Ya lo siento, Diké

En algún momento de los últimos años perdimos el equilibrio de la balanza, ese aparato que representa la objetividad y la prudencia como virtudes para establecer con imparcialidad la relación entre los dos platillos que penden de ella: la culpa y el castigo. Sin embargo, creo yo que el máximo exponente del Derecho, la dama que sostiene una balanza en una mano, si pudiera cobrar vida y contemplar el panorama, seguramente usaría la venda que cubre sus ojos para enjugarse las lágrimas de la vergüenza que genera toda la faena que dan los políticos a la justicia.

No escribiré aquí sobre la variopinta colección de excusas que se está inventando el PP de Madrid para eximir de culpa a Cifuentes sobre lo del máster, o de las que echa mano Ciudadanos para mantenerla en el cargo, ni de toda la basura que seguramente este asunto destapará en el ámbito universitario.

Tampoco diré nada sobre el rapero condenado por cantar que los Borbones son unos ladrones, o la pretensión del PP de Granada de cancelar una representación teatral dirigida por Alberto San Juan, aun cuando los grupos neonazis que aparecen a la mínima oportunidad a armar gresca gocen de una permisividad alarmante o la Fundación Francisco Franco continúe siendo legal.

Desde luego, no pienso hablar del que lleva varios meses siendo “el monotema”, ni de lo mal que han hecho las cosas el Gobierno central y el Govern catalán para llegar a este punto de bochorno, regional, nacional e internacional, que parece ser de no retorno y para el que no hay nadie, absolutamente nadie, ni de un lado ni del otro, buscando ninguna solución.

Dejo aparte, claro está, todas las causas, que no son pocas, por corrupción que se amontonan en los juzgados de todo el territorio y por las que han sido imputados políticos de los dos partidos mayoritarios y de otros, que, como a todos (parece que esto viene en el carné de político), se les llena la boca de buenos principios que terminan siendo malos finales.

Pero no, por nada de esto venía yo aquí. Al fin y al cabo, todas estas cosas ya son suficientemente elocuentes por sí mismas. El enfoque con que las he relatado no va vinculado a las siglas de ningún partido, más bien a una indignación bastante comprensible; y, si bien a alguna pudiera ponérsele la etiqueta de “demagogia”, no por ello es menos verdad, aunque escueza. Como escuece también nuestra capacidad de mimetizarnos con los males de quienes, supuestamente, nos representan.

Y aquí mi lamento, que, en realidad, es sobre los anónimos que se dejan llevar por la corriente de la masa que es capaz de rebajarse a defender lo indefendible reproduciendo, casi textualmente, las mismas palabras de los políticos de los que son devotos y que en su tiempo libre se lo deben de pasar pipa riéndose de todos, empezando seguramente por sus acólitos. Esa misma clase de masa llevó en volandas al poder en unas elecciones democráticas a Adolf Hitler. Es también la que se lía a patadas, navajazos o cócteles molotov en una manifestación, o en una confrontación entre aficiones por un partido de fútbol, siguiendo a otra clase de ídolos. Es la masa que sólo insulta, porque las vallas le impiden mayor agresividad, al acusado (que no condenado, todavía) en la puerta de una comandancia o de una comisaría. Y la que siembra la semilla del odio exacerbado, la ofensa extrema y la excusa perenne desde las redes sociales usando, por poner un ejemplo reciente, el atropello mortal de Münster. En fin, me duelen las muchas masas llenas de gente a la que parece desconectársele el raciocinio cuando pasa a formar parte de ellas.

Sobre todo esto de las masas siguiendo a líderes, cuando menos, cuestionables, se nos olvidan dos cosas: una, que ante todo somos individuos y es nuestra responsabilidad comportarnos con criterio y buen juicio; y dos, que el criterio y el buen juicio tienen como base la declaración universal de los derechos humanos, que no es un texto aleatorio que cuatro pelagatos se sacaron de la manga por casualidad. Convendría repasar esa declaración y sopesar cuántos siglos de abusos, guerras y muertes, cuánto tiempo de odio hubo de transcurrir para acordar al fin unos mínimos que garantizaran el derecho a la vida digna de las personas, entre las personas y con las personas. Para ello hace falta salir de la masa, informarse y reflexionar. Y exigir políticos que se alejen de los voceras, de los mafiosos y de los vendedores de unicornios, que cambien el tono chulesco por la voz calmada y que den ejemplo. O, al menos, no continuar dando coba a los que no están a la altura. Urge recuperar el equilibrio de la balanza, es nuestro deber, pero no desde las vísceras, sino desde la cabeza. Nosotros sí que tenemos que dar la talla. Y mientras no reconozcamos al borrego que llevamos dentro y lo dejemos atrás, será verdad que hay demasiada gente para tan pocas personas y que tenemos los políticos que nos merecemos, por muy injusto que nos parezca.

 

© Vicente Ruiz, 2018

4 comentarios en “Ya lo siento, Diké

  1. Vivimos en un país donde estamos orgullosos de la cultura del buscónice y losi pícaros. Y de arreglar las cosas al estilo de Fuenteovejuna.

    Así que a mi no me extraña nada de lo que veo

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    1. La cultura del buscón quería decir. Que lo he escrito con el móvil y el corrector me ha jugado una mala pasada

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    2. Yo ya no sé a quién votaré en las próximas elecciones, pero te aseguro que a los cuatro partidos principales, no.

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