10 días en Polonia (4): Varsovia

El Vístula, el mismo río que cruzamos en Cracovia, pasa, a medio camino entre su nacimiento y su desembocadura en el Báltico, por la capital de Polonia. Emplazado nuestro alojamiento, el piso que Krysta comparte con sus amigas, cerca del impactante centro comercial Złote Tarasy y del majestuoso Palacio de Cultura y Ciencia, pude disfrutar, nada más llegar, de las vistas nocturnas de la zona más moderna de Varsovia, en la que los varios rascacielos que allí se juntaban eran, la mayoría, hoteles de la mejor categoría.

No muy lejos, el casco antiguo de la ciudad, al que accedimos, ya por costumbre, por su barbacana, nos dio la bienvenida la primera mañana con multitud de turistas que, por la calle Nowomiejska entraban a la Plaza del Mercado del centro histórico. Una tienda de antigüedades dio paso a una heladería, a la que a su vez seguía la oficina de correo postal, un pequeño restaurante, una tienda de souvenirs… En el centro de la plaza, junto a la estatua de la sirena que, con su espada y su escudo, simboliza el origen de la ciudad, un vendedor de globos estropeaba todas las instantáneas de los fotógrafos aficionados, seguramente cautivados por la belleza del aparente orden con que las casas se alineaban, cada una de un color, unas junto a otras. Con los ojos siempre en las alturas, me quedé mirando las ventanas de las buhardillas, preguntándome qué habría tras los cristales, quizá una librería, tal vez una sala de juegos para los niños, a lo mejor un trastero, aunque esto último sería, verdaderamente, una lástima.

Nos demoramos vagando por las calles adyacentes, contemplándolo todo, hasta salir a la Plaza del Castillo, en cuyo centro se erige la Columna de Segismundo, en honor a uno de los reyes de Polonia. Desde allí, emprendimos el paseo por la calle Suburbio de Cracovia que, lejos de lo que pueda creerse, es más bien una avenida y no tiene nada de la connotación negativa de la palabra “suburbio”, pues forma parte de la denominada Ruta Real, lo que explica la cantidad de hermosos edificios y monumentales iglesias y palacios que uno se va encontrando por el camino. Precisamente, justo antes de acabar donde la calle cambiaba su nomenclatura, nos topamos con la Iglesia de la Santa Cruz, donde descansa, o eso dicen, el corazón de Chopin (el resto del cuerpo está enterrado en París).

De allí, nos dirigimos a la zona universitaria, cruzando el parque Kazimierzowski, entrando por la calle Lipowa. Siempre de la mano de Krysta, que estaba entusiasmada enseñándome absolutamente todo, me dejé llevar por la delicia que suponía ser plenamente consciente de estar sacándole el máximo jugo al tiempo que pasaba con ella. Apenas quedaban horas para que me tuviera que volver a España, pero me resistía a perder ni un segundo pensando en ello. En cambio, me deleité saboreando la felicidad que me embargaba al verle sonreír, mancharme la nariz con helado, buscarme la mano en los paseos, besarme el cuello en los semáforos, posar pizpireta en las fotos que le sacaba. Y así, con estas cosas en la cabeza, de repente me vi delante del edificio de la biblioteca universitaria, enorme, a cuya azotea Krysta me llevó tirándome del brazo. Allí, un jardín botánico, obra de Irena Bajerska, se extendía a lo largo de toda la terraza, con caminos para pasear, bancos en los que sentarse, zonas de sol y de sombra y unas vistas espectaculares. Me descubrí ante la idea de plantar un jardín en la azotea de la biblioteca, jardín al que, seguramente, muchos universitarios escapaban para descansar en sus horas de estudio.

Varsovia, cuyo alzamiento del gueto en 1943, seguido del de 1944, la llevó a la destrucción, renació de sus propias cenizas, cual ave fénix, guardando fidelidad a su historia. Para mí, éste fue su verdadero alzamiento. Es una ciudad realmente honorable, digna de respeto y admiración y merecedora de todos los elogios.

No contaré cómo fue la despedida con Krysta en el aeropuerto, al término de diez días de ensueño, porque si lo hiciera, volverían a mí los recuerdos de todo lo que vino inmediatamente después, que fue intensamente doloroso y cabe en una sola palabra: distancia. Por suerte, el tiempo pasó. Y con el tiempo, la cura.

Veo ahora caer la lluvia en esta tarde de finales de agosto, mientras suena de fondo Arthur Rubinstein tocando la Polonesa op. 53 de Chopin, bautizada como la Heroica. Así es Polonia, heroica. Tras todos estos años, hay momentos de mi vida que revivo como si hubiesen sucedido ayer. Y aquellos días de mi juventud copan muchos de ellos. Les siguieron muchos otros. Y todos me llevaron hasta aquí, hasta este despacho, esta mesa, donde tengo ya ordenado mi material para impartir otro curso más en la universidad. Junto al ordenador, desde un marco de metal oscuro mate, me sonríen un niño, rubio como su madre, y una niña, morena como yo. Me veo obligado, ante la creciente oscuridad de la tarde, a volver a casa.

Las calles varsovianas me saludan al paso, encharcadas, reflectando las luces urbanas. Cuando entro en el recibidor y enciendo la luz, el gato, que dormía plácidamente allí mismo, maúlla molesto ante el inesperado foco. Le acaricio la cabecita buscando una reconciliación. Se oyen las voces infantiles que alegran mis días corriendo por el pasillo directamente a mis brazos. Mis hijos huelen a chocolate y bollos, como siempre que meriendan en casa de su tía. Tras ellos, viene a saludarme Krysta, que me besa los labios y me dice, como es su costumbre: “Jak się masz, kochanie?”(*).

(*) “¿Cómo estás, cariño?” en polaco.

 

© Vicente Ruiz, 2018

1 comentario en “10 días en Polonia (4): Varsovia

  1. Había olvidado que existen los finales felices

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