Enero

Ese mes. Ese mes que parece no acabar nunca. Eterno se tendría que llamar. «—¿Cuándo es tu cumpleaños? —El 29 de eterno».  Porque parece mentira, ¿eh? Dan la duodécima campanada (que no la doceava, qué manía, todo el mundo diciéndolo mal: si fuese la doceava campanada diríamos que la campanada estaría dividida en doce partes, y no, puñetas, el ordinal correspondiente al cardinal doce es duodécima o décimo segunda, mira que cuesta poquito hablar bien); dan la duodécima campanada, decía, y nos asomamos a un año nuevo lleno de esperanza, ilusión, buenrollismo, alborozo y deseos de que todo nos vaya mejor, seamos más felices y disfrutemos al máximo de la vida y del mundo y de todos sus seres, y que la paz llegue a todos los rincones del planeta y deje de existir el hambre y la pobreza y las enfermedades y la corrupción y el narcotráfico y…

Y entonces te despiertas el día 1 de enero, perdón, el día 1 de eterno, jodida, resacosa, con agujetas en partes del cuerpo que ni siquiera sabías que existían (¿qué tenemos debajo de los omoplatos? ¿y por qué me duele ahí?), deseando matar a toda la familia para que no vengan a comer a casa. Total, que empezamos el año a lo grande.

Es curioso porque su antecesor en el cargo, diciembre, lo veo un mes entrañable. Sí, me cae bien. Que si las lucecitas navideñas en las calles, que si las alfombras rojas a las entradas de las boutiques, que si los hilos musicales llenos de villancicos, que si la campaña cinematográfica con mucho de animación, efectos especiales y pelis divertidas, que si los turrones, los moscateles, las gentes queridas, los brindis, los regalitos, las risas… Ay, que sí, que me produce ternura diciembre.

Pero luego llega enero. Perdón, eterno. El mes de las subidas de impuestos. El de la cuesta, que dicen, nos ha jodido, ¿qué cuesta? La cuesta forma un ángulo recto con el suelo. No es una cuesta, es una pared. Que luego, una vez superada, sólo dan ganas de tirarse.

Otro aliciente de este mes: los exámenes. Qué bonitos son, qué de experiencias, cómo se aprende y la de gente que conoces en la biblioteca. Vamos, existiendo épocas de exámenes en la vida, ¿quién quiere un verano con sus mojitos en una terraza a la orilla del mar?

Enero. Perdón, eterno, el mes de… Oh, sí, se me olvidaba, mi parte favorita: EL INVIERNO. Esas olas de frío siberiano combinadas con las rachas de viento de poniente. Que igual estamos a 23º a mediodía y en cuatro horas hace una rasca que el mercurio baja a 7º con sensación térmica de 4º (lo que mi cuerpo traduce en -15º, voy a morir congelada, en 2.000 años me expondrán en un museo junto al mamut del Pleistoceno). Y hala, a sacar gorros y guantes y bufandas, ¡qué bonito es el invierno! Esta humedad que se cala en la profundidad ósea de nuestro esqueleto, las calefacciones a todo gas, esas coladas escampadas por las sillas y el sofá del salón para que se sequen de una vez, unas fantásticas facturas de la luz de tres cifras de tanto consumo, ¡qué-bo-ni-to-es-el-in-vier-no! PRECIOSO.

Enero. Perdón, eterno. Ese mes que parece no tener fin. Menos mal que ya te has terminado y no vuelves hasta dentro de once meses, maldito cabrón.

© Vicente Ruiz, 2011, 2019

Renuncias y postpósitos de Año Nuevo

Al cabo de algunas horas después de las uvas, los brindis, los matasuegras y los remembers musicales, todo el mundo comienza los listados de sus propósitos de Año Nuevo. Ir al gimnasio, dejar de fumar, probar algo diferente al menos una vez al mes, aprender un idioma, ir a clases de cocina, apuntarse a un club de lectura. Parece que nos tomamos el inicio de año como un reseteo del sistema y, de repente, tenemos que emprender todo aquello a lo que no nos atrevimos antes, porque da igual que en realidad podamos volver a empezar cada día; ninguno es tan simbólico como el 1 de enero.

Y es cierto, para la mayoría de las personas el tiempo es lineal. Hay un claro arranque, una evolución que, generalmente en la vida adulta equivale a desgaste, y un final donde echar los restos y cargar pilas para arrancar otra vez. Da igual los picos, curvas o parábolas que trace esa línea temporal, siempre da la impresión de que la gente llega a los últimos días de diciembre mordiendo el polvo, con menos ganas, con más canas.

Pero el tiempo no es lineal; es cíclico. Nada termina ni empieza en una sola noche y menos en una noche específica del calendario. Y lo que tenga de significativo se lo otorgamos nosotros porque, total, de algún modo habrá que evitar que todos los días sean iguales. ¿O qué, si no?

Pues qué, está claro: las renuncias.

¿Saben cuando llega un día, cualquiera, no significativo, uno rutinario, después del trabajo mismo, o un sábado por la mañana, cuando van a poner la lavadora, en que abren el armario y, justo ese día, solamente pueden ver la ropa que hace años que no llevan? Y entonces deciden coger un barreño, o una bolsa, o cualquier continente apropiado, y llenarlo de todas esas camisas, esos pantalones desgastados que, además, son demasiado grandes, esos jerséis que se pasaron de moda porque están tejidos con ochos y ahora todos los venden lisos, el abrigo que ya no abriga, los calcetines remendados varias veces y el sombrero de la abuela, para qué carajo guardan el sombrero de la abuela si a la abuela ya la llevan entera en el corazón y ahí seguro que no se les va a apolillar.

Pues ése es el único uso útil de ver linealmente el tiempo y celebrar que empieza un nuevo año: renunciar a todo aquello que ya no vale. A los eventos conmemorativos del nosécuantésimo aniversario de la asociación a la que perteneciste diecitantos años y con la que hubo un tan repentino como insospechado olvido entre sus integrantes y tú; a leer los libros que no me entran por la neurona a lo largo de sus primeros cinco capítulos (tres si son largos); a coger la llamada de las personas que sólo os buscan cuando necesitan algo; a decir que sí porque sabe mal decir que no; a decir que no sólo por pura pereza.

Me gustaría renunciar al miedo que me hace sentir la enfermedad que padezco, pero bueno, estoy en ello, es lo único que puedo decir.

Y desde luego, querría renunciar a algunas personas, porque me duelen, inexplicablemente y sin que pueda hacer nada para evitarlo.

Pero esto es lo que viene después de renunciar: aceptar que lo que queda es lo que hay. Hete aquí los postpósitos: lo renunciado y lo aceptado. A mí que no me vengan con milongas sobre volver a empezar. Reconstruir tiene muchísima más fuerza, es mucho más realista y levanta mucho más los ánimos para encarar lo que sea. Renunciar, aceptar y reconstruir. Una y otra vez. Cuando toque. Se acabaron los propósitos. Celebremos los postpósitos.

© Vicente Ruiz, 2019