Extracto 4

Eran las seis de la tarde de un día de noviembre cuando los últimos rayos solares iban dando paso a las bombillas de las farolas. Yo tenía diecinueve años y salía de la facultad. Entonces estudiaba segundo de carrera y pasaba las primeras horas de las tardes entre la biblioteca y la cafetería, cuando no paseando por el parterre central de la avenida Blasco Ibáñez.

Por aquellos tiempos, que ahora me parecen tan lejanos, todavía no existía la línea de metro que une ese campus con mi barrio. Así que volvía a casa en el autobús de la línea 81. De todos modos, ahora que lo pienso, aunque hubiese existido el metro, para el regreso seguramente habría continuado usando el autobús. El metro es más rápido, pero tiene algo que me exaspera: la imposibilidad de mirar paisajes te obliga a fijarte en el interior de los vagones. No creo que se pueda encontrar un número mayor de personas por metro cuadrado con una clara ansia por escapar todos del mismo sitio. En los autobuses al menos vas distraído contemplando la calle, las luces, los escaparates que pasan fugaces ante tus ojos, los transeúntes; vas en tu mundo, mirando sin ver, mientras piensas en tus cosas.

En uno de esos trayectos estaba yo cuando vi subir al autobús a un señor mayor. Todos los asientos estaban ocupados, así que le ofrecí el mío, que estaba en el pasillo, justo después de la primera puerta de salida. “No, no, tranquila, que no soy tan mayor”, me dijo en tono paternal tras insistir en mi oferta. Le sonreí, volví a sentarme y me enfrasqué nuevamente en el libro que andaba leyendo, no por prescripción académica, sino por voluntad propia. Era La balada de la cárcel de Reading, de Oscar Wilde.

Cuando la persona que viajaba a mi lado se levantó para bajar, me senté en su lugar, el de la ventanilla, dejando el mío libre para el señor mayor Y entonces, de repente, me dijo: “Te pasarán buenas cosas y tendrás una buena vida porque tienes un buen corazón”.

No supe cómo reaccionar. Y creo que él se dio cuenta porque a continuación, para evitar un silencio incómodo, me preguntó por lo que estaba leyendo. “Ah, Oscar Wilde, ¿qué estudias? Yo sé inglés”. Y me dijo una frase en inglés para demostrármelo. “Y también sé un poco de alemán, porque estuve viviendo en Alemania cuando la guerra”. Y me dijo una frase en alemán para demostrármelo. Me preguntó cosas sobre la carrera, si había viajado y cuáles eran mis aficiones.

Durante aproximadamente diez minutos el resto del autobús desapareció. Empecé a ver en él el abuelo que me habría gustado tener en mi infancia: con el pelo blanco pulcramente peinado hacia atrás, miles de historias en la cabeza y ese brillo mágico que nos pinta los ojos a todos cuando nos dan la oportunidad de contar nuestra batallita preferida. La luz de su mirada fue constante en ese rato y a mí me encantó dejarme iluminar por ella. Se apeó del autobús bastante antes que yo. Y antes de hacerlo, se volvió hacia mí, me sonrió y me dijo otra vez: “Tendrás una buena vida porque tienes un buen corazón”.

No me dijo su nombre. Cogí el mismo autobús a la misma hora en los días sucesivos, pero no volví a verlo nunca más. A las pocas personas a las que conté en aquel tiempo su aparición en mi vida, siempre les hablé de un ángel. En realidad, no creo en los ángeles. Pero sí creo que hay personas que son capaces de ver dentro de ti, de reconfortarte con sólo tomarte la mano o de hacer que cambie el signo de un día sólo por su presencia. Sin conocerme de nada, aquel hombre me dijo que tenía un buen corazón. Me hizo sentir que iba por un buen camino, aunque no supiese a dónde me deparase. Y eso me dio paz.

Hacía mucho tiempo que no pensaba en mi ángel particular. La Tula y yo nos hemos venido en coche hasta el Paseo de la Alameda y, desde allí, vamos caminando hacia el Hospital Clínico. Al pasar por aquella zona me ha venido el recuerdo, como un fogonazo, de aquel señor en el autobús. Me pregunto si se ha cumplido su oráculo, si puedo considerar que he tenido una buena vida hasta ahora. Y me respondo que no puedo decir que mi vida haya sido mala. No ha sido lo que yo esperaba, desde luego, pero quién dice que lo esperado debía ser la mejor opción. Quizá lo más juicioso sería no esperar nada y dejarse sorprender.

Pasamos junto a las pistas de tenis del pabellón deportivo de la universidad: en unas, una decena de niños aprenden a darle a la pelota con una raqueta que es mayor en dimensiones que ellos mismos; en otras, unos jóvenes con la mitad de años que yo, arrean con fuerza desde uno y otro campo, como si estuviesen disputándose un open. De pronto me doy cuenta de que no hace tanto que tenía su edad; de lo deprisa que pasa el tiempo, no importa lo despacio que caminemos.

No sé muy bien adónde me dirijo. Supongo que sólo quería llevar a la Tula a pasear por otra zona distinta de la ciudad. Noto que le gusta salir de su hábitat, entra en modo explorador, tiene más vitalidad en la mirada. A veces creo que me sonríe. Yo también creo que salir del barrio me hace sentir mejor, tal vez sea porque me lo contagia ella; quizá porque llevo todos estos meses bastante enclaustrada en casa, centrada en hacerla mía, porque mi hogar era mi abuela y ahora tengo que construirme uno propio dentro de mí. Es una tarea muy costosa, es difícil desprenderse, desapegarse, deshacerse de. Y no me refiero a objetos. Ojalá todo fuese tan simple como cambiar muebles o retirar ropa.

Sin apenas percatarme, llevo a la Tula hacia los Viveros. Seguramente entraré en los jardines, volveré a imaginarme el antiguo Palacio Real, espléndido en medio de aquel llano, y luego encararé nuevamente el Paseo de la Alameda, con el recuerdo de otra construcción mítica en la memoria, el Palacete de Ripalda. Pienso en la idea que tuve semanas atrás sobre viajar en el tiempo. En aquella misma alameda, hace casi un siglo, se agolpaban en bancadas de madera las señoras con sombrero tipo cloché y falda por debajo de las rodillas, acompañadas por caballeros trajeados que veían pasar aquellos grandes coches negros de ruedas blancas, seguramente de la marca Hispano-Suiza, tampoco estoy muy segura, elegantemente encapotados y con grandes faros en la delantera.

De regreso al siglo XXI, donde todo está lleno de automóviles, motos y bicicletas de Valenbisi, veo, antes de cruzar, un autobús de la línea 81 que pasa ante mí. Vuelve a mi mente el recuerdo del señor que me auguraba una buena vida y sonrío otra vez. Supongo que después de estos veinte años que han pasado desde aquel encuentro, ahora sí que será un ángel. Entonces ya era mayor, tendría ochenta años aproximadamente. Ojalá sus nietos lo recuerden con tanta ternura como lo hago yo. Prometo honrarle procurando tener buen corazón.

 

“Dejar de llamarte”, páginas 93-98.

 

© Vicente Ruiz, 2017