Borrón y cuenta nueva

Dice mi admirado (y crush) Rodrigo Cortés, en su Verbolario, que «borroso» significa bien enfocado, pero inesperado. Si se piensa bien, atina tanto para las imágenes como para los recuerdos, y por eso me gusta tanto su diccionario peculiar y único, porque sin asemejarse lo más mínimo a su significado literal, las definiciones del Verbolario no dejan de ser ciertas. Por eso, y porque me invita, sin él saberlo, a hacer lo mismo, aunque primero tire a mi frikismo, la etimología, para ahondar en la práctica. Parto, pues, del ejemplo…

El verbo «borrar» viene del latín «burra», lana gruesa con que se borraba lo escrito en una pizarra. La borra era lo que mi abuela llamaba a los restos de pelusa o pelo de los animales domésticos que se acumulaban en casa al cepillar el suelo. También es como yo me refiero a las miguitas de la goma de borrar. En definitiva, borrar es lo que se consigue con la borra, o sea, hacer desaparecer lo que había.

Es curioso, pues, que el borrador, además de ser el objeto que borra (y de ahí que lleve el sufijo -dor, como el vendedor —que vende— o el ventilador —que ventila—), también sea aquello susceptible de ser borrado o modificado, como en un dibujo o un texto. Es curioso, decía, porque lo susceptible de algo siempre acaba en -ble y no en -dor: factible (que se puede hacer), lamentable (que puede causar lamento), asumible (de fácil asunción), etc. En cambio, lo susceptible de ser borrado es borrador. Y, sin embargo, su antónimo es imborrable.

Salvando todas las distancias con el ingenio y el sutilísimo sentido del humor de Cortés, voy a lanzarme a desnudar, como dice él que hace en su Verbolario, estas mismas palabras, ahora que las conocemos en su sentido etimológico, a ver qué sale…

Borrar: 1. corregir el error demasiado tarde; 2. viajar al pasado para cambiarlo.

Borra: desperfecto residual.

Borrador: ejercicio de expresión perfecto que, generalmente, al tratar de mejorarlo, se estropea.

Imborrable: 1. que no se puede corregir; 2. que no se quiere cambiar.

Borrón y cuenta nueva: expresión con que se anuncia el propósito de olvidar lo imborrable para empezar un nuevo borrador.

Ah, las palabras… Qué cosa maravillosa son.

© Vicente Ruiz, 2022

Doña nadie

Quién quiere ser un borrón 

en la libreta del dibujante,

la reverberación que resuena

cuando ya dejó la orquesta 

el escenario,

la sombra que crece en el rincón 

donde no llega la luz de la llama 

prendida en la vela,

un espectro,

un soplo de aire que pasa y se va,

un espejismo,

algo confuso, difuso, iluso… 

Quién no habría preferido la verdad

y su dolor,

a los ojos, a la cara, de viva voz,

y salir por la puerta

sabiendo quién fue

(amor),

aunque ya no sea,

antes que un montón de recuerdos

desteñidos de dudas

e interrogantes,

un no saber a qué se ha jugado,

y este sabor agrio, desagradable,

que queda después de cuestionarse

si fue real

o acaso una fantasía,

después de acabar impregnada

de la sensación terrible,

viscosa y espeluznante,

espesa y pesada,

de no haber sido nadie.

Alguien me dijo que no dejara de escribir nunca, fuera de lo que fuese que necesitara. Alguien que me quiere bien, que me da tiempo, que me comprende y no me juzga, y sabe bien cómo estoy por dentro. Y eso hago: escribir lo que necesito, para mí y por mí. Como siempre.

Gracias, V. Te quiero.

© Vicente Ruiz, 2022

Paz

Es lo opuesto al ruido, al vaivén, al bucle. Es una bocanada de oxígeno, en respiración pausada, un pulso lento, un cierre de ojos, un abrazo. 

Es la tregua, un tiempo de pacto con uno mismo (y con los demás), un freno al desequilibrio que provocan las batallas diarias. Es otra forma de lidia, una sonrisa entre preocupaciones, un recuerdo de lo importante.

Es el fin por un único medio posible, que no es sino a través de uno mismo (y hacia los demás) y de la propia toma de tierra, de atenerse (y detenerse) al aquí y ahora, de tener consciencia y conciencia.

Es lo que se desea en la liturgia de la misa católica («La paz esté con vosotros… Y con tu espíritu… Daos fraternalmente la paz») y lo que luego el coro canta («Et in terra pax hominibus bonae voluntatis»: y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad), porque es el mejor deseo que se le puede brindar al otro.

Es el mayor regalo, un tesoro efímero, el agua que intentamos retener entre las manos para beber con ansia cuando más sedientos estamos y que después nos echamos por la cara, sabiendo que volverán las ganas de saciar, y que tendremos que volver a buscar agua.

Es el silencio que habla más (y mejor) que las palabras, la mirada limpia, el corazón honesto, el sueño tranquilo, el descanso en todo lo que se hace.

Es un trabajo diario. Aferrarse a lo que es y a quien está, y no a lo ha podría haber sido o a quien jamás estuvo. Es un rincón dentro de uno mismo que hay que hacer más grande para que sea más fácil encontrarlo de nuevo si nos perdemos.

Es conciliación y reconciliación, es perdón, es concesión. Es amor.

Es el refugio donde nada nos falta, donde nada nos sobra, donde todo es justo, donde somos libres, sin límites ni condiciones. Es hogar. 

La paz es la única conquista que se consigue sin guerra.

Que tengáis paz.

© Vicente Ruiz, 2022