Noelia

He llegado a mi cuarta década con una sensación de bienestar que poco tiene de ficticio y creo que ése ha sido mi mayor logro después de todo. Siento esa paz interior como algo real, la tengo en la yema de mis dedos como algo tangible; aunque no pueda verla, como puedo sentir la brisa cálida de una mañana de primavera acariciándome el rostro, o el olor a pan y bollos al entrar en un horno, despertándome el apetito. Noto el sosegado curso del río, con las caídas propias de las pequeñas rocas, con muchos más cantos rodados que piedras aristadas, y el agua clara y reconfortante en los momentos de sed. Siempre habrá momentos de tormenta, de turbulencia y turbieza, y de apresurarse a levantar los diques que impidan el desbordamiento. Pero el cauce sigue guardando la corriente. Ésa es mi paz.

He llegado a esa edad en que ya a nadie preocupa ni importa si has conocido a alguien y si habrá boda, porque la generación que vivía pendiente de si tu arroz se pasaba ya no está presente, y el resto ya se cuida de no meterse en jardines preguntando que los hijos para cuándo; la edad en que todo está bien, lo hagas como lo hagas, porque ya eres mayorcita y nadie mejor que tú sabe cuándo algo está mal y por qué; esa edad del equilibrio, de ni calvo ni dos pelucas, de salir, sí, pero a tomar una copa, que si no al día siguiente estoy fatal; de tomarse una botella de vino con tu amiga del alma entre la comida y la sobremesa, charra que te charra, pero lo de cenar una hamburguesa, una pizza o unos tacos mexicanos, pues no, que luego estoy toda la noche con un telele en la vesícula que ya no tengo. La edad que ya no es del porvenir, pero lo es del yendo sin dejarse llevar, que la moto es mía y la conduzco yo.

He llegado a los años que puede que sean mi ecuador. Puede que aún no lo sean. O puede que el ecuador se quedase atrás hace tiempo. Ni lo sé ni querría saberlo, yo creo. Lo que sí sé es lo que no quiero. Y lo que sí. Y saber eso, si no es saberlo todo, al menos es saber lo más importante. Los años de empezar a tener algunas respuestas sin dejar de hacerse preguntas. Los años de comprender estas palabras de Rainer Maria Rilke:

Usted es tan joven, está tan antes de todo comienzo, que yo querría rogarle lo mejor que sepa, mi querido señor, que tenga paciencia con todo lo que no está resuelto en su corazón y que intente amar las preguntas mismas, como cuartos cerrados y libros escritos en un idioma muy extraño. No busque ahora las respuestas, que no le se pueden dar, porque usted no podría vivirlas. Y se trata de vivirlo todo. Viva usted ahora las preguntas. Quizá luego, poco a poco, sin darse cuenta, vivirá un día lejano entrando en la respuesta.

He llegado a ese momento en que recuerdo a mi padre decir hace veintidós años: «Lo que daría yo por volver a ser joven, pero sabiendo todo lo que sé ahora», y asiento con la cabeza dándole la razón. Ese momento en que me viene a la memoria mi abuela, hace apenas un lustro, reflexionar en voz alta: «La vida está muy mal hecha: demasiados pocos años de joven y demasiados muchos de vieja», y caigo en la cuenta de lo sabia que era. Ese momento en que me zambullo con la mirada entre las hojas del árbol que veo desde mi ventana, distinguiendo las diferentes tonalidades del verde de su copa, el baile de las ramas cuando el viento las empuja y el reflejo del sol sobre las hojas más superficiales, que pintan su sombra en las demás; y pienso en lo afortunada que soy por haber llegado hasta aquí.

© Vicente Ruiz, 2018