Cuento de Nochevieja

Nació justamente a las doce y un segundo de la noche del uno de enero, entre la algarabía y la parranda de esa noche. Jamás pensó que su llegada al mundo fuera a ser motivo de festejos interminables, pero es que había sido muy deseado y todos veían en él un motivo para la esperanza.

El invierno pasó lento, arropado junto al fuego de una chimenea, viendo caer la nieve a través de la ventana, escuchando el canto del viento entre las hojas perennes de los ficus. Más tarde aprendería a caminar, a saborear, a descubrir y a disfrutar de ese mismo invierno, desde sus amaneceres grises hasta la caída prematura del sol tras las cumbres nevadas, momento en que un chocolate caliente siempre resulta reconfortante.

La primavera gozó de buena salud. Con lluvias que regaran los arrozales y sol que ayudara a crecer a los olivos. Su infancia cobraba plenitud en el mes de mayo, con el florecimiento de los claveles y el azahar. Los juegos en la calle, al pañuelo, al escondite, las carreras en bicicleta, las heridas en las rodillas y los arañazos en las piernas por saltar entre los setos de los jardines pasarían a ser un recuerdo imborrable en el que refugiarse cuando le invadiera la nostalgia y necesitara recordar que una vez fue niño.

En verano se inició la transición frágil y llena de dudas de aquel que ignoraba lo que le deparaba el futuro, sin caer en la cuenta de que el futuro se construye a base de unir un hoy con otro hoy. El aroma a salitre le invitó a muchas mañanas de bronceado, tardes de paseos tomándole la mano a la chica más guapa y bailes a la orilla del mar bajo la luz de la luna. El sabor de la leche merengada le llevaba a su infancia, mientras que los primeros sorbos de la sangría fresca marcarían los compases de noches sin fin en las fiestas del pueblo.

Con el otoño alcanzó la madurez. Nuevos proyectos que arrancar en un curso cargado de ilusión. Atrás quedaban las zapatillas agujereadas de tanto patear el balón en primavera; el intento de ahogar la resaca zambulléndose en el mar los domingos al amanecer; las novias y los amigos, que ahora también abrían puertas distintas a la suya. La rutina del trabajo, la disciplina del estudio, el cuidado, el tesón, el esfuerzo, el sacrificio aparecían en la vida como tareas necesarias para la autorrealización y el alcance de objetivos. Y así su vida se fue asentando, entre mañanas de dejarse crecer la barba, tardes de café aderezadas de conversaciones, de reflexiones en voz alta, de declaraciones de intenciones perennes, como aquellas hojas que bailaban con el viento en su niñez.

En diciembre iba a ser padre. Y descubrió que la vida pasa demasiado rápido. Hacía tan poco que era un niño gateando hacia su cochecito de juguete, un crío nervioso saltando tapias para robar naranjas, un joven guapo sonriéndole a la chica que llevaba a pasear en su barca; hacía tan poco de eso, que le resultaba duro contemplar la ausencia de pelo en la coronilla, la barba canosa, las arrugas en los ojos, los callos en sus manos o la curva de la espalda, en otros tiempos totalmente enderezada.

El día veinticuatro se encontró mal. Iba a ser padre pronto, pero él no lo vería. Lo supo entonces, de repente. Las fiestas navideñas comenzaban siendo plenamente consciente de su destino. Le quedaba una semana para despedirse del mundo. Y necesitó hacerlo a lo grande. Y cenó y comió con la familia, se fue al cine y al teatro con sus hermanos, les abrió los brazos a los amigos que fueron a visitarlo, y cuidó de que los días fueran pasando con paz y alegría, con los mismos festejos que tuvo él cuando nació. Porque su hijo merecía las mismas ovaciones, o más incluso, su hijo mejoraría el mundo.

La noche del treinta y uno se dejó llevar. Porque sabía que su hijo no viviría hasta que él no muriese. Porque la ley de la naturaleza es implacable. Porque sólo son perennes las hojas de los ficus. Porque vaya si la vida es corta, sólo dura doce meses.

Y así, pensando en aquella frase que una vez le oyó a una amiga, que bien acaba lo que bien empieza y no al revés, con la primera campanada cerró los ojos… y con la última, nació el 2019.

 

Feliz Año Nuevo.

 

© Vicente Ruiz, 2009 (revisado en 2018)

1 comentario en “Cuento de Nochevieja

  1. Feliz año

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