Las palabras raras

Aparcar en este barrio siempre es una odisea. Bueno, me pasa en todos los barrios a los que acudo. Las ciudades que pretenden limitar el uso del automóvil restringiendo las zonas por las que circular con él cometen un error de base: nadie va a volver a usar el caballo para trasladarse. Mientras no exista el modo de teletransportarse, los coches seguirán existiendo. Y reducir las zonas de estacionamiento sólo contribuye a aumentar los niveles de polución: invierto más tiempo en dar vueltas en busca del hueco perdido que en el viaje. Por eso vengo con tiempo de antelación para no llegar tarde a mi clase.

Si estuviésemos en la campiña inglesa decimonónica, aparte de venir en un cabriolé de tracción animal, seguramente me definiría como institutriz. Pero estamos en el siglo veintiuno, así que ahora lo llamamos “profesora de clases particulares”. Un trabajo que tiene tanto de inestable como de apasionante: lo primero, porque dura lo que la necesidad del alumno de mejorar su rendimiento académico con vistas a un objetivo específico (que normalmente suele ser aprobar); lo segundo, porque es aquí cuando te das cuenta de lo personal e intransferible que es el aprendizaje.

Me gusta que en mis clases haya una doble tarea: la de trabajar contenidos y, al mismo tiempo, técnicas de estudio. Los contenidos suelen ser idiomas. A veces, el propio. La mayoría del tiempo, el mismo lenguaje usado para explicar el idioma. Se puede… ¿“enseprender”?… ¿“aprenseñar”?… partiendo de lo que acontece a cada segundo. Es muy bonito cuando sucede.

Mi alumno, un mozalbete al borde de los quince años, al que no terminan de crecerle los pelos de las piernas y todavía luce rostro de bebé, arruga la nariz y repite la palabra que acabo de decir. Aprende palabras conmigo que, por lo visto, nadie usa en su entorno. Las palabras raras, las llama. Rimbombante. Alcahueta. Ungüento. Benévola. Acicalar.

—Acicalar es un verbo preciosísimo, ¿sabes lo que significa?

—Pues no.

Y entonces se lo explico. Me pone ejemplos con “rimbombante”, para comprobar que ha entendido el significado. “Sí, vaya que un ungüento es como una pomada, pero en lugar de ser de farmacia, es casera”. Es chaval es despierto, inteligente y abre horizontes a buena velocidad. Pero es perezoso. Necesita a alguien que le empuje. En realidad, ése es mi verdadero trabajo. Empujarles, repetirles, insistirles, recordarles, hacerles avanzar, llevando en cada paso la carga de los anteriores. Es la única manera de asimilar lo aprendido: machacar.

—El prefijo infra- está relacionado con inferior, supra- con superior y ultra- con ulterior.

—¿Ulterior? ¿Qué significa?

—Lo que está más allá. Ultramar, ulterior al mar, lo que está más allá del mar.

—Hala… Ulterior… Cómo mola, me lo voy a poner de nombre en el videojuego.

Mientras regreso a mi coche, bajando hacia la plaza, detrás de la iglesia, pienso en la jornada de hoy.

—Me llevas al retortero —le decía mientras recogía mis cosas.

—¿A lo qué?

Com cagalló per sèquia, rei.1 —se echa a reír.

—Eso tú a mí, con todas tus palabras raras.

—Buena cosa es.

—Correcto.

Mañana más.

 

 (1) Expresión popular valenciana que significa “Como cagallón por acequia”.

 

© Vicente Ruiz, 2018

1 comentario en “Las palabras raras

  1. Ayer, el zagal de la Tere se cayó del esbarizaculos y se escamochó la chota. Me enteré porque pillé capazo con ella.

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