Extracto 6

Una vez, un ex me preguntó cuáles eran mis criterios para admirar a una persona, ya que igual me daba un deportista, que una cantante pop, que un compositor del barroco, que un Nobel de literatura. Le dije que, en general, admiro a cualquier persona que sea capaz de hacer algo que yo jamás conseguiría. No tienen por qué ser plusmarcas, ni discos de oro en ventas, ni haber trascendido tres siglos en la historia, ni ser el mejor escritor en habla hispana, por poner ejemplos varios. También admiro a los anónimos que, para mí, representan motores importantes dentro de la sociedad: a las madres y a los padres, a los buenos padres, los que hacen lo que sea por el bien de sus hijos; admiro a los bomberos, a los médicos, a los cuerpos de rescate y demás profesionales que salvan vidas, muchas veces arriesgando las propias; admiro a los maestros, a los profesores de instituto y a los universitarios, por transmitirnos su saber y dejar así su legado en el mundo; admiro al obrero que trabaja a las tres de la tarde en agosto, porque siempre se aprovechan las vacaciones de verano para pavimentar, reformar o lo que sea que tenga que hacer el ayuntamiento de turno; admiro al chavalín de la hamburguesería que realiza ese trabajo basura de las tardes para poder costearse las clases de la facultad por las mañanas; admiro a los que se juegan sus ahorros en montar un negocio que, seguramente, no tendrán amortizado en mucho tiempo; admiro a los horneros que, mientras dormimos, nos cuecen el pan nuestro de cada día; a los fruteros, a los pescaderos, a los ganaderos que nos dan de comer; a la reponedora del supermercado que nos facilita la tarea de encontrar lo que necesitamos. Admiro a muchas personas que no salen en la prensa copando portadas, esas personas de las que los políticos sólo se acuerdan una vez cada cuatro años, las personas que suman, que aportan y que, de un modo u otro, hacen que todo siga marchando.

Admiro a mi madre, que me sacó adelante sola; que ignoró todos los dedos que le señalaban por tener a una criatura estando soltera, en una España con una mentalidad muy retrógrada e injusta; que se echó a las espaldas los insultos, las calumnias y los injuriosos comentarios que, en muchos casos, probablemente guardaban cierta envidia; que me salvaguardó, que me educó en el respeto, que cultivó en mí un montón de aficiones y el amor y el cuidado por las cosas. Admiro a mi madre porque es una guerrera, triunfadora y libre, dueña de sí misma y con un corazón del tamaño del sol.

Y admiro a mi abuela. Por todo. Por ella. A mi abuela habría que hacerle un monumento, en el parterre, donde estaba el banco de madera en el que, cada verano, se sentaba con las vecinas a la fresca; un monumento bien grande y bonito y a cuyos pies nunca faltaran las flores.

 

“Dejar de llamarte”, páginas 66-68.

 

© Vicente Ruiz, 2017