Debo ser buenista

Porque siempre que expreso mi opinión respecto a algo, lo hago partiendo del hecho de que puedo estar en un error.

Porque si algo no me agrada, no lo menosprecio.

Porque si alguien me critica sin ánimo de construcción, hago lo posible por darle la importancia justa o ignorarlo.

Porque no comprendo los juicios emitidos desde ningún púlpito, ni la condescendencia, ni las imposiciones, ni nada que se haya lanzado carente de una reflexión empática previa.

Porque no se me pasa por la cabeza no pedir perdón si he hecho daño.

Porque lo primero de lo que soy consciente es de mi imperfección, que intento tener siempre presente.

Porque darle prioridad a mi bienestar no tiene por qué llevar implícito darle la espalda al bienestar de los demás.

Porque se me escapa que se haga política con los sentimientos de las personas, obviando sus necesidades.

Porque no me identifico con muchas de las cosas que suceden y que se llevan a los extremos y, consecuentemente, me niego a tomar partido en ellas.

Porque hago lo posible porque mis prejuicios sean justos y se ajusten a los valores éticos y a la profesionalidad que transmiten las personas.

Porque no hago bromas de los demás, sino con los demás.

A veces es agotador. Pero al menos, tengo a Mafalda.

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© Vicente Ruiz, 2018

Anada a Barcelona/Ida a Barcelona

La primera vegada que vaig anar a Barcelona tenia nou anys. No havia sortit encara del meu poble, no sabia què trobaria més enllà dels carrers i les places conegudes i, sols pensar que la ciutat que estava a punt de descobrir era moltíssim més gran que l’única referència meva fins aquell moment, em feia por. Era suficientment petit perquè la innocència arribés més lluny que la lògica. Suposo que fer-se gran consisteix precisament en que la innocència quedi aixafada, per la lògica o per qualsevol altra cosa. El cas és que hi anava amb aquella barreja d’emocions que van des de l’excitació per arribar a un lloc nou, fins l’angúnia per si un cas no m’agradava l’experiència. Ja veus, quina ximpleria.

El viatge va ser dins d’un autobús vell, tan vell que podies sentir totes les pedretes del paviment que trepitjaven les rodes, de quan la manca d’aparells d’aire condicionat et feia obrir les finestres i, fins i tot així, encara no s’arribava a renovar aquella boira enllaunada que conformaven les respiracions dels passatgers. Vam passar més de cinc hores allà dins, totes seguides, perquè abans els conductors no descansaven fins que no arribaven a la seva destinació, la qual cosa comportava dinar un entrepà i poc més. Però vaig gaudir d’aquell viatge, que, més que un viatge, va ser la meva primera carícia a tota la costa mediterrània que m’unia amb Barcelona.

L’última vegada que vaig passejar per allà, on els carrerons són tan estrets que els edificis poden quedar-se adormits mentre s’abracen, era desembre. Anava des del Portal de l’Àngel baixant per Portaferrisa. Havia estat prenent un cafè amb llet a Els Quatre Gats després de fer una volta pel Born. Abans d’arribar a la Rambla, vaig decidir girar cap a l’esquerra. Les famílies i els grups d’amics feien cua per berenar una tassa de xocolata al carrer Petritxol, sota l’ornamentació nadalenca de llumenetes de colors que penjaven de balcó a balcó, fregant-se les mans amb el baf de l’alé, que amb el fred es condensava i semblava el fum d’un cigar. Caminava amb la pau del viatger, perquè el ciutadà mai porta aquesta velocitat, de cadència llarga, com una balada d’amor a la llum de la lluna. No. El ciutadà corre, amb el ritme de la polca d’un ballet rus, sols para als semàfors (i si vénen cotxes), ni mira, ni veu, ni escolta, ni sent, perquè la seva ment poques vegades és al mateix lloc on és el seu cos. Però al viatger no se li escapa res. Tant de bo actuéssim, de tant en tant, com a viatgers a les nostres ciutats.

El viatge va ser dins d’un tren, ni vell ni nou, que va fer tres parades i tenia calefacció, lavabo i cotxe-bar. El retrobament amb Barcelona va ser com sempre, des d’aquella primera visita, com si tornés a casa. Perquè sempre hi he tornat. Als nou anys i als deu, i als divuit, i als vint-i-cinc, i als trenta-dos… Sempre torno on m’han rebut com si fos família, on he conegut companys, fet amics, trobat amors; on hi ha cançons que m’hi han traslladat, on he rigut i plorat i s’ha quedat una part meva que mai he volgut recuperar per trobar-la de nou quan torni, com a excusa per tornar sempre.

M’estimo la meva casa, el meu poble cada vegada menys petit i més sorollós. Podria ser que no volgués perdre’m mai enlloc i quedar-me on són les meves arrels, les meves de mi mateix, de primera persona del singular, i passar-me la vida anant i tornant per tot arreu per mitigar la necessitat de sortir, primer, i la de tornar a casa, després. Però si algun dia em perdo, sense que això sigui vinculant, tal vegada em trobéssiu si em busqueu a Barcelona.

La primera vez que fui a Barcelona tenía nueve años. No había salido aún de mi pueblo, no sabía qué encontraría más allá de las calles y las plazas conocidas, y sólo pensar que la ciudad que estaba a punto de descubrir era muchísimo más grande que mi única referencia hasta aquel momento, me daba miedo. Era suficientemente pequeño para que la inocencia llegase más lejos que la lógica. Supongo que hacerse mayor consiste precisamente en que la inocencia quede aplastada, por la lógica o por cualquier otra cosa. El caso es que iba con aquella mezcla de emociones que van desde la excitación por llegar a un sitio nuevo, hasta la angustia por si acaso no me gustaba la experiencia. Ya ves, qué tontería. 

El viaje fue dentro de un autobús viejo, tan viejo que podías sentir todas las piedrecitas del pavimento que pisaban las ruedas, de cuando la falta de aparatos de aire acondicionado te hacía abrir las ventanas y, aún así, todavía no se llegaba a renovar aquella niebla enlatada que conformaban las respiraciones de los pasajeros. Pasamos más de cinco horas allá dentro, todas seguidas, porque antes los conductores no descansaban hasta que no llegaban a su destino, lo que conllevaba comer un bocadillo y poco más. Pero disfruté de aquel viaje, que, más que un viaje, fue mi primera caricia a toda la costa mediterránea que me unía con Barcelona.

La última vez que paseé por allá, donde los callejones son tan estrechos que los edificios pueden quedarse dormidos mientras se abrazan, era diciembre. Iba desde el Portal del Ángel bajando por Portaferrisa. Había estado tomando un café con leche en Els Quatre Gats después de dar una vuelta por el Born. Antes de llegar a la Rambla, decidí girar hacia la izquierda. Las familias y los grupos de amigos hacían cola para merendar una taza de chocolate en la calle Petritxol, bajo la ornamentación de lucecitas de colores que colgaban de balcón a balcón, frotándose las manos con el vaho del aliento, que con el frío se condensaba y parecía el humo de un cigarro. Caminaba con la paz del viajero, porque el ciudadano nunca lleva esta velocidad, de cadencia larga, como una balada de amor a la luz de la luna. No. El ciudadano corre, con el ritmo de la polca de un ballet ruso, sólo para en los semáforos (y si vienen coches), ni mira, ni ve, ni escucha, ni siente, porque su mente pocas veces está en el mismo lugar donde está su cuerpo. Pero al viajero no se le escapa nada. Ojalá actuásemos, de cuando en cuando, como viajeros en nuestras ciudades.

El viaje fue dentro de un tren, ni viejo ni nuevo, que hizo tres paradas y tenía calefacción, lavabo y coche-bar. El reencuentro con Barcelona fue como siempre, desde aquella primera visita, como si volviese a casa. Porque siempre he vuelto. A los nueve años y a los diez, y a los dieciocho, y a los veinticinco, y a los treinta y dos… Siempre vuelvo donde me han recibido como si fuese familia, donde he conocido compañeros, hecho amigos, encontrado amores; adonde hay canciones que me han trasladado, donde he reído y llorado y se ha quedado una parte mía que nunca he querido recuperar para encontrarla de nuevo cuando vuelva, como excusa para volver siempre.

Me estimo mi casa, mi pueblo cada vez menos pequeño y más ruidoso. Podría ser que no quisiese perderme nunca en ninguna parte y quedarme donde están mis raíces, mis raíces de mí mismo, de primera persona del singular, y pasarme la vida yendo y viniendo por todas partes para mitigar la necesidad de salir, primero, y la de volver a casa, después. Pero si algún día me pierdo, sin que esto sea vinculante, tal vez me encontraseis si me buscáis en Barcelona.

Per vosaltres. Para vosotros.

© Vicente Ruiz, 2018

Noelia

He llegado a mi cuarta década con una sensación de bienestar que poco tiene de ficticio y creo que ése ha sido mi mayor logro después de todo. Siento esa paz interior como algo real, la tengo en la yema de mis dedos como algo tangible; aunque no pueda verla, como puedo sentir la brisa cálida de una mañana de primavera acariciándome el rostro, o el olor a pan y bollos al entrar en un horno, despertándome el apetito. Noto el sosegado curso del río, con las caídas propias de las pequeñas rocas, con muchos más cantos rodados que piedras aristadas, y el agua clara y reconfortante en los momentos de sed. Siempre habrá momentos de tormenta, de turbulencia y turbieza, y de apresurarse a levantar los diques que impidan el desbordamiento. Pero el cauce sigue guardando la corriente. Ésa es mi paz.

He llegado a esa edad en que ya a nadie preocupa ni importa si has conocido a alguien y si habrá boda, porque la generación que vivía pendiente de si tu arroz se pasaba ya no está presente, y el resto ya se cuida de no meterse en jardines preguntando que los hijos para cuándo; la edad en que todo está bien, lo hagas como lo hagas, porque ya eres mayorcita y nadie mejor que tú sabe cuándo algo está mal y por qué; esa edad del equilibrio, de ni calvo ni dos pelucas, de salir, sí, pero a tomar una copa, que si no al día siguiente estoy fatal; de tomarse una botella de vino con tu amiga del alma entre la comida y la sobremesa, charra que te charra, pero lo de cenar una hamburguesa, una pizza o unos tacos mexicanos, pues no, que luego estoy toda la noche con un telele en la vesícula que ya no tengo. La edad que ya no es del porvenir, pero lo es del yendo sin dejarse llevar, que la moto es mía y la conduzco yo.

He llegado a los años que puede que sean mi ecuador. Puede que aún no lo sean. O puede que el ecuador se quedase atrás hace tiempo. Ni lo sé ni querría saberlo, yo creo. Lo que sí sé es lo que no quiero. Y lo que sí. Y saber eso, si no es saberlo todo, al menos es saber lo más importante. Los años de empezar a tener algunas respuestas sin dejar de hacerse preguntas. Los años de comprender estas palabras de Rainer Maria Rilke:

Usted es tan joven, está tan antes de todo comienzo, que yo querría rogarle lo mejor que sepa, mi querido señor, que tenga paciencia con todo lo que no está resuelto en su corazón y que intente amar las preguntas mismas, como cuartos cerrados y libros escritos en un idioma muy extraño. No busque ahora las respuestas, que no le se pueden dar, porque usted no podría vivirlas. Y se trata de vivirlo todo. Viva usted ahora las preguntas. Quizá luego, poco a poco, sin darse cuenta, vivirá un día lejano entrando en la respuesta.

He llegado a ese momento en que recuerdo a mi padre decir hace veintidós años: «Lo que daría yo por volver a ser joven, pero sabiendo todo lo que sé ahora», y asiento con la cabeza dándole la razón. Ese momento en que me viene a la memoria mi abuela, hace apenas un lustro, reflexionar en voz alta: «La vida está muy mal hecha: demasiados pocos años de joven y demasiados muchos de vieja», y caigo en la cuenta de lo sabia que era. Ese momento en que me zambullo con la mirada entre las hojas del árbol que veo desde mi ventana, distinguiendo las diferentes tonalidades del verde de su copa, el baile de las ramas cuando el viento las empuja y el reflejo del sol sobre las hojas más superficiales, que pintan su sombra en las demás; y pienso en lo afortunada que soy por haber llegado hasta aquí.

© Vicente Ruiz, 2018