Los nacionalismos del puente

Yo no entiendo los nacionalismos. En ese sentido (como en muchos otros) tiro de pragmática: soy una persona valenciana porque nací en Valencia, que es la capital de una provincia que pertenece a la región autonómica de la Comunidad Valenciana/País Valencià/Regne de València, como se le quiera llamar (aunque según el estatuto de autonomía de 1982, la única denominación oficial es la primera). Y soy una persona española porque esa región autonómica está dentro de un país denominado España.

Podríamos hacer un paralelismo que comprenderá todo el mundo con esa situación que muchas veces se da dentro de la propia familia: “Yo en mi casa soy Pepe, pero fuera de mi casa soy José”. Pues un poco lo mismo: cuando estoy fuera de Valencia, soy una persona valenciana; pero cuando estoy fuera de España, soy una persona española. Porque, al fin y al cabo, soy la misma persona en ambos casos y sólo se trata de explicar con una palabra mi procedencia. Y punto profundo.

Ahora bien, podréis decirme que los nacionalismos no hablan sobre lo que uno es, sino sobre lo que uno se siente. De acuerdo. Cuando uno se siente valenciano o español, siente dentro de sí el peso de la historia de su patria, chica o grande, y el apego hacia esa misma historia, sus tradiciones, su lengua, su gastronomía, sus paisajes, sus acentos, su música…

Yo siento ese apego. Conozco la historia de mi patria chica y de mi patria grande. Pero no me siento responsable de lo que otras personas, en siglos o en décadas pasadas, hicieron o dejaron de hacer, francamente.

Que un señor con un casco en forma de dragón entrase el 9 de octubre de 1238 en Valencia convirtiéndola en Reino con autogobierno propio, anexo a la Corona de Aragón, con sus propios Fueros y demás, a mí no me hace sentir una persona más valenciana.

Que otro señor, en 1707, se cargase todo lo que hacía a los territorios de la Corona de Aragón diferentes de los de Castilla, no me hace sentir una persona menos española.

Como tampoco me hace sentir una persona más española que otro señor, en 1492, por puñetera casualidad, descubriese a Occidente un continente entero.

De hecho, ahora que lo pienso, realmente no me siento persona valenciana ni española: soy persona valenciana y española. Y quizá sea por eso mismo que si me siento de algún modo es en casa, tanto cuando recorro los territorios de mi autonomía, como cuando viajo por todo lo que hay entre Galicia, Andalucía, Canarias y Baleares.

La historia, bajo mi punto de vista, está para estudiarla bien, aprender de ella y procurar no repetir las barbaridades que se han producido a lo largo de ella. Pero no, las barbaridades se repiten, en mayor o menor grado, con mayor o menor similitud, por una cuestión muy simple: no hay perdón. No se pasa ni una. Y así, atascados en la historia de cosas que ya han pasado y que ya no tienen remedio, es imposible avanzar hacia delante, que es hacia donde debería irse.

Celebramos demasiado las cosas pasadas. Celebramos las cosas presentes sólo si se sustentan en las pasadas. El pasado tiene demasiada importancia y debe tener la importancia justa (para evitar malentendidos: “justa” no significa “poca”). Pero no interesa: es mucho más divertido seguir imponiendo divisiones a golpe de rencillas, venganzas y rencores con el argumento de lo que pasó hace 40, 70, 300, 500 u 800 años, protagonizado por otras personas que no fuimos nosotros. Es absurdo.

Los nacionalistas, sean valencianos, catalanes, vascos, gallegos o españoles, me da igual, yo creo que lo son porque lo que se sienten es amenazados por los demás. Cuando uno se siente amenazado, está siempre a la defensiva. Y cuando uno está siempre a la defensiva, es imposible que sea feliz.

Eso es lo que yo percibo. Respeto todas las posturas. No creo que la mía sea mejor que ninguna. Para mí es la más práctica, pero mucha gente no estará de acuerdo. También eso lo respeto, faltaría más.

Sólo quería decir que no todo el mundo está en un bando o en otro. Que no todo el mundo celebra las diadas o las fiestas nacionales, aunque lo hiciese años ha, porque ha pasado por su propio aprendizaje y ha sacado sus propias conclusiones: que las fechas, por sí mismas, no significan nada.

Así que, con vuestro permiso, yo hoy celebro lo que he celebrado siempre, que sí significa mucho: el santo de mi santa madre. Y extiendo las celebraciones y felicitaciones al resto de Pilares del mundo.

 

© Vicente Ruiz, 2014

 

Como veréis, el texto tiene ya unos años. El independentismo catalán cogía fuerza entonces, aunque todavía estábamos lejos del famoso 1 de octubre que provocó la exposición masiva de banderas de los diferentes nacionalismos en los balcones del ala mediterránea. A un pelo estuve de colgar en el mío la olímpica, que es la única insignia que transmite algo en lo que siempre he creído: la unión de los pueblos, cada uno con su color, en paz. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close