París (1): Le Marais

La marisma. A medida que recorría el Boulevard Beaumarchais, mientras el cielo clareaba y París entera se desperezaba, se me hacía más y más difícil imaginar que aquella zona fuera en algún momento del pasado un pantano. Los edificios se alzaban a mi paso majestuosos y monumentales. ¿Cómo podían estar cimentados sobre una zona húmeda?

Por lo visto, este territorio se desecó y se destinó al cultivo hasta que se instaló en él la nobleza (que una vez encendida la mecha revolucionaria tuvo que salir de allí). Sus edificaciones, como casi todas en los distritos centrales de París, presentan unas características comunes que responden a la reforma que llevó a cabo Haussmann bajo la lupa de Napoleón III. Pero en esa primera mañana de mi viaje, las contemplaba con la admiración que despierta la elegancia del urbanismo parisino, al tiempo que me acercaba al escenario que marcó un antes y un después en la Historia del mundo. En la plaza de la Bastilla, donde se erige desde 1840 la Columna de Julio en conmemoración de la revolución de 1830, inicié mi paseo por Le Marais.

La judería de París me dejó dos improntas sensoriales inesperadas, que sirven como un primer boceto del flechazo que sentí por esta ciudad. Y es que, al avanzar por la Rue Birague, dejando atrás hoteles señoriales y lujosos, con patios interiores cubiertos de enredaderas rojizas, pardas y verdes, tuve una visión que me acompañaría a lo largo de todo el viaje: la amplia y variada gama de colores otoñales con que se visten los árboles en noviembre. Cuando atravesé el pasaje de acceso a la Place des Vosges y me topé con el parque que la adorna, lleno de árboles con copas doradas y el suelo cubierto de hojas secas, noté cómo germinaba el amor por París. El verdadero motivo por el que fui hasta allí era contemplar la maison de Víctor Hugo, cuya obra cumbre, «Los miserables», me marcó cuando la leí hace ya unos años. Pero de rebote, tuve el regalo de llevarme en la retina varias imágenes de aquel parque enmarcado en un cuadrado perfecto, rodeado de casas construidas de ladrillo rojo y coronadas con tejados de pizarra.

Lo segundo que me enamoró de Le Marais y, por extensión, de París fue el olor. El aroma a croissants, brioches y macarons me siguió a lo largo de la Rue des Francs Bourgeois, se adentró conmigo en el parque de Georges Cain, en la Rue Payenne, y ya no me soltó fuera adonde fuere, porque lo más fácil en París es toparte con una boulangeriepâtisserie en un chaflán, anunciada con una fachada colorida, en tipografías clásicas, y rematada por un toldo con marquesina, por si no bastase el reclamo de la fragancia dulce de los pasteles que, desde el escaparate, te activan las glándulas salivales.

En Le Marais hay tres museos interesantes que ver: el Carnavalet, dedicado a la historia de la ciudad (entrada gratuita); el Cognac-Jay, cuya colección se centra especialmente en el siglo XVIII francés (entrada gratuita); y el Picasso, que contiene obras del pintor malagueño de todas las épocas y técnicas (el precio, según su web, es de 12,50€). Además, en Le Marais también se encuentra el Museo Kwok-On, especializado en el teatro oriental. Sólo en este barrio se concentra un buen pedazo del Arte y la Historia que descansa en París, aparte de los hoteles que son verdaderas joyas arquitectónicas.

En la esquina de la Rue Vielle du Temple con Trésor, en la terraza de Les Philosophes, cuyas sillas, como en todas las terrazas parisinas, apuntan hacia la calle, me tomé un café con una napolitana para desayunar. En París, hasta el café de máquina de autoservicio está rico. Y en la fría mañana de noviembre, aquella taza caliente me supo a gloria. Después, crucé la Rue de la Verrerie hacia Rivoli camino del Ayuntamiento…

(Segunda parte, aquí).

© Vicente Ruiz, 2018

Antiamor

Lo primero que me gustó de él fueron sus manos. Tenía las manos grandes. Palmas anchas, falanges largas y fuertes, uñas blancas en contraste con la piel morena. Unas manos en las que cualquier objeto corriente se volvía diminuto: un tenedor, un cigarrillo, un bolígrafo, cualquier cosa menguaba entre sus dedos y volvía a su tamaño normal entre los míos. Sus manos me atraparon desde el primer instante. Luego ya me fijé en el verde aceitunado de su mirada, brillante y profunda, bordeada por un bosque espeso de pestañas negras y rizadas. Cuando me quedé hechizada por la luz que desprendían aquellos ojos, me pregunté cómo podía haberme fijado primero en sus manos. Pero luego bajé la mirada y volví a encontrarlas, posadas sobre la mesa, cubiertas del polvillo que había salido despedido al lijar la madera, sin lograr ocultar el relieve de las venas, dilatadas por el calor y el esfuerzo.

Lo tercero fue su voz, que no era grave ni falta que hacía. Era envolvente y suave, delicado con su acento y respetuoso con los silencios. Sentía su voz como un roce, pero no en la piel, sino dentro de mí. Como su mirada. Como sus manos. Sus manos grandes, con palmas anchas, dedos largos y fuertes y uñas blancas, me desnudaron aquella misma noche. Y siguieron haciéndolo durante muchos meses. Me quitaban la ropa y volvían a vestirme, pero con caricias cálidas, serenas y pausadas. Sus manos grandes se adaptaban a mis rincones, a mis pliegues, a mis planicies, a mis curvas, y yo me derretía en ellas, como el hielo o el chocolate cuando lo guardas en el puño, me fundía sin poder evitarlo. Me recorrían por fuera, pero me acariciaban por dentro.

Tardé en darme cuenta de que yo, como el tenedor, el cigarrillo y el bolígrafo, también me volvía diminuta entre sus dedos. Tardé mucho en parar de escuchar la música de su voz, porque no era música, era un mantra hipnotizador. Tardé tanto en ver que sus ojos no eran luceros, eran haces, resplandores que me cegaban por completo. Tardé demasiado. Y entre sus manos grandes, con palmas anchas, dedos largos y fuertes y uñas blancas, que aun en la agresión eran dulces (¿cómo podía ser?), fui menos que el tenedor, el cigarrillo o el bolígrafo, porque ellos no dejaron de ser y yo sí, poco a poco, hasta que ya no sentí más el aire en mi garganta.

© Vicente Ruiz, 2018