Mar de primavera

Tú, que vienes y vas,

que me azotas la cara con el aerosol de tu oleaje,

como si me escupieras con indignación

por atreverme a mirarte a los ojos;

que me arrojas la espuma a los pies,

golpeándome con las conchas de las tellinas,

que sólo querían cubrirse bajo la arena,

como quien quiere escabullirse porque con él no va la historia.

Tú, valiente de mordisquear las maldiciones por lo bajini,

cobarde de lanzar la piedra y esconder el brazo;

que basta que amaine el viento

para mostrarte como una balsa de aceite,

con mansedumbre y regocijo porque me entregue a ti;

pero una vez me tienes en tu regazo, me volteas, me zarandeas,

me mareas, sin encontrar en mí oponente

y me arrastras con la corriente.

Tú, que pareces no saber que vengo de ti,

que crecí contigo, que estamos ligados,

nos pongamos como nos pongamos.

No importa lo mucho que me sacudas,

lo mucho que te grite,

lo poco que nos queramos en apariencia.

Admiro tu belleza y respeto tu bravura

tanto como tú respetas mi templanza y admiras mi cautela.

Cuelgan los platillos de la balanza cada uno en un nivel,

que ni en la ternura ni en la pasión

este amor fue igual para ambos.

Y qué habré de hacer. Nada.

No quisiera, jamás, no quisiera dejar de mirarte.

Mar de primavera.

 

Para María.

 

© Vicente Ruiz, 2018

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