La alquería

Año 1932

“Aun no me creo que pueda seguir viviendo aquí. Después de tantos años dejándome la piel y el espinazo con estas tierras, puedo decir que esto me pertenece. Comenzaré la ampliación al inicio del verano. Será una casa perfecta para criar a los niños”, le dijo mirándole a los ojos. Ella sonrió pasándose una mano por la enorme barriga. Su hijo le había dado una patadita.

Año 1984

Contemplaron el interior, sintiendo en la piel el frescor que garantizaban los recios muros blancos de la casa. El hombre levantó una de las sábanas que cubrían los muebles y comenzó a hablar, sin mirar a su hijo, que le había acompañado hasta allí. “Mi padre me contó la historia de esta casa hace muchos años. Tendría yo tu edad. Aquí pasé la mayor parte de los veranos de mi vida. Muchas tardes de mi infancia jugando a girar la rueda por el canal de la acequia o en el patio, con las chapas. Siendo ya jovencito, cogíamos las bicicletas e íbamos al pueblo a ver a las chicas. Luego conocí a tu madre, al regresar del servicio militar. Fue aquí donde le presenté a mi familia y les comuniqué que íbamos a casarnos. Era verano.”

Año 1961

“Esto era una alquería mucho antes de que mi abuelo se instalase en ella. Los años y las guerras la convirtieron en una casucha. Mi abuelo la reformó y la hizo más grande, devolviéndole la condición de alquería que siempre debió tener. Había pertenecido a una familia pudiente. Todos los campos que la rodean, desde aquella acequia hasta el canal del río, les pertenecían. Y mi abuelo los trabajaba para ellos. Entonces llegó la República y la familia emigró. Los campos dejaron de tener dueño, aunque mi abuelo pudo continuar cultivando en ellos mientras pagara un impuesto. Aquí, donde está la puerta principal, se erige la casucha original. Todo lo demás, lo levantó tu bisabuelo con sus propias manos, a partir de las ruinas que había. La cochera, el almacén y aquella parte donde tú pasas ahora las noches de verano. También el patio interior… La primera alquería que levantaron aquí debió ser espléndida.” El niño contemplaba los ojos brillantes de su padre. Había algo en esa casa que le conmovía. No lo entendió, pero pensó que a lo mejor tenía que ver con hacerse mayor. Para él, al fin y al cabo, sólo era la casa donde pasaba el verano.

Año 2003

—¿Estoy obligado?

—Es una expropiación forzosa.

—¡Pero esta propiedad es de mi familia desde hace décadas!

—Ya, pero ha quedado absorbida por la urbe y…

—Y el ayuntamiento está deseando derruirla para construir cualquier cosa con muchísimo menos valor histórico.

—¡No está demostrado su valor histórico! Si no, la indemnización sería mucho más generosa, teniendo en cuenta que ni siquiera está protegida. Porque si al menos lo estuviera, te podrías aferrar a eso, ¡pero no lo está!

—¡A la mierda la indemnización! Demostrado o no, te digo yo que esta casa tiene al menos… tres…cuatro siglos… ¡quizá más! Y para mí personalmente, un valor sentimental incalculable.

—Lo siento, pero si es cierto lo que me dices, las remodelaciones realizadas por tus antecesores se han llevado por delante cualquier rastro de los siglos de historia que pudiese tener. Amén de las guerras o cualquier otro motivo de ruina.

—He pasado aquí veranos increíbles, ¿sabes? —respondió tras una pausa.

El abogado no dijo nada más. Y el cliente miró la casa con tristeza y con la sensación de estar fallándole a muchas de las personas que formaron parte de ella.

Año 1235

El joven árabe se había convertido al cristianismo. Dos razones le habían impulsado a ello: Elvira, la hija mayor del ceramista, y la tierra de Balansiya. Los reyes de la cristiandad se acercaban reconquistando tierras árabes y no quería verse expulsado por profesar una fe y no otra. Al final, la religión era lo de menos en su vida. Dar un buen servicio como albéitar en las caballerizas del Amir Muhammad le había reportado la única petición hecha a su alteza: las tierras de Manzil’Ata hasta el río. Vivir en ellas con Elvira era todo cuanto quería.

Allí, plantado en medio de sus hierbajos todavía vírgenes de producción, Abdulah vio venir a su amada con un canastillo bajo el brazo. La brisa procedente del mar le levantó los rizos castaños que cubrían su frente, porque no había forma de que quedaran enganchados al moño. Sonrió al joven en respuesta a su guiño de ojo:

—¿Es aquí? —preguntó la chica.

—Aquí mismo.

—¿Y qué vas a hacer con ellas?

—Trabajarlas.

—¿Y tu verdadero oficio?

—Estas tierras son muy fértiles, hay agua cerca para regarlas convenientemente y el clima aquí es inigualable. Y te recuerdo que mi padre y mis hermanos son expertos agricultores. Me ayudarán. Hay que empezar por alguna parte, esto ya es mío, nuestro, qué más da si trabajo de agricultor o de albéitar.

—¿Y la casa?

—La construiré justo donde estamos. En el medio de todo. ¿Qué te parece?

—Me gusta… ¿Y cómo será?

—Lo más parecido a un palacio para mi Amirah. Y la heredarán nuestros hijos. Y los hijos de sus hijos. Será una casa tan bonita que nunca nadie la querrá destruir. Blanca, como tu piel, que invite al verano a quedarse.

—Yo no quiero un palacio, mi Amir. Quiero un hogar.

 

Dedicado al pueblo de Mislata, donde pasé mucho tiempo de mi juventud y guardo amistades eternas.

 

© Vicente Ruiz, 2010

2 comentarios en “La alquería

  1. Hace muchos años, pero no tantos como pudieran parecer, un padre llevaba a su hijo, que poco tardaría en dejar de ser imberbe, a la parte más alta de las tierras y le decía “Algún día, hijo mío, todo esto será tuyo”. Ese niño, hoy ya padre, lleva a su hijo al mismo montículo y le dice “Todo esto, hijo mío, eran campos de panizo”. Pero ya no podrá decirle que algún día serán suyos

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    1. Al final del todo, nada es de nadie. Gracias por comentar siempre.

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