París (4): Quartier Latin

París debe su nombre a los parisios, un pueblo galo que se asentó en la Île de la Cité hasta que llegó Julio César en el año 52 a.C. y fundó la nueva ciudad, Lutecia, en la orilla izquierda del Sena. Así llegó hasta allí la cultura romana, cuya principal vía de transmisión, el latín, continuó en vigencia como lengua común durante la Edad Media, cuando la zona, bautizada ya como Barrio Latino, se convirtió en la sede de las Grandes Escuelas y de la Sorbona, la Universidad de París, y en el hogar de estudiantes y maestros de toda Europa. Quizá por el carácter inconformista y reaccionario natural en los jóvenes que se abren al mundo, el Barrio Latino fue el escenario de movimientos como el de mayo del 68, aunque los hubo antes y después igual de importantes. Pero además de esto, aquí está la mayor concentración de restaurantes y cafés, cines y teatros de arte y ensayo, locales de música en vivo y librerías que se puede encontrar en toda París.

Mientras degustaba el sándwich que me había comprado en el Boulevard Saint-Michel, me adentré por la Rue de la Huchette, donde me recibió la mezcla de olores procedentes de distintos tipos de cocina, desde las más familiares (francesa e italiana) hasta las más exóticas (hindú o japonesa). Entre restaurante y café, entre café y chocolatería, entre chocolatería y cine, entre cine y librería, me salían al paso tiendas de souvenirs acampando en las calles peatonales, con delantales luciendo estampada la torre Eiffel, camisetas con la fachada de Notre Dame o sudaderas universitarias.

A la vuelta de la Rue du Petit Pont estaba la pequeña Atenas; en la siguiente esquina, la iglesia de Saint-Severin se alzaba, como todo en París, solemne; enfrente, en la Rue Galande, otra iglesia, más pequeña, Saint-Julien-le-Pauvre, me saludaba de refilón. Junto a ella, dos nombres propios: Issac de Laffemas, poeta y dramaturgo, cuya casa sigue en pie desde 1639 allí mismo; y René Viviani, primer ministro francés en tiempos de la Primera Guerra Mundial, al que dedicaron el parque que lleva hasta el Quai de Montebello. Por allí cerca, en la Rue de la Bûcherie, la famosa librería Shakespeare & Co se hallaba en estado de overbooking de clientes.

Mientras caminaba por la Rue de Saint-Jacques hacia el cruce con la Rue Soufflot, recordé el capítulo de Rayuela en que Horacio Oliveira acompañaba a una pianista fracasada por aquellas mismas aceras en una noche de lluvia. Antes que Julio Cortázar, otros escritores foráneos recalaron en París: Ezra Pound, Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald o George Orwell, por ejemplo. Casi nada. Pensando en esto fui a toparme con el Panteón, que dejé atrás por la Rue Clovis, precisamente en busca del apartamento de otra pluma de primera división: James Joyce.

Cerca estaban las Arenas de Lutecia, anfiteatro romano del siglo I que dejaba constancia del origen del barrio; pero dadas las horas y el hambre, decidí volver sobre mis pasos para sentarme en una de las terrazas de la Rue Saint-Severin. El Barrio Latino también se caracteriza por disponer de los restaurantes con menús más asequibles de la ciudad. Y con el frío del otoño parisino y la caminata, la sopa de cebolla sonaba muy bien para comenzar a reponer fuerzas…

 

© Vicente Ruiz, 2018

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