Maruchi

Maruchi entraba cada mañana en el aula con el ímpetu y el calor de una ráfaga de viento de poniente, porque parecía pretender ser fría y lejana, pero probablemente eso era lo único que no le salía bien en el ejercicio de su profesión. Subía a la tarima y nos espetaba un “¡Buenos días, impresentables! ¡Que sois todos unos impresentables!”, saliéndole la sonrisa por la pequeña verruga que le adornaba la comisura de la boca, echando al traste el supuesto espíritu de ogro con que quería dominarnos. Era directa y clara, pero en su manera cristalina de mirarnos a los ojos no había ni pizca de altanería, todo lo contrario, te arropaba la simpatía y el cariño que toda buena maestra profesa a sus alumnos.

Maruchi tenía un trocito de cielo en los ojos, empequeñecidos por los cristales de las gafas, pero brillantes y luminosos todo el tiempo. En los tres años que formó parte de mi vida siempre lució la misma dorada melena, cortada a la misma altura, peinada hacia el mismo lado. Combinaba las faldas y las camisas con una chaqueta a juego que siempre se echaba sobre los hombros como si fuera una capa. Y entraba y salía de las aulas, de la sala de profesores, de la biblioteca, del colegio, abrazada a sus carpetas y a sus libros.

Maruchi me ayudó a detectar la información relevante en un texto, a hacer esquemas y resúmenes. Me enseñó que estudiar es un ejercicio en el que hay que invertir tiempo y delicadeza, como un buen bordado, donde es tan importante la concentración como el mimo. Me transmitió conocimientos que me han acompañado toda la vida, lo que dice mucho de lo eficiente de su docencia. Y sembró en mí el amor por la lengua y la música, las dos disciplinas que me impartió y a las que terminé dedicándome.

Maruchi marcó a muchas generaciones de estudiantes. Me he encontrado por el camino a alguna que otra persona que estudió en el mismo colegio y a la que le han brillado los ojos al nombrarla: “¡Maruchi! ¡Claro que me acuerdo! ¡Si hice la carrera de Historia por ella!”. Porque Maruchi era de la rama de las Humanidades y cada curso enseñaba una cosa, pero todo con el mismo éxito. Somos muchos los impresentables que servimos como botón de muestra.

Me he enterado hace un rato de que hoy es el día de los docentes. Como parte del gremio, tenía que celebrarlo de algún modo. La búsqueda del origen nunca es mala idea. Y en el inicio de mi profesión, que consiste sobre todo en no dejar nunca de continuar leyendo, estudiando y aprendiendo antes de enseñar, la primera figura relevante que asoma en mi memoria es Maruchi.

A ella y a todas aquellas personas que se levantan cada día para cruzar el umbral de un aula y abrirles la puerta del conocimiento a las nuevas generaciones, gracias por vuestro trabajo. Y feliz día.

1 comentario en “Maruchi

  1. Nunc est bibendum

    Por Maruchi

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