Una notita escondida en el marco de la puerta

Ayer descubrí una película preciosa, obra maestra de David Lowery, minimalista y al mismo tiempo grandiosa, que relata la historia de un fantasma (de hecho, se llama así: A Ghost Story). El marido de un matrimonio joven muere en un accidente de tráfico y lo que vemos es su duelo, no el de la viuda, que atravesamos casi de puntillas, aunque la secuencia en que la vemos comer tarta sentada en el suelo de su cocina sea desoladora y nos parta el alma. Sin embargo, el marido, que adopta la apariencia clásica del fantasma, una sábana blanca con dos redondeles vacíos y oscuros a modo de ojos, duele.

Cómo es posible que duela un fantasma es algo que no sé explicar, pero duele. Duele verlo plantado en una esquina del dormitorio donde su mujer llora; sentado en el sofá viendo a su mujer besar a otro hombre; arrodillado frente al marco de la puerta donde su mujer había escondido una nota. Duele ver a un fantasma atrapado en el marco de una pantalla de 4:3; entre los marcos de las puertas, de las ventanas; en las estancias cuadradas de la casa. Duele verlo viajar a través del tiempo, conociendo la casa encantada por él mismo, en diferentes momentos, con distintos habitantes. Y, sobre todo, duele verlo incapaz de soltar.

En otro escrito que dejé por aquí hace casi cuatro meses ya, hablaba del duelo y de que no es necesario que la muerte se cruce en el camino para vivirlo. No, al menos, literalmente, porque en sentido figurado toda pérdida es una muerte: alguien deja de existir para nosotros, aunque siga existiendo para los demás. Y, a pesar de que la vida da muchas vueltas y un reencuentro futuro es posible, cualquier pasado también murió. Y todo lo muerto transita durante un período de tiempo como fantasma.

Hace unas semanas, una buena amiga me hablaba de mi fantasma. Es un fantasma conocido, el de la persona amada que ha decidido seguir su camino al margen de ti. Por eso, porque también ha tenido el suyo propio, me decía que aún pasaría semanas dejándome secuestrar por él. Me llevaría a una habitación preciosa, con una luz mágica, dorada, envolvente; pero, si me fijaba bien, vería una estancia siniestra, cubierta de polvo, sin vida. Es una habitación atrayente, porque en ella está el fantasma; pero peligrosa, porque los fantasmas no son la realidad.

No puedo decir que no me atrape de vez en cuando, pero pongo todo mi empeño en zafarme de su sábana blanca, en no mirar sus ojos huecos, en no escuchar las palabras que un día me dijo y que al final resultaron no ser reales. Me reconozco en la Rooney Mara sentada en el suelo de la cocina comiendo tarta mientras llora desconsolada porque no volverá a ver a su amor; pero también en la que hace las maletas, asea la casa que va a dejar vacía, carga su coche, lo arranca y se va, dándole el sol del atardecer en la cara, sin mirar atrás. Porque su amor ya no está, pero ella sí y la vida sigue.

Desconozco si mi fantasma ya me ha soltado o se resiste, como el de la película. Puede que siga buscando las notitas que dejé en marcos de puerta imaginarios, como ésta, la última. Lo que sí sé es que sacarme de su vida fue lo que decidió hacer. Y, con ello, me obligó a mí a hacer lo mismo. Ya no tengo nada suyo a la vista; he guardado todo lo que me dio en el fondo de un cajón y he enviado los escasos archivos que tengo suyos a una carpeta de una dirección de email que ya no abro. A veces me pregunto cómo estará, si seguirá sufriendo, de pie en la esquina de una habitación vacía, preciosa, pero siniestra, mirando de reojo lo que escribo por entre los redondeles recortados de la sábana. Pero me respondo que no, que está bien porque tiene lo que quería. E, inmediatamente, salgo de donde cada vez entro menos.

El fantasma de la película, al final, consigue hacerse con la nota escondida por su mujer. No llegamos a ver nunca lo que dejó escrito en ella. No hace falta, lo verdaderamente importante ocurre después. Pero yo creo que podría decir perfectamente algo parecido a esto:

«Suéltame. Tú, mi amor, ya no estás. Pero yo sí. Y la vida sigue».

© Vicente Ruiz, 2022

Anexo Treviso

Como dije en Instagram hace unos días, publiqué allí las fotos en blanco y negro para dejar aquí, en color, aquellas en las que el agua estuviese presente, en consonancia con el título de la entrada dedicada a la pequeña ciudad del Véneto. Por cierto, «Eres agua» es una canción de Miss Caffeina que tiene, en parte, relación con esta crónica, por eso he usado también su título.

Todas las imágenes son mías y están realizadas con un iPhone 12 mini.

Eres agua

Has crecido mucho menos y a la sombra de Venecia, que se lleva los focos y las cámaras de rodaje para sus películas de superhéroes o de terror. Pero tú estabas antes. No eres la protagonista (y sabes que jamás lo serás), pero, ah, querida, cuando te descubren, Venecia ya no es tan necesaria, con sus multitudes y los cientos de brazos alzados enfocando el selfie para la story de Instagram. Si acaso, es una curiosidad, pero ya. Así me pasó a mí ya cuando te recorrí con el Sile antes de cruzarlo y adentrarme en tus calles pedregosas, bajo el último sol de la primavera. Y así empezó mi descubrimiento de que más allá de tu río, sigues siendo agua.

Dejadas en el hotel mis pertenencias, emprendí el camino hacia una insalata caprese que me sirvió de alimento para el resto de la tarde. Subí hasta la Piazza del Duomo y giré por la Via Antonio Canova hasta llegar a otra piazza, la dei Signori, donde comí como una signora y descansé brevemente del viaje. A partir de ahí todo fue dejarme llevar por tus edificios palaciegos, tus iglesias de relojes grandes, tus ventanas geminadas románicas, u otras más modernas con contraventanas de madera a medio abrir, tus balcones esquineros o sin esquinar, el verdor deslumbrante de toda tu vegetación y el sonido borboteante del agua al caer de las palas imparables de los molinos de agua que una se va topando por tus canales; todo fue un dejarme llevar hasta dejarte entrar en mí, porque eres agua y es inútil huir de ti.

Paseé sola sin pensar en nada que no fuera lo que iba contemplando, o la caricia de la brisa cálida que anunciaba el verano ya tocando a la puerta, o el sabor dulce del helado de regaliz y crema florentina que compré en tarrina mediana, o las piedras bajo mis zapatillas, las sorpresas en algunas callejuelas, los rincones inesperados donde una pizzería me aguardaba para la cena, o la caída de la tarde reflejada en esa agua que tú eres.

De la Porta Santi Quaranta a la Porta San Tomaso, bordeé tus murallas, mientras veía caer las mías propias en los días donde, sin saberlo, se fraguaría el resto del verano y terminarían muchas cosas envueltas en llamas en la noche de San Juan. No han pasado ni dos meses y aún tengo las manos manchadas de cenizas. Y aunque aún queme la hoguera, si vuelvo a ti, no será por las mismas razones ni con las mismas emociones.

Tornerò perché sei bella e mi riempi l’ànima; perché, mentre il mio mondo crollava, tu mi hai protetto; perché tu sei acqua e estingue la mia sete. Tornerò perché provo gratitudine e ti devo fedeltà.

Ni Venecia, ni Florencia, ni la eterna Roma, tienen todos tus encantos. Tus encantos son tuyos, únicos, personales e intransferibles, y en ellos yo encontré paz. No sufras, que ninguna otra ciudad te hace sombra. Simplemente, aún no te han descubierto. Y si, habiéndote conocido, alguien te despreciara, es que no te merece. Que se vaya, que te deje, que a ti hay que quererte bien. Así, como yo te quiero, bella Treviso.

(Anexo Treviso, aquí).

© Vicente Ruiz, 2022