Música

Cuando llegaste a mi vida era pequeña. No era consciente de que mi manera de relacionarme contigo no era la habitual, al menos no en mi entorno, uno normal sin vínculos especiales con tu mundo. Tú me hablabas y yo te respondía usando tus sonidos. De tanto escucharlos, quise conocerlos mejor y aprendí tu lenguaje. Y al acercarme más a ti, llegué a amarte. A medida que ibas ocupando cada vez más espacio dentro de mí, yo iba creciendo, tomando conciencia de mí misma, de cuanto sentía y pensaba, de cuanto era. Y vi que no era sin ti. No podía ser sin ti. No cabía en la vida ni una mínima probabilidad de ser sin ti. Porque mi mundo y mi modo de percibirlo siempre sería contigo.

Alguien me dijo una vez que de amor no se muere nadie, “salvo Romeo y Julieta, que eran dos tontos, porque nadie mínimamente inteligente podría ser capaz de comprenderlos”. Tenía razón, ese alguien. Nuestro amor fue imposible, pero seguí existiendo. Eché el fracaso a la mochila sin tomarme suficiente tiempo para lamerme las heridas. Error. De joven se tiene demasiada prisa. Y aunque continué manteniendo el contacto contigo, no fue suficiente. Era absurdo creer que mirarte desde detrás del cristal podría bastar. Habría dado cualquier cosa por dar marcha atrás, romper el cristal y sumergirme en ti, explorarte, averiguarte, saberte, disfrutarte y, así, darme la libertad de ser yo. Yo, contigo. Porque tú, conmigo, nunca has dejado de existir.

Han pasado tantos años que acabaríamos antes contándolos en décadas. Y lo que más lamento de todo no es no haber vuelto a sentir esta pasión, que sólo tiene sentido si es por ti; ni siquiera lamento no haber tenido una vida estable, que estoy segura de que habría conseguido contigo, la vida soñada; no lamento no haber tenido hijos, no haber sentido el bienestar de la estabilidad, las riendas de mi vida en mis manos, orgullosa de haber seguido siempre los dictados de mis vísceras, atemperados por mi corazón y dirigidos por mi razón.

No.

Lo que más lamento es mi cobardía.

Hay una parte de mí en eterno cabreo conmigo misma. A veces la siento gritar y patalear más fuerte y es insoportable. Me dan ganas de chillarle de vuelta que ya está bien, que lo hecho, hecho está; que dos faenas tiene y que ya se le pasará. Pero quién soy yo para negarle ese derecho. Que grite y patalee, aunque sea tarde. Esa parte de mí siempre será infeliz y estará triste y perdida. Y eso, como el suspenso en las notas de la escuela, me afecta en el conjunto. Me hace mediocre, insegura, ignorante, como una cochinilla, asomada al abismo y hecha bola ante todo lo que le abruma. Que es mucho, todo lo que no controlo, todo lo que se me escapa de un mundo en que no estoy sin que estés; de una vida en que estás sin que estemos.

 

© Vicente Ruiz, 2018

 

A padres y madres:

Conozcan a sus hijos. Apóyenlos en sus talentos naturales. Y dejen que estudien o dediquen sus vidas a aquello que les haga felices. Siempre. Les salga bien o no.

A los hijos:

Sed valientes.

2 comentarios en “Música

  1. Yo también lamento mi cobardía, y debería estar luchando contra ella, pero soy perezoso y mis niveles de concentración no son los que tenía hace unos años

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    1. Lo mío no es pereza, sino falta de recursos. Pero bueno, nunca se sabe, la vida da muchas vueltas. Busca los estímulos que necesites. Un saludo 😉

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