Rosa de otoño

Nació en San Juan, esa ciudad chiquita al pie de los Andes, cuyas aceras visten bloques de piedra, quebrados por los terremotos y barridos por el Zonda en las mañanas de invierno; pero creció en Mendoza, tierra bañada en vid, lo que, ya adentrada en sus años mozos, le hizo aferrarse con absoluta fidelidad al dicho que todo mendocino le espeta al visitante: «Y si usted vino a Mendoza y no bebió vino, ¿a qué vino?».

Nunca conoció a su padre. Su madre murió siendo demasiado pequeña como para acordarse del timbre de su voz. Así que sólo guardaba unos pocos recuerdos felices de su infancia: las meriendas de la abuela Cecilia, a base de mate y membrillo con nueces; el sonido del pedazo de tiza contra el suelo de cemento cuando dibujaba la rayuela; la risa de Laurita, su prima linda, asomándole entre los rizos que le caían siempre sobre la cara; el canto agrietado del tío Luis, sentado en el patio de la casa y abrazado a su guitarra, pelada y llena de muescas y de cuerdas dadas de sí, desafinadas, entonando con amargura:

Verás que todo es mentira,
verás que nada es amor,
que al mundo nada le importa.
Yira, yira.
Aunque te quiebre la vida,
aunque te muerda un dolor,
no esperes nunca una ayuda,
ni una mano, ni un favor.

A los quince años, con la valija atiborrada más de alimentos que de ropa, subió al colectivo que la llevó hasta Buenos Aires, abandonándose a los sueños de convertirse en bailarina y entregarse a la vida nocturna porteña de tangos y milongas, bebiendo vino y lanzando el humo de los cigarros fumados al aire cargado con la humedad del río de la Plata. Así empezaron los años de entrelazarse las piernas con Marcelo, el muchachito que le sonrió nada más llegar a las calles de la Boca y corrió hasta ella para ayudarle a cargar la valija donde ella le mandase, antes de saber que compartían la misma ilusión.

Los zapatos negros de los dos se deslizaron sobre los adoquines de Caminito y de San Telmo, por los brillantes azulejos marmoleños de los cafés del barrio de Montserrat y en el desgastado parqué de los teatros de la calle Corrientes.

Corrientes, tres cuatro ocho, segundo piso, ascensor.
No hay porteros ni vecinos, adentro cóctel de amor.
Pisito que puso Maple, piano, estera y velador,
un teléfono que contesta, una fonola que llora viejos tangos de mi flor
y un gato de porcelana pa’ que no maúlle el amor.

Hacían cola a la puerta del Tortoni para verlos burlar al aire que los envolvía, como si de un solo cuerpo se tratase, pero con cuatro piernas que se anudaban y se desnudaban entre los roces y los giros, los pasos acariciantes quitándole peso al ritmo marcado del bandoneón. Él pasó de agarrarla con los brazos desnudos, la vieja camisa amarillenta arremangada hasta los codos, a llevarla abrazada entre los trajes hechos a medida, de chaqueta cruzada, con el pañuelo de seda al cuello. Ella empezó teniendo que retirarse las greñas antes de juntarle la cara, con unos calcetines de algodón de colegiala dentro de los viejos zapatos que le venían grandes, porque no eran suyos, sino de la madre de Marcelo; y acabó enfundada en vestidos de terciopelo y tul, con una abertura que arrancaba arriba del muslo, desde donde se perdían las miradas en las piernas cubiertas con medias de rejilla hasta el tobillo adornado con la pulsera de las sandalias.

No les sorprendió el éxito. Sabían cuán atrayente era la magia que desprendían juntos. La pena fue que duró poco, porque todo lo que sube baja y ellos habían subido demasiado rápido. El giro de aquel tango que bailaba el destino ocurrió, literalmente, de la noche a la mañana: esperó a la cena para decirle que estaba embarazada y él reaccionó corriendo a la calle furioso para volver en la madrugada borracho como una cuba. No vio venir el tranvía. En la calle que hacía esquina con su casa se le escapó la vida al cuerpo de Marcelo.

Se pasó llorándolo los meses siguientes mientras las esperanzas le iban como el tango:

Era para mí la vida entera,
como un sol de primavera,
mi esperanza y mi pasión.
Sabía que en el mundo no cabía
toda la humilde alegría
de mi pobre corazón.
Ahora, cuesta abajo en mi rodada
las ilusiones pasadas
yo no las puedo arrancar.
Sueño con el pasado que añoro,
el tiempo viejo que lloro
y que nunca volverá.

En el parto hubo complicaciones serias y después de horas de sufrimiento, el bebito le nació azul. Los médicos lograron revivirlo, aunque Marcelito, que así lo llamó, no había venido al mundo para quedarse mucho en él y se lo llevó una neumonía antes de cumplir los tres años.

Ya no levantó cabeza. Y así le llegó la vejez de repente, apenas rebasada la veintena, sin padres, sin hombre, sin hijo y sin porvenir. Se le encaneció el pelo, se le colgaron de los ojos todas las penas vividas y nunca más nadie volvió a verla sonreír.

Décadas después arrastraba las alpargatas por otro Buenos Aires muy distinto al que la recibió. Agarraba el subte para pedir limosna por los vagones, por los corredores, en las escaleras. En el mercado de San Telmo, los vendedores le decían «la loca» y en Caminito, los dueños de las terrazas la alejaban para que no espantara a los turistas. A veces se quedaba mirando la puerta del Tortoni desde la acera de enfrente con la nostalgia golpeándole en el pecho hasta el dolor.

Barrio, barrio,
que tenés el alma inquieta
de un gorrión sentimental.
Penas ruego,
es todo el barrio malevo
melodía de arrabal.
Viejo, barrio,
perdoná si al evocarte
se me planta un lagrimón,
que al rodar en tu empedrao
es un beso prolongao
que te da mi corazón.

Cabeceaba sentada en el banco de un parque después de haberse bebido una botella de vino mendocino que había comprado con el dinero de cuatro días de limosnas que no gastó en comer, tras haber bailado con el fantasma de Marcelo y de haberle cantado «Por tus ojos negros» a su niñito querido, lamentando que la vida le estuviese durando tanto. Unos jóvenes con cámaras de fotografiar comentaron cerca que Buenos Aires era la París de América. Ella se giró y les gritó, con la lengua hecha un trapo: «Yo nunca estuve en París. ¿Bailan el tango allá?». Los chicos, que se habían asustado, no respondieron. Ella continuó: «Si no bailan el tango allá, París nunca será la Buenos Aires de Europa». Los chicos se fueron sin hacerle mucho caso. Entonces, ella cerró los ojos y se quedó dormida.

A la mañana siguiente, un barrendero la encontró muerta. Era noviembre: primavera en Buenos Aires, otoño en París.

© Vicente Ruiz, 2018

Maruchi

Maruchi entraba cada mañana en el aula con el ímpetu y el calor de una ráfaga de viento de poniente, porque pretendía ser fría y lejana, pero probablemente eso era lo único que no le salía bien en el ejercicio de su profesión. Subía a la tarima y nos espetaba un «¡Buenos días, impresentables! ¡Que sois todos unos impresentables!», saliéndole la sonrisa por la pequeña verruga que le adornaba la comisura de la boca, echando al traste el supuesto espíritu de ogro con que quería dominarnos. Era directa y clara, pero en su manera cristalina de mirarnos a los ojos no había ni pizca de altanería; todo lo contrario, te arropaba la simpatía y el cariño que toda buena maestra profesa a sus alumnos.

Maruchi tenía un trocito de cielo en los ojos, empequeñecidos por los cristales de las gafas, pero brillantes y luminosos todo el tiempo. En los tres años que formó parte de mi vida siempre lució la misma dorada melena, cortada a la misma altura, peinada hacia el mismo lado. Combinaba las faldas y las camisas con una chaqueta a juego que siempre se echaba sobre los hombros como si fuera una capa. Y entraba y salía de las aulas, de la sala de profesores, de la biblioteca, del colegio, abrazada a sus carpetas y a sus libros.

Maruchi me ayudó a detectar la información relevante en un texto, a hacer esquemas y resúmenes. Me enseñó que estudiar es un ejercicio en el que hay que invertir tiempo y delicadeza, como un buen bordado, donde es tan importante la concentración como el mimo. Me transmitió conocimientos que me han acompañado toda la vida, lo que dice mucho de lo eficiente de su docencia. Y sembró en mí el amor por la lengua y la música, las dos disciplinas que me impartió y a las que terminé dedicándome.

Maruchi marcó a muchas generaciones de estudiantes. Me he encontrado por el camino a alguna que otra persona que estudió en el mismo colegio y a la que le han brillado los ojos al nombrarla: «¡Maruchi! ¡Claro que me acuerdo! ¡Si hice la carrera de Historia por ella!». Porque Maruchi era de la rama de las Humanidades y cada curso enseñaba una cosa, pero todo con el mismo éxito. Somos muchos los impresentables que servimos como botón de muestra.

Me he enterado hace un rato de que hoy es el día de los docentes. Como parte del gremio, tenía que celebrarlo de algún modo. La búsqueda del origen nunca es mala idea. Y en el inicio de mi profesión, que consiste sobre todo en no dejar nunca de continuar leyendo, estudiando y aprendiendo antes de enseñar, la primera figura relevante que asoma en mi memoria es Maruchi.

A ella y a todas aquellas personas que se levantan cada día para cruzar el umbral de un aula y abrirles la puerta del conocimiento a las nuevas generaciones, gracias por vuestro trabajo. Y feliz día.

© Vicente Ruiz, 2018