París (2): Les Halles

El sonido de las gaviotas, volando de tejado en tejado, y el aire repentino con que me azotaba el paso rápido de los niños sobre los patinetes, camino de sus colegios, me acompañaron hasta el Hôtel de Ville, el ayuntamiento, que, tras el incendio provocado en tiempos de la Comuna de París, fue reconstruido en la segunda mitad del siglo XIX a modo y semejanza de casi todo en esta ciudad: palaciego, majestuoso. Descomunal.

Desde la Rue du Renard, decidí acercarme al barrio de Les Halles adentrándome primero por la Place Georges Pompidou, donde el arte moderno descansa entre el Centro Pompidou, la fuente Igor Stravinski y un graffitti de Dalí pidiendo silencio, todo ello junto a la gótica iglesia de Saint Merri, la pequeña Notre Dame. A aquellas horas los camiones descargaban mercancías junto a los cafés del barrio y los grupos de escolares organizaban sus filas para entrar al centro de arte. Las mañanas laborables son iguales en todas las ciudades, pensé recordando los amaneceres valencianos en la calle don Juan de Austria o en la plaza de la Virgen.

Callejeaba cruzando el Boulevard de Sébastopol, la Rue de Saint-Denis, hasta salir a Les Halles, procurando grabarme en la memoria sensorial cuanto veía, olía y sentía. Miraba de reojo mi reflejo en los escaparates de las boutiques, mientras aplacaba las ganas de volver a sentarme en otro café, tratando de ignorar el hipnotizante aroma de la bollería francesa que salía a la calle para engatusar a los viandantes. Atravesé la Place Joachim du Bellay, donde la Fuente de los Inocentes se alzaba seca de agua (como casi todas las fuentes que me fui encontrando al paso aquellos días), y salí de nuevo a Rivoli, congestionado debido a la hora punta, a la ubicación céntrica de la vía y a las obras que se estaban llevando a cabo en ella; y crucé en busca del río Sena y del Pont Neuf.

La mañana era fría, pero clara. Apenas unas nubes casi transparentes decoraban el cielo, cada vez más celeste a medida que el sol subía y el amanecer quedaba atrás. Me detuve todo el tiempo que quise y necesité antes de atravesar el puente. Por allí pasaba siglos atrás Enrique IV, le bon roi, hacia su picadero particular para encontrarse con la amante de turno, consciente de que todo el mundo, incluida su esposa, sabía de sus adulterios. Aquel buen rey, que se ganó dicho adjetivo por hacer que hubiera un pollo en las ollas de todos los campesinos todos los domingos, también dio origen al concepto de viejo verde, al ser éste el color con que solía vestir cuando cruzaba el puente, rumbo a la casita que había donde hoy se levanta una estatua ecuestre en su honor, en el Parc du Vert-Galant.

Allí, en la proa de la Île de la Cité, en la proa, digo, porque la isla parece un barco varado a orillas del Sena junto a la fuente de Saint Michel, también seca; allí, decía, opté por adentrarme hacia la Place Dauphine. Pero antes de eso me tomé un tiempo; un tiempo para reposar el desayuno, las escenas de la vida parisina que había visto en Le Marais, en Les Halles y en la Rue Rivoli. Miraba al cielo y al mismo tiempo la superficie del río, sobre la que ya paseaban los cruceros, llenos de turistas, que transitaban aquella arteria acuosa que dividía París en dos y que permitía llegar a ella desde otra perspectiva, quizá más rápida, pero para mí menos auténtica. Las ciudades, desde la distancia, sólo se admiran; para conocerlas, hay que caminarlas.

Entre dos manojos de los candados que un día adornaron el Pont des Arts y que ahora formaban ramilletes de pétalos de hierro a lo largo de los petriles y las barandas del Sena, me sonreí pensando que harían falta muchos caminares para que París me admitiera entre sus conocidos. Pero pese a ello, me disponía a presentar mi candidatura. Y sin más, encaminé mis pasos hacia el corazón de la isla…

 

© Vicente Ruiz, 2018

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