El sugus de piña (2)

(Primera parte, aquí.)

—No sé… A casi nadie le gustan. Son raros. ¿Dónde has visto una piña azul?

Él volvió a sacar los sugus que había guardado en la bolsa. Les quitó los envoltorios.

—¿Cuánta diferencia hay ahora entre todos ellos?

Un ademán de sonrisa asomó en una de las comisuras de la chica, una sonrisa torcida, pero bonita, como todas las sonrisas. Él cogió uno de los sugus abiertos y se lo llevó a la boca. Invitó a la chica a que hiciera lo mismo con otro.

—Todos tenemos nuestro envoltorio: los miedos, las alegrías, nuestro pasado, los errores y los defectos, los aciertos y las virtudes, nuestra ideología, nuestra religión, nuestra estética, nuestras aficiones, las necesidades, el postureo en el trabajo o frente a determinadas personas, nuestras dependencias… Pero cuando nos sentimos libres de quitarnos el envoltorio, no somos tan distintos. Sólo ansiamos una cosa —dijo él.

—Que nos quieran así, tal cual.

—Exacto. —La miró fijamente—. Pero empezando por uno mismo. ¿Sabes qué sugus eres tú?

La chica volvió a dejar caer la mirada. No respondió.

—Eres el sugus que has descartado, ¿verdad?

Él respiró profundamente.

—Piensa en las cosas que te gustan de ti. Las partes de tu cuerpo que te parecen bonitas. Los rasgos de tu personalidad que te resultan interesantes. Las cosas buenas que has vivido y que te han hecho sentir bienestar, tranquilidad y alegría. Y recuerda la última vez que te has sentido querida y la última vez que lloraste de la risa. Piénsalo todo, ahora. Tómate tu tiempo.

—¿Puedo escribirlo?

—Claro.

Un minuto después, la chica le tendía otro trozo de papel garabateado.

—No, no me lo des. —Él le acercó el único sugus sin abrir, con el envoltorio azul—. A partir de ahora, este sugus representa todo esto que has puesto ahí. Quédatelo, llévalo siempre encima. Y cuando sientas la desazón, la inquietud, la ansiedad de la que me has hablado antes, lo abres y te lo comes. Y después, lo reemplazas por otro sugus igual.

La chica adoptó una expresión de incredulidad.

—¿De verdad crees que eso me ayudará?

—No lo sé. No soy psicólogo. Soy tu hermano. Y quiero que dejes de verte como un sugus azul y empieces a valorarte como un sugus de piña. ¿Sabías que son mis favoritos?

La chica sonrió. Cogió el sugus que había quedado solitario, aún en su envoltorio, sobre la palma de la mano de su hermano, y se lo comió. Es verdad. El sugus de piña sabe especial.

 

Dedicado a todos los raros, a los que se han sentido fuera de lugar, a los que se han visto discriminados por su envoltorio, a los que se salen de lo convencional, a los que rompen moldes: vosotros, que abrís el camino, seréis el faro para que muchos de los que vengan por detrás, y se sientan identificados, no pierdan la ilusión. Gracias.

 

© Vicente Ruiz, 2018

3 comentarios en “El sugus de piña (2)

  1. Yo no soy raro. Soy edición especial de coleccionista

    (los eufemismos son el arma perfecta para mostrar la realidad. Los adoro)

    Muaks

    Me gusta

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