10 días en Polonia (3): Auschwitz

Daniel, mi profesor de historia y filosofía del instituto, se presentó el primer día de clase con una frase de George Santayana que rezaba: “Aquel que no recuerda el pasado está destinado a repetirlo”. Pretendía con ello hacernos reflexionar sobre la importancia de conocer la historia de la humanidad para evitar caer en los mismos errores, pero, como también vimos en sus clases sobre la condición humana, el hombre se caracteriza por tropezar dos veces (o incluso más) con la misma piedra. No hay más que ver lo que sucede ahora mismo en Europa, con todos sus nacionalismos y sus ideologías extremas en auge, para darse cuenta de ello. O en Estados Unidos, con el populismo de Trump. O en otros lugares del mundo, en que el fanatismo exacerbado se arma con la artillería de segunda mano de Occidente para coartar todas las libertades de su pueblo. Hay muchas réplicas de Hitler vigentes, por desgracia.

Cuando atravesé la puerta de la alambrada, bajo la que podía leerse “Arbeit macht frei” (El trabajo te hace libre), sentí el peso de la responsabilidad de honrar debidamente, con el máximo respeto, la memoria del millón cien mil personas que perecieron allí en lo que fue el ejercicio de mayor crueldad llevado a cabo por el ser humano: el exterminio de sus iguales. Sigue ocurriendo hoy en día, pero, como cuenta la criada de Margaret Atwood en su extraordinaria novela: “Lo normal es aquello a lo que te acostumbras”. Y es que, como me dijo Krysta aquel día, el desarrollo, el progreso se ha dado en todos los aspectos, salvo en uno: el moral. Por eso nos acostumbramos a los muros, a la barbarie, a la esclavitud, a las limpiezas étnicas, a los burkas, a que nos regalen los oídos. Ya no discriminamos música de ruido, a fuerza de usar las palabras fuera de su contexto original se han devaluado los significados, cuando no quedan frivolizados. El mundo es mejor en el bando privilegiado, en el que yo mismo me hallo; pero en el otro bando la miseria es lo normal. Y nos hemos acostumbrado.

Visitar Auschwitz supuso recibir una hostia en toda la cara con la mano abierta y sin avisar. A la entrada del primer pabellón es, precisamente, Santayana con su famosa sentencia quien nos da la bienvenida. A lo largo de los diversos edificios, toda clase de información sobre las personas que fueron martirizadas, esclavizadas y condenadas a muerte se muestra en multitud de paneles y fotografías: las cifras de las víctimas, desde dónde llegaban los trenes, los motivos por los que eran prisioneros, por los que eran ejecutados. Te estremeces al ver los pasillos, los camastros, las letrinas sin ningún tipo de intimidad, como animales; los habitáculos de, ¿cuánto?, medio metro por lado, poco más, en los que eran castigados a permanecer de pie durante horas, puede que días, prácticamente emparedados. Se te pone un nudo en la garganta al ver los rostros demacrados de los primeros prisioneros, con sus cabezas rapadas y los pijamas de rayas; las vitrinas con centenares de pares de zapatos y alpargatas, maletas, gafas rotas, ropita de bebé, peúcos. Peúcos, por Dios bendito. Haces lo imposible por contener las lágrimas al entrar en el horno y en la cámara de gas; al caminar por la grava que rodea los edificios y encontrar el paredón donde hoy no faltan las flores por todos cuantos allí fueron asesinados. Lo recuerdo ahora, que ya soy más mayor, y no puedo evitar llorar del asco y de la vergüenza que, en estas ocasiones, me da mi propia especie.

En Auschwitz-Birkenau, donde apenas permanecen en pie un par de pabellones y poco más, dado que los nazis tuvieron que destruirlo todo ante la inminente liberación del campo por parte del ejército soviético, cada visitante hizo su marcha en solitario. Krysta me animó a recorrer mi propio camino por allí, observando, pensando, ¿rezando?, tal vez también, no lo recuerdo. Pero sí me acuerdo de vagar por el interior de uno de los barracones e ir encogiéndome, paso a paso. Sobre tablas de madera de un metro de anchura dormía media docena de personas; sobre las literas un poco más anchas, hasta la docena. Una estufa de carbón diminuta calentaba, supuestamente, cada barracón en el que malvivía en torno a un centenar de prisioneros, que no disponían de ventilación, ni baño; tan sólo un balde y un pijama, en un lugar que alcanza los diez grados bajo cero en invierno.

El último paseo lo di por el andén, donde se encontraba el vagón de uno de los trenes de la muerte. Me paré en medio de la plataforma y miré a mi alrededor, girando 360 grados sobre mí mismo. Traté de imaginarme aquel lugar décadas atrás, pero no pude. O no quise. Era desolador. Me vino a la mente el diario de Ana Frank, “Una princesa en Berlín” de Solmssen y “El hombre en busca de sentido” de Frankl. Cerré los ojos y me concentré en la percepción sensorial. Escuché entonces el trino de los pájaros y el sonido de las hojas azotadas por el viento. La vida junto a la muerte, pensé. Qué extraña sensación.

Perdido en mis cavilaciones con la vista en los cables de la luz donde se posaban los cantores, sentí de repente los brazos de Krysta rodeándome la cintura desde atrás. Noté cómo se aupaba sobre los dedos de sus pies para besarme la nuca. “¿Estás bien?”, me susurró. Respiré hondo, me di la vuelta, le correspondí al abrazo y apoyé mi frente sobre la suya. Me di cuenta allí mismo de mi condición: libre, sano, con mis derechos asegurados, con mis necesidades básicas satisfechas, con algunos de mis caprichos cubiertos. Nadie me perseguía por ser nada. Le habría contestado muchas cosas, todas las que sentía en aquel momento, pero sólo me salió un “Sí”, colgando de una medio sonrisa.

¿Qué puede hacer un chaval privilegiado que, de repente, descubre una realidad llena de miseria, que no sufre por pura suerte, por haber nacido en otro lugar, en otra época? Comprometerse a trasladar lo aprendido a todas las facetas, todos los gestos, todos los momentos de su vida; contar lo que vio; señalar lo que se olvidó, lo que se manipuló, lo que se está repitiendo, como ya nos advertía Santayana.

Esa noche Krysta y yo cenamos en el hotel para acostarnos pronto. Me abracé a su cuerpo con el ansia del niño que busca la protección de su madre y, al mismo tiempo, con la necesidad, que por cuestiones culturales viene de serie en todos los hombres, de ser yo quien la protegiese a ella. Creo que ella tuvo sensaciones parejas. Me peinaba el pelo con los dedos mientras yo le acariciaba la espalda, mirándonos a los ojos, en silencio. Nunca supe qué le rondaba por la mente en ese momento. Tampoco soy muy consciente de si yo pensaba en algo o simplemente me limitaba a sentir. En cualquier caso, acabamos haciendo el amor suavemente, más por encontrarnos en la ternura que en el placer, hasta caer colmados, el uno en los brazos del otro. Qué extraña sensación. La muerte junto a la vida.

 

© Vicente Ruiz, 2018

 

Mientras escribía esta entrada, me enteré vía Twitter de que un “influencer” había aprovechado su visita a este campo de exterminio para publicitar por Instagram un accesorio de moda, usándolo como escenario para sus fotografías. No seré yo quien critique a los “influencers” por su trabajo como vendedores (siempre ha habido profesionales de otros ámbitos que han hecho publicidad de productos que nada tenían que ver con lo suyo, precisamente por su grado de “influenciabilidad”). Pero sí quisiera expresar que el uso de determinados contextos, bien históricos, bien sociales, para la obtención de “likes” o “followers”, me repugna e indigna por lo que tiene de indecoroso, despreciable y deshonroso para con las víctimas de dichos contextos.

1 comentario en “10 días en Polonia (3): Auschwitz

  1. El hombre es bueno por naturaleza. La maldad, la falta de empatía y la crueldad surgen cuando nos juntamos en grupos más o menos grandes, nos convertimos en rebaño y nos dejamos guiar por el pastor y el perro ovejero, sin pensar si estamos recorriendo el camino que deberíamos recorrer.

    Empatía. Nos falta empatía (Fíjate si hay poca, que el corrector ortográfico de Chrome marca la palabra como errónea).

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