Extracto 3

Junio ha alcanzado sus idus sin que yo me haya enterado, tal vez porque no está siendo caluroso. Ha habido varios días de lluvia que, de algún modo, han calmado mi desasosiego; especialmente los momentos en que, entre el sonido del agua al estrellarse contra las diferentes superficies, llegaba el trino de algún pájaro. “Llueve y un mirlo canta; qué lección de vida”, pensaba.

Siempre me ha gustado que lloviese. Tal vez porque en Valencia no suele hacerlo y la lluvia simboliza una especie de tregua entre tantos días de sol y de sequedad. O porque al pasear, me acompaña el murmullo constante del repiqueteo de las gotas contra la tela del paraguas. Quizás porque me gusta el agua, en general: el agua que sacia la sed; el agua salada del mar; el agua cristalina de los ríos; el agua condensada en la vegetación; el agua congelada de las cumbres; el agua del rocío en las flores; el agua, origen de todo para Tales; el agua, que tanto falta por estas tierras.

Estas noches pasadas, percibía tras el cristal la lluvia incesante en el sonido de los neumáticos de los coches que pasaban por la avenida; en las luces reflejadas sobre el asfalto; en el olor a tierra mojada y aire limpio. Y me acostaba con la música del agua de fondo haciéndole la segunda voz, de vez en cuando, la respiración profunda de la Tula; el dormitorio iluminado con la lámpara de la mesita de noche y el sosiego de este verano, que todavía no termina de asomar, vergonzoso, de puntillas por la puerta, sin querer llamar la atención, silencioso y discreto. He levantado la vista del libro muchas veces para, seguidamente, cerrar los ojos y tomar conciencia de esos momentos de serenidad en que la lluvia era mi amiga, en la calma de la noche, solas ella y yo, acompañándonos en nuestra soledad. Y he vuelto a abrirlos con un gesto risueño, pensando en lo mucho que se disfruta de aquello que se tiene poco y en lo poco que satisface aquello que se tiene mucho.

Ahora luce el sol del ocaso, a punto de ponerse al final de la avenida, donde comienza la autovía que lleva hasta Madrid. Hay alguna que otra nube salpicada en el cielo, durante el día se nota ya el peso del calor, pero a estas horas el aire es fresco y agradable. Estoy sentada en el sofá, recortando las etiquetas a un par de camisetas de tirantes que me compré ayer por la tarde. Pienso en que me estoy quedando sin agua y sin leche, y en que debería hacerme el ánimo de ir a comprar en los próximos días. Y entonces, en medio de la batalla mental que mantengo contra la pereza que me da ir al supermercado, suena el teléfono. Es Victoria.

—Acabo de ver las fotos que me has enviado. ¿Eso fue en la boda de Almu?

—Sí, hija, sí. Hace nueve años —le respondo.

—Claro, los que llevo casada yo también. Madre mía, pues no ha llovido ni nada.

—Un poco —replico, medio ausente.

—¿Qué haces? —me pregunta, consciente de que no estoy para tirar cohetes.

—Nada, he estado tirando papeles y archivando cosas en un par de definitivos que he comprado esta tarde. ¿Y tú? —Intento estar más comunicativa, de verdad que lo intento.

—Pues voy a empezar a prepararles la cena a los dos mocosos que tengo. —Hace una pausa, me conoce tanto—. ¿Estás bien?

—Un poco tocada. Pero bien, sí.

—Mira siempre más allá, Noe. Estos días en que, por lo que sea, todo te duele un poquito más, piensa en el futuro. Podrías mandarme a cagar ahora mismo por sacarme de la manga una frase de autoayuda de tres al cuarto, y lo entendería perfectamente, pero…

—Jamás haría eso —le interrumpo. Si la tuviese delante, me la comía a besos; es la hermana gemela que nunca tuve. —¿Sabes una cosa?

—Dime.

Victoria ha descansado su cuerpo sobre algo: una silla, un taburete, el banco de la cocina. Lo he notado. Pero no importa, sé que lo ha hecho porque quiere escucharme. Si no, me habría cortado, no se habría tomado la molestia de buscar un punto de apoyo.

—Cuando era pequeña y tenía un momento angustioso, no sé, unas pruebas de alergia en el hospital, por ejemplo, eran muy molestas; o cuando se metían conmigo en el cole; o si algo me tenía inquieta o me sentía asustada; cuando era pequeña y pasaba algo así, siempre pensaba: “Esta noche estaré en casa”. —Percibí la sonrisa de Victoria a través del auricular del teléfono—. Me convencía a mí misma de que sólo tenía que esperar a que se hiciese de noche porque entonces ya estaría en casa, al abrigo de mi madre y de mi abuela, con mi pijama y mi cena encima de la mesa o acurrucada bajo las mantas. “Esta noche estaré en casa” era el pensamiento que me daba paz en mis malos momentos siendo niña.

—Es parecido a lo que te he dicho yo. Pensabas en el futuro.

—Sí. Es otra forma de decir que también esto pasará.

—Exacto. —Victoria está pendiente de mí—. Pero tu pensamiento también es válido. Estás en tu casa.

—No, ya no. —Mi voz vuelve a sonar apagada.

—¿Por qué dices eso?

—Porque mi casa era ella.

 

“Dejar de llamarte”, páginas 85-89.

 

© Vicente Ruiz, 2017

1 comentario en “Extracto 3

  1. Me encanta el agua siempre que haga ruido (el agua ha de llamar la atención o se convierte en un simple fluido). Pero no soporto los paraguas. Jamás uso pararrayos

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