La lluvia

Me bailan los puños de la camisa, siempre desabotonados, por los antebrazos mientras tiendo la ropa. Van arriba y abajo, cosquilleándome la piel, según mis movimientos. Justo en el instante que termino de pinzar la ropa más extensa y pesada, las toallas y el cubre del sofá, el cielo ruge puñetero. “¿En serio?”, me pregunto con la mirada desafiante fija en las nubes. Un segundo trueno me responde vehemente y tajante. “Pues va a ser que sí”, confirmo.

En menos de medio minuto empieza a jarrear. Qué bien viene, la verdad. Pronto entraremos en temporada de secano, porque desde mediados de primavera hasta el final del otoño, es difícil que en Valencia veamos llover. Pero llover, llover. Llover de verdad. Como ahora.

Inicio una especie de carrera de obstáculos que en mi mente tenía planificada a la perfección, pero que en la práctica se traduce en: pillarme un dedo desplegando el tendedero en el salón; ir perdiendo calcetines de diferentes pares, y alguna que otra braga, en el camino que separa la lavadora del peligroso artilugio anteriormente citado; tirar accidentalmente el cubo de las pinzas al suelo, habiéndose metido la mayoría de ellas debajo del sofá; mojarme recogiendo la ropa tendida a la intemperie para proceder a la colada indoor. Un desastre. Como toda yo, lo mío es ser coherente, claro que sí.

Cuando la tormenta (la metafórica, la meteorológica continúa alegremente) pasa, me preparo un café solo. El salón luce llenito de ropa mojada que huele a suavizante, pero la cocina se ve invadida por el petricor, hasta que la cafetera se pone a cantar, ronca como un ñu, alegrando a mis neuronas somnolientas. La modorra de después de comer, qué zalamera es.

Cojo la taza de café, le añado dos cucharadas de azúcar moreno y me aposento junto a la puerta de la galería, dejándome llevar por el sonido de las gotas que tamborilean ruidosamente el tejadillo de uralita. Llueve de lado. Siento la humedad abriéndome las vías respiratorias, pero también hidratándome la piel. Acompaso el sonido de la cucharilla removiendo el azúcar hasta llevarlo a un tempo andante moderato. Los puños de la camisa, desabotonados como siempre, bailan ahora más quedos.

Dentro de dos días estaré en un quirófano. Pero aún no ha llegado ese momento. Ahora toca disfrutar este espectáculo de primera hora de la tarde: los truenos con la batuta, la lluvia percutiva, la cucharilla sibilante y la piel erizada. Un rayito de felicidad me ha pillado así, con la lluvia de lado y la sonrisa asomada a los ojos.

Con el regusto amargo del café, pero también dulce en esta tarde, de las últimas del invierno, me retiro hacia el interior de la casa, directa a la banqueta del piano. Me recojo los puños de la camisa y hundo con las yemas de mis dedos las teclas. Dentro de dos días estaré en un quirófano, pero dentro de dos meses recordaré que dos días antes de la operación, llovió paz y fui feliz.

 

Para Judith. Gracias por tu música.

 

© Vicente Ruiz, 2018

2 comentarios en “La lluvia

    1. No hay mejor transporte para viajar en el tiempo que la música. Gracias, Eingel.

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