Antiamor

Lo primero que me gustó de él fueron sus manos. Tenía las manos grandes. Palmas anchas, falanges largas y fuertes, uñas blancas en contraste con la piel morena. Unas manos en las que cualquier objeto corriente se volvía diminuto: un tenedor, un cigarrillo, un bolígrafo, cualquier cosa menguaba entre sus dedos y volvía a su tamaño normal entre los míos. Sus manos me atraparon desde el primer instante. Luego ya me fijé en el verde aceitunado de su mirada, brillante y profunda, bordeada por un bosque espeso de pestañas negras y rizadas. Cuando me quedé hechizada por la luz que desprendían aquellos ojos, me pregunté cómo podía haberme fijado primero en sus manos. Pero luego bajé la mirada y volví a encontrarlas, posadas sobre la mesa, cubiertas del polvillo que había salido despedido al lijar la madera, sin lograr ocultar el relieve de las venas, dilatadas por el calor y el esfuerzo.

Lo tercero fue su voz, que no era grave ni falta que hacía. Era envolvente y suave, delicado con su acento y respetuoso con los silencios. Sentía su voz como un roce, pero no en la piel, sino dentro de mí. Como su mirada. Como sus manos. Sus manos grandes, con palmas anchas, dedos largos y fuertes y uñas blancas, me desnudaron aquella misma noche. Y siguieron haciéndolo durante muchos meses. Me quitaban la ropa y volvían a vestirme, pero con caricias cálidas, serenas y pausadas. Sus manos grandes se adaptaban a mis rincones, a mis pliegues, a mis planicies, a mis curvas, y yo me derretía en ellas, como el hielo o el chocolate cuando lo guardas en el puño, me fundía sin poder evitarlo. Me recorrían por fuera, pero me acariciaban por dentro.

Tardé en darme cuenta de que yo, como el tenedor, el cigarrillo y el bolígrafo, también me volvía diminuta entre sus dedos. Tardé mucho en parar de escuchar la música de su voz, porque no era música, era un mantra hipnotizador. Tardé tanto en ver que sus ojos no eran luceros, eran haces, resplandores que me cegaban por completo. Tardé demasiado. Y entre sus manos grandes, con palmas anchas, dedos largos y fuertes y uñas blancas, que aun en la agresión eran dulces (¿cómo podía ser?), fui menos que el tenedor, el cigarrillo o el bolígrafo, porque ellos no dejaron de ser y yo sí, poco a poco, hasta que ya no sentí más el aire en mi garganta.

1 comentario en “Antiamor

  1. Al terminar de leer este texto me he sentido inquieto. No sabía por qué hasta que me he dado cuenta.

    Cuando un texto habla de sentimientos, casi siempre soy capaz de comprender lo que siente, piensa o busca el protagonista, ya sea porque alguna vez he tenido esa sensación, o la he visto en los ojos de alguien cercano. Pero esta vez no ha ocurrido así.

    ¿Me hago mayor y los sentimientos empiezan ha parecerme extraños? ¿Estoy perdiendo empatía? ¿Me estoy apagando?

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