Extracto 2

Ahí está la página en blanco. La temida página en blanco, toda pulcra, con el único vestigio de vida electrónica que denota el parpadeo del cursor, solitario, pareciendo decirme que escriba algo ya de una vez, que quiere compañía allí, en medio de aquella blancura tan poco grata para el escritor. Marca el pulso, como mi corazón, apagándose y encendiéndose, como el segundero de un reloj, como los pasos de alguien subiendo una escalera, encendiéndose y apagándose, el cursor expectante de la página en blanco.

Son las dos y media de la madrugada. He releído los cuatro capítulos anteriores unas veinte veces y he escrito media docena de versiones del quinto; que para no haber quinto malo, está costando de parir el bueno. La falta de acierto, de inspiración, de habilidad, de qué sé yo qué es todo lo que me falta para que esto salga fluido y no tan forzado, me frustra, me hace sentir inútil, torpe, carente de todo ingenio, cuando sé que puedo hacerlo mucho mejor. Empieza a crecer en mi interior una fuerza iracunda que me lleva a cerrar el portátil de un golpe, sin que me importe mucho la posibilidad de cargármelo. La Tula, que dormía plácidamente, se ha levantado de un brinco, asustada por el ruido. Cuando ve que no pasa nada, suelta un gemido lastimero. Voy a por un cigarrillo y salgo al balcón.

A este otro balcón no vine tanto de pequeña. Queda en la pared perpendicular de la fachada, así que da a la avenida de medio refilón. No tiene barrotes, es de obra. Me habría gustado hablar con el arquitecto sobre su altura, escasa para cualquier persona cuya estatura exceda el metro veinte. Por eso nunca me ha gustado mucho este balcón, ni asomarme a él, pese a que no tengo vértigo, porque no me da seguridad. Sin embargo, no me apetece caer en los recuerdos que me depara el otro mirador y, apoyada en los ladrillos del muro, fumo mientras miro las pocas estrellas que pueden contemplarse en la ciudad.

Entre el aroma del humo del tabaco me llega otro que viaja por la fresca brisa nocturna y que me recuerda al de las pastillas azules mata-mosquitos que había que colocar en un aparato especial que se enchufaba a la red. Esa fragancia me traslada a más veranos de mi infancia, pero no aquí, en Valencia, sino en Cullera, donde todo en el apartamento de la playa tenía un olor más intenso, incluidas aquellas pastillas azules.

Los viajes veraniegos a Cullera comenzaban con la estampa de mi abuela sentada en el asiento del copiloto del Talbot rojo de mi tío, con tres o cuatro cartones de huevos sobre sus rodillas, como si sólo se vendiesen huevos en Valencia y tuviésemos que llevárnoslos todos. Imborrable era también la imagen de mi tío atando las maletas a la baca del coche, labor que le llevaba un siglo, para asegurarse de que nuestras cosas no saliesen volando a los 70 km/h a que viajábamos por la nacional que llevaba a Gandía. Por el camino, sentada detrás de la señora y dueña de los huevos, yo veía pasar el Saler, la Albufera y un montón de paisajes cubiertos de panojas. Me llega ahora otro aroma: el de las mazorcas tostadas a las brasas en el paseo marítimo de Cullera. Qué maravilla de meriendas nos atizábamos mi prima y yo.

Veo a mi abuela acompañándonos a la playa, pero sin adentrarse en la arena. Nunca quiso acercarse a la orilla, ni bañarse. Le gustaba contemplar el mar en la distancia, sentada en una de las sillas de hierro que había en la terraza, durante horas, perdida en sus pensamientos. Me fijo en ella en cada recuerdo y constato que ha sido un personaje secundario en las escenas familiares, pero con una presencia constante. Los demás han ido y venido, con más o menos protagonismo en cada momento, pero ella está siempre, en la sombra, atenta a todo.

En la playa de San Antonio nos contó mi tío, a mi prima y a mí, que los faros tienen una secuencia lumínica propia con la que los barcos podían identificarlos y, consecuentemente, saber en qué costa se encontraban. De modo que una tarde nos fijamos en el pequeño faro de la Penyeta del Moro y contamos los segundos que transcurría entre un guiño y otro, hasta que dimos con las notas del compás y vimos cómo se repetía sin fin.

También en Cullera me despertaba por las noches. Le daba a la manivela con que se subía la persiana de la terraza, lo justo para que se despegase del suelo unos centímetros y mi cuerpo de niña pudiese pasar, serpenteando, como un agente secreto en una misión imposible, con la adrenalina por las nubes, porque no debía despertar a nadie o me mandarían a la cama de nuevo y sin poder rechistar. Ya en el balcón, sentía repentinamente el frío que traía la brisa marina, cargada de humedad y de salitre. Cogía una de las toallas de la playa, que los mayores tendían allí mismo para que se secaran, y me la echaba por los hombros, como si fuera una toquilla. Y así, con una sensación de abrigo que me daba más tranquilidad y consciente de que mi salida había pasado inadvertida, me sentaba en la misma silla desde la que mi abuela había estado mirando el mar unas horas antes.

La madrugada costera era preciosa. Al titileo de las estrellas que cubrían el cielo se sumaban los luceros centelleantes de los barcos pesqueros que salían a navegar antes del alba. No había noche que no me quedase boquiabierta ante el espectáculo que me brindaba aquel baile de lucecitas en medio de la oscuridad, al son que marcaba el sonido de las olas rompiendo en la orilla. Poco después, el amanecer comenzaba en el cabo de Cullera. A medida que la claridad ganaba terreno, se iban apagando las estrellas y los farolillos de los barcos; y el mar se teñía del color de la plata y las gaviotas comenzaban su vuelo a ras de la arena.

Vuelvo al presente y observo ahora las mismas estrellas que entonces, aunque la escena no es igual de bonita. Distingo Vega, la Osa mayor y la menor. Querría saber más cosas de astronomía de cabeza, pero lo cierto es que soy incapaz de vislumbrar nada más sin la ayuda de la aplicación sobre constelaciones que tengo instalada en el móvil. Aplasto el cigarrillo sobre el cenicero. Concluyo que los balcones tienen un efecto mágico en mí, a juzgar por lo que me va viniendo a la mente en los últimos días. Sacudo la cabeza y vuelvo al dormitorio. Ya no huelo las pastillas azules mata-mosquitos.

 

“Dejar de llamarte”, páginas 44-46.

 

© Vicente Ruiz, 2017

 

 

1 comentario en “Extracto 2

  1. La niña que se sentaba por la noche en la misma silla que usaba su abuela durante el día… ¿se limitaba a admirar el paisaje sumida en sus pensamientos, o trataba de adivinar qué veía y qué pensaba su abuela?

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