París (6): Montmartre

Las gotas de lluvia vinieron a mi encuentro cuando salí del metro en Anvers. Era una mañana fría y gris, pero eso no me amilanó. El funicular me dejó a los pies del imponente templo del Sacre Coeur, desde donde las vistas de la ciudad, que todavía andaba quitándose las legañas, se perdían en el horizonte entre la niebla. Cerca de allí, en la Place du Tertre, los pocos pintores que osaban desafiar a la meteorología se cobijaban bajo los árboles, que aún conservaban algunas hojas rebeldes.

El monte de Marte, Montmartre, es eso mismo, un pequeño monte o colina que en tiempos pasados fue tierra de conventos, viñedos y pastos. También lo fue de molinos, algunos de los que, posteriormente, se convirtieron en cabarets y, gracias a eso, siguen en pie a día de hoy, como el Moulin de la Galette o el más famoso, por la archiconocida película, el Moulin Rouge. Ambos dan nombre al Café des Deux Moulins, situado en la Rue Lepic, donde trabajaba el personaje más tierno del cine francés de los últimos tiempos: Amélie. Sin embargo, es el desaparecido Le Chat Noir el que vende la imagen del barrio gracias a la ilustración de Steinlen.

Las calles que rodean el distrito XVIII fueron el hogar de artistas como Toulouse-Lautrec, Picasso, Van Gogh, Modigliani, Renoir, Degas y una lista interminable de bohemios que crearon en Montmartre un ambiente irrepetible a finales del siglo XIX. Aquí no hay grandes bulevares, ni edificios que superen las cuatro alturas, dado que la reforma de Haussmann no llegó hasta este barrio. Pero es precisamente ahí donde reside el encanto, en los adoquines de las vías estrechas, en las pequeñas pastelerías, en las terrazas que no aglutinan más de cuatro mesas y en las casas menudas y tranquilas que recuerdan más a una villa que a una gran ciudad.

El café crème y las crepes con chocolate que desayuné bajo un toldo al amparo del chirimiri me proporcionaron el calor y la energía suficientes para continuar con el paseo. Caminé imaginándome aquellos años en que los grandes impresionistas de la pintura y de la música colorearon la vida de una ciudad que ya había prendido la mecha y que acabaría salpicando de arte al resto de Europa (y del mundo). Al respirar la atmósfera de este lugar, me pareció que dejar volar la creatividad debía resultar más fácil aquí que en cualquier otro sitio, pero no sabría explicar por qué. Tal vez por la sensación de estar en otra París que no tiene nada que ver con la monumentalidad y el señorío que había conocido el día anterior, como si Montmartre fuese una realidad paralela u otra dimensión más terrenal y, al mismo tiempo, más paradisíaca, a pesar de la paradoja. Algo así como lo que se siente cuando se escucha las “Gymnopédies” de Erik Satie, en las que uno viviría sumido en un bucle infinito. Mientras conocía el barrio, sólo pensaba en quedarme; y una vez me fui, en volver.

Dejé atrás al menos una docena de tiendas de souvenirs antes de llegar a la Place Blanche, pero fue aún más llamativa la sucesión interminable de fruterías, chocolaterías, tiendas de marisco (¡con el género en la calle!), floristerías, braserías y demás, agolpándose unos tras otros, como si estuviesen peleándose por un hueco en la calle. Con la sonrisa tonta de quien se ha enamorado, me dirigí hacia la parada del autobús que me acercaría a las Galerías Lafayette. Luego, cruzaría el Sena para conocer Saint-Germain-des-Prés…

 

© Vicente Ruiz, 2018

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