París (7): Fin del viaje

Desde que salí en la parada de metro de Odéon, anduve conociendo el barrio al mismo tiempo que buscando un lugar barato donde comer. Pero Saint-Germain-des-Prés no es barato. No hay tiendas de souvenirs, ni menús de 15 euros; y en las boutiques, cualquier pieza de ropa presume de precios de tres dígitos. Continuó lloviendo mientras daba vueltas por la Rue de l’Odéon, la Rue de Condé y la Rue des Quatre Vents. Hube de refugiarme un momento en el Marché Saint-Germain hasta que amainó el jarreo y volvió el chirimiri. Regresé a las calles parisinas y finalmente di con un pequeño antro donde preparaban menús de bagels rellenos de diferentes combinaciones aptos para bolsillos de estudiantes. Mientras degustaba tan exquisito manjar (realmente estaba rico), repasaba en el plano, que ya estaba hecho un trapo, lo que la lluvia me había dejado ver del sexto distrito hasta ese momento.

Saint-Germain-des-Prés toma su nombre de la antigua abadía, que se construyó allí en el siglo VI y allí permaneció hasta la Revolución Francesa; su iglesia continúa siendo el epicentro del barrio. Otra iglesia, no menos importante, se erige a, literalmente, cuatro calles de allí: Saint Sulpice, el segundo templo más largo de la ciudad, después de Notre Dame, construido, tal y como se conoce en la actualidad, en la segunda mitad del siglo XVIII. Ambos edificios, completamente distintos uno de otro, tienen alrededor lugares como el Café de la Mairie, Les Deux Magots o el Café de Flore. Al nombre de Saint-Germain-des-Prés van unidos intelectuales como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir o François Truffaut. Y en muchos de sus locales nocturnos tocaron músicos del jazz norteamericano, como Miles Davis o Charlie Parker. De nuevo, me vino a la mente el grupo de amigos de Horacio, que en la Rayuela de Julio Cortázar debatían sobre el existencialismo mientras escuchaban bebop.

Con el bagel ya digiriéndose en mi pancha, me encaminé hacia el colosal Palacio de Luxemburgo. Anduve fotografiando el paraje con toda la calma del mundo, aprovechando la tregua que me brindó la lluvia. La belleza de los jardines me extasió. Recorrí los caminos en torno al estanque central, deleitándome en las diferentes gamas de colores otoñales que lucían los árboles del parque y que brillaban, quizá con más viveza por el agua caída, contrastando con el gris ceniza del cielo.

Salí por la Rue de Fleurus en dirección a la torre de Montparnasse. Pese a las inclemencias climatológicas, el día me estaba cundiendo y, al divisar en lontananza el llamativo rascacielos, plantado allí en medio como una estaca, quise experimentar la sensación de subirme al cielo de París para contemplar las vistas antes de que comenzase a oscurecer. Y es que, aunque es inferior en altura a la torre Eiffel, desde la azotea de la torre de Montparnasse, a casi 60 alturas del suelo, se ve absolutamente todo: el Sacre Coeur, donde había estado por la mañana; las torres de Notre Dame, a cuyos pies la había admirado la tarde anterior; el Arco del Triunfo, el Museo del Louvre y el Ayuntamiento; el Sena y sus cruceros y, por supuesto, la torre Eiffel.

En la Gare de Montparnasse me subí a la línea 13 del metro. Las piernas, ya fatigadas de tanto caminar, me pedían descanso y aún me quedaban sitios por conocer. Uno de esos lugares se encontraba junto a la salida de Varenne: la Dôme des Invalides, el impresionante mausoleo donde reposan los restos de Napoleón. Tuve que contentarme sólo con verla desde fuera, dado que por eventos oficiales se encontraba cerrada al público. Rodeado de jardines, a su vez cercados por un foso, actualmente es sede del Museo Militar.

Desde allí me acerqué a los Campos de Marte. Pese a que eran poco más de las cinco de la tarde, el cielo ya había oscurecido casi al completo y la torre Eiffel se erguía bellamente iluminada al final del parque. Poco se puede decir que no se haya dicho ya de este deslumbrante faro de hierro, que todo visitante busca con la mirada, no sé si para ubicarse o por la necesidad de reafirmar su presente (“¡Que estamos en París!” gritaba una mujer a su madre, mientras se hacían selfies con la torre tras ellas).

En el embarcadero junto al Pont d’Iéna, hice un alto para liarme otro cigarro y fumarlo sumiéndome en los recuerdos de las últimas 48 horas. Había llegado dos noches antes y me marcharía a la mañana siguiente. Me embargó de repente una tristeza inusitada en circunstancias semejantes: siempre da pena que se acabe lo bueno, pero este sentimiento era algo fuera de lo común en mis viajes. París se me había metido dentro de una manera insólita y si no quería irme no era porque no quisiera volver a la rutina, sino porque en mi rutina no entraba esta hermosa ciudad. Me llevaban mis pies hacia Trocadero sin que mis ojos los acompañasen: se me perdía la mirada en las luces reflejadas en el río, la torre Eiffel a mi espalda, el carrusel sobre el embarcadero, la gente yendo, viniendo, parando a sacar fotos. Poco más tarde, los coches se agolpaban en la Place Charles de Gaulle, en los Campos Elíseos o en la Place de la République. Y en medio de todos estaba yo, caminando cada vez más despacio, como si así pudiera ralentizar el tiempo para no tener que regresar.

Al día siguiente, cuando llegué a casa desde el aeropuerto, dejé la maleta sobre la cama y fui directamente a prepararme algo de comer. Encendí la tele por tener algo de compañía. En el informativo de mediodía París era noticia por el centenario del armisticio de la Gran Guerra. A lo largo del reportaje, mientras la voz en off relataba los hechos, aparecieron imágenes de la ciudad, lugares por los que había paseado horas antes. Todo esto me llevó a recordar algo relacionado con la Segunda Guerra Mundial: entre las muchas cosas que había leído antes del viaje, figuraba la historia de cómo Von Choltitz incumplió la orden de Hitler de bombardear los sitios más emblemáticos de París, ya que el chiflado del austríaco, ante la impotencia de no haber podido hacerse con ella, prefería destruirla. Esa misma noche, la Nueve, una compañía de combate compuesta de republicanos españoles bajo mando francés, contribuyó en gran parte a la liberación de la ciudad de la luz.

De vuelta al 2018, mientras terminaba de comer con la tele de fondo, pensé en lo mucho que había cambiado el mundo; en que hay cosas que siguen funcionando mal, algunas de ellas seguramente habrán empeorado y otras parecen haber caído en el saco del olvido. Pero después de todo, al menos en este lado del mundo, hay más de una generación que no sabe lo que es el sonido de los morteros más que por los efectos especiales de las películas. Y con la esperanza que eso me brindaba, alimentada quizá por las bombas que no llegaron a estallar, envueltas por los cantos de la Marsellesa, recordé a Rick diciendo aquello de que siempre nos quedará París. Aunque sólo sea para acordarnos de que en el mundo hay lugares bellos donde sentirnos en paz.

 

© Vicente Ruiz, 2018

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