Extracto 1

La primera parte de mi vida se desarrolló en las calles de este barrio. En las mañanas de invierno, salía perezosa y somno­lienta, medio escondida entre la capucha del anorak rosa y la bu­fanda de lana blanca, cogida de la mano de mi abuela camino del colegio, siempre con la esperanza de que hubiese pasado alguna catástrofe: un escape de gas, un incendio, una inundación; y que, al llegar, Rosalía, la conserje, nos dijese que ese día no habría clase y que podíamos volver a casa. Por supuesto, ese sueño nunca se cumplió. Y cada mañana arrastraba los pies por las calles, unos pa­sos por detrás de mi abuela, mirando a través de las ventanas de las plantas bajas, que en este barrio son viviendas, a las señoras con rulos en el pelo que, embutidas en sus batas de boatiné, se tomaban el café con leche delante de la tele, al abrigo de la estufa. Me daban envidia, cobijadas en el hogar, al resguardo de un frío húmedo que calaba los huesos y que ha ido menguando con el paso de los años. Ni siquiera el horno de Ricardo, un oasis cálido con aroma a pan, croissants y magdalenas recién cocidos, donde me compraba mi abuela el almuerzo, mitigaba el gélido sopor con el que andaba a cuestas todas las mañanas hasta llegar al colegio.

Los veranos eran muy diferentes, sin embargo. En los pe­queños jardines que separan los edificios, los bancos de madera se llenaban de vecinas que echaban la tarde a la fresca, a la sombra de los árboles, a pesar de los picotazos de los mosquitos que revolo­teaban por allí, atraídos por los arbustos y demás follaje en pleno esplendor estival. Mi abuela era una de esas vecinas. Terminado el curso escolar, a media tarde bajábamos al patio, donde también se sentaban las Amparines y las Teresas; y mientras ellas hablaban de los precios de las cosas en el mercado, de la vecina ausente y de la viuda reciente, sus nietos, Vicente, Samuel y yo, jugábamos en aquel patio que imaginariamente convertíamos en castillo, con sus almenas y su muralla, protagonizando, como si fuésemos tres de los cinco de Enid Blyton, aventuras y resolviendo misterios ocul­tos durante milenios.

Aquellas tardes de verano cogíamos las bicicletas y nos íba­mos a dar vueltas a la manzana, como si aquello supusiese reco­rrerse media ciudad; cuando los nubarrones se amontonaban sobre nuestras cabezas y relampagueaba anunciando tormenta, contába­mos los segundos que tardaban los truenos en oírse. “Cuando cai­gan dos rayos a la vez, empezará a llover”, dijo una vez Vicente. Y así fue, cayeron gotas del tamaño de las monedas de cinco duros, gotas que se evaporaban al tocar el suelo caliente de finales de julio y que, lejos de refrescar, aumentaban la sensación de bochorno tan característico del estío valenciano. Al anochecer, las sombras nos permitían jugar al escondite, entre mordisco y mordisco al boca­dillo de solomillo con tomate que me había preparado mi abuela. Sin duda, de aquellos veranos transcurridos en este barrio, guardo algunos de los mejores recuerdos de mi infancia.

 

“Dejar de llamarte”, páginas 16-17.

 

© Vicente Ruiz, 2017

2 comentarios en “Extracto 1

  1. Qué tiempos aquellos en los que tener que levantarte para ir al colegio era lo peor que te podía pasar en el mundo mundial

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