan entera en el corazón y ahí seguro que no se les va a apolillar.

Pues ése es el único uso útil de ver linealmente el tiempo y celebrar que empieza un nuevo año: renunciar a todo aquello que ya no vale. A los eventos conmemorativos del nosécuantésimo aniversario de la asociación a la que perteneciste diecitantos años y con la que hubo un tan repentino como insospechado olvido entre sus integrantes y tú; a leer los libros que no me entran por la neurona a lo largo de sus primeros cinco capítulos (tres si son largos); a coger la llamada de las personas que sólo os buscan cuando necesitan algo; a decir que sí porque sabe mal decir que no; a decir que no sólo por pura pereza.

Me gustaría renunciar al miedo que me hace sentir la enfermedad que padezco, pero bueno, estoy en ello, es lo único que puedo decir.

Y desde luego, querría renunciar a algunas personas, porque me duelen, inexplicablemente y sin que pueda hacer nada para evitarlo.

Pero esto es lo que viene después de renunciar: aceptar que lo que queda es lo que hay. Hete aquí los postpósitos: lo renunciado y lo aceptado. A mí que no me vengan con milongas sobre volver a empezar. Reconstruir tiene muchísima más fuerza, es mucho más realista y levanta mucho más los ánimos para encarar lo que sea. Renunciar, aceptar y reconstruir. Una y otra vez. Cuando toque. Se acabaron los propósitos. Celebremos los postpósitos.

 

© Vicente Ruiz, 2019

2 comentarios en “Renuncias y postpósitos de Año Nuevo

  1. Miedo me da la asociación de ideas que me ha venido a la mente. Porque si has de renunciar a las camisas viejas que sabes que no te vas a poner nunca, ¿hay que renunciar a esos sueños que ya sabes (aunque lo niegues) que necesitan un milagro para cumplirse?

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    1. A lo irrealizable hay que renunciar más que a ninguna otra cosa. Es absurdo empecinarse en algo con mínimas probabilidades de cumplirse. Quita energía e ilusión para otras cosas. Pero es mi opinión.

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